Doñana en silencio

Este artículo está narrado desde una perspectiva más personal que todos los que he escrito hasta ahora. Espero que resulte igual de agradable de leer.

Cuando mis compañeras de clase y yo llegamos al bungalow donde nos alojamos, comenzaron los sentimientos encontrados. Vale, había agua caliente y un microondas, el paisaje era inigualable y teníamos la playa a un tiro de piedra, pero la arena, las agujas de pino y artrópodos varios campaban a sus anchas por todas partes.

Era un viaje de la carrera y estudiantes de otros años ya nos habían contado que sería inolvidable, pero se dejaron en el tintero el frío glacial que abrazaba las noches o lo extremadamente cutre que era la tienda de comestibles del camping.

Después de cenar, repartimos las tareas entre ocupantes del bungalow: limpiar la mesa, fregar los platos, barrer un poco… En la esquina del techo, una Argíope lobata posaba inmóvil. No es muy grande, pero cuando te fascinan estos artrópodos (y tienes las lentillas puestas, en mi caso) como es típico entre estudiantes de biología, acabas revisando algunos sitios subconscientemente por si algo aparece.

La reacción general de la gente va desde gritar hasta destruir la tela o matar al animal. En nuestro caso… Bueno, nos agolpamos a una distancia prudente para admirar su belleza mientras esperamos que alguien tenga un cámara en el móvil lo suficientemente buena como para sacar una fotografía. Y luego nos vamos a dormir, con una araña colgando del techo y tan felices. A la mañana siguiente, nos levantamos temprano para dar una vuelta por el parque en 4x4. Hace un frío que corta los labios y las caras de sueño decoran los rostros de toda la clase. Por algún motivo, el profesorado parece ajeno al viento gélido mañanero y a pasar la noche en literas de lo más cutres.

Creía que Doñana era hermosa cuando la vi desde el autobús. Creía que era hermosa cuando la vi desde el camping. Supe, de todo corazón, que era hermosa cuando nos adentramos en las dunas.

Con los prismáticos al cuello y la guía de aves en la mochila, nos espabilamos a medida que el 4x4 da tumbos por la arena. Jamás había visto una playa en la que no se vieran edificios de ningún tipo a ningún lado, ni en la lejanía de cada punto cardinal. Las aves marinas se zambullen para pescar, una pareja de halcones peregrinos nos vigila desde un alminar en el que tienen su nido. Casi desearía poder hacer la ruta caminando (lo cual me hubiera llevado días) para poder pararme todo lo que quisiera en cada lugar.

Nos bajamos en las dunas, con el Cerro de los Ánsares a la vista. Uno de mis profesores comienza hablando del ecosistema y termina tratando de no maldecir a una serie de personas que, con el paso de los años, siempre han estado intentando poner las zarpas sobre esta joya de la biodiversidad. A veces es con una autopista. Otras, con un almacén de gas. Y todos los años, el parque tiene que soportar sí o sí el paso de las romerías.

Nos quedamos en silencio un momento y luego volvemos al 4x4 para seguir nuestra ruta. Pasamos por la marisma llena de aves y por el pinar, donde vemos jabalíes, ciervos y azores anidando. Tratar de explicarlo con palabras es inútil: la adrenalina levanta los prismáticos cada vez que vemos un punto en el cielo y nos mantiene en silencio, escuchando nuestro corazón latir con fuerza cuando dos ojos nos observan desde la maleza. No sé por qué, pero mientras sonrío como una niña pequeña con los prismáticos en la cara, tengo un nudo en la garganta.

Por la noche, decidimos explorar la playa que está junto al camping y los alrededores. Si de día la vida bullía por el lugar, al abrigo de la oscuridad era como cruzar un portal a otro mundo. En lo más profundo de mi corazón siempre estará aquella noche bajo las estrellas, de pie sobre las ruinas de una atalaya conquistada por los percebes y los cnidarios. Ha habido muchos momentos de frustración y lágrimas en los dos años de carrera que llevo (y los que me quedan), pero ese ha sido uno de los momentos en los que he pensado “aquí es donde tengo que estar”.

Porque Doñana me importaba antes de poner un pie en ella, pero se convirtió en algo personal después de caminar por sus playas, de ver un aguilucho cenizo lanzarse a por su presa y a los ciervos saltar frente a nuestros ojos.

Os invito.

A pasear por la arena fría en la mañana mientras os topáis con las joyas del océano, a levantar la cabeza en mitad de la noche hacia un cielo que no habéis visto nunca y a estremeceros bajo la sombra de unas alas que cortan el viento. Porque si después de vivir todo esto no entendéis que Doñana no sólo debe ser preservada solo por su belleza e independientemente de su provecho económico, estáis tan muertos como los insensibles que sugieren atravesarla con una autopista, convertirla en un almacén de gas o que la rodean de invernaderos y pozos ilegales.

Porque, a pesar de los esfuerzos de organizaciones como WWF España y todo el rechazo expresado por la comunidad científica y las gentes del lugar, es como si el resto del mundo no pudiera escuchar nada. y parece que la maquinaria de construcción trabaje en silencio, y en silencio, Doñana se muere.