La primera sonrisa, el compromiso de Guillermo

Hubiera sido más fácil no exponerse a la tiránica exigencia de dos clásicos en tres días. Hubiera sido más sencillo y confortable no someterse a dos desafíos de mayúscula importancia: frente a Racing, porque un cachetazo más sería complicarse la clasificación a la segunda fase de la Libertadores, y ante River en el Monumental para encauzar su campaña en el torneo local. Hasta hubiera sido lógico dejar que Schiavi dirigiera a Boca, para desembarcar el lunes y empezar de cero.
En tiempos de ciclos efímeros y de recuerdos instantáneos que no valen nada en el consciente colectivo, que un ídolo haya elegido tomar las riendas del club que lo ama a apenas 24 horas de un partido de triunfo impostergable es toda una señal. Cualquiera hubiera postergado la rubrica de su contrato hasta el lunes.
Su carácter es el primer síntoma positivo de un ciclo que ni siquiera empezó. Su decisión, en un ecosistema de tibios, especuladores y timoratos, es todo un símbolo y un mensaje para un equipo que necesita alimentarse de su característica rebeldía.
Aceptó pese a que le ofrecieron un plantel en crisis y con dos encuentros que pueden definir su futuro, con la exigencia inherente a la camiseta de ganar siempre. Podría haber argumentado mil excusas, todas válidas para un jugador que entregó sus mejores días en pos de un club que lo adoptó como si hubiera surgido de sus entrañas.
Un tipo que, después de ganar una parva de partidos, clásicos y títulos aceptó ser suplente y jugó en la reserva para tener continuidad. Ese mismo tipo que un día, cuando se concretó su traspaso al Columbus Crew estadounidense, prometió que volvería como técnico. Ese mismo tipo que no puso reparos para cumplir su promesa, aún en un contexto desfavorable, porque dudar o rechazar la oferta no hubiera sido propio de él. Ese tipo que renueva la ilusión y que hoy despierta una sonrisa, que reconcilia a una hinchada con un grupo apático y desapasionado, ese tipo que incluso nos invita a soñar sin argumentos concretos como cada vez que nos rescató de la cornisa, coqueteando con el abismo. Ese tipo que nos invita a creer cuando no hay nada en lo que creer.
Ese tipo es Guillermo. Bienvenido a casa.
Por Matías Baldo (@matiasbaldo)