¡Viva la Evolución!

Charles Darwin. Imagen © EvolveFISH.

Los mecanismos de la Naturaleza para dar lugar a estallidos de biodiversidad no son en absoluto perfectos, pero han traído hasta aquí a nuestra especie y todas las demás.

Hace menos de quinientos años, se mantenía la idea de que todo ser vivo sobre la Tierra había sido colocado ahí por Dios, tal y como lo veíamos. Para explicar la existencia de fósiles, se recurría a la hipótesis de que algunas especies desaparecían después de las catástrofes naturales y luego la deidad repoblaba el mundo de los mortales.

Cuando hablamos de la Teoría de la Evolución (que no os engañe el nombre, está más que respaldada por la ciencia), el primer nombre que se nos viene a la cabeza es el de Charles Darwin, pero en realidad todo comenzó cuando él aún estaba en pañales.

En 1809, el mismo año que nació nuestro barbudo biólogo, otra gran figura de la ciencia publicaba su obra más famosa: Jean Baptiste Lamarck y su Filosofía zoológica argumentaban que las especies no eran inmutables ni habían sido creadas tal y como las teníamos frente a nuestros ojos. Aunque Lamarck estaba en lo cierto, sus tratados estaban muy verdes a la hora de explicar el mecanismo y por supuesto fue recibido con burlas.

Las jirafas según Lamarck.

El zoólogo francés creía que el uso hacía el órgano: las jirafas debían tener el cuello largo porque lo habían estirado para alcanzar los brotes de los árboles, y así sus crías lo habrían heredado. Su trabajo fue sistemáticamente ignorado ya que la Iglesia estaba por encima de cualquier creencia científica y su teoría tenía muchísimos agujeros.

No fue hasta 1859 cuando Darwin, tras hablar con Wallace y extraer conclusiones similares, publicó El Origen de las Especies. En este libro, escrito gracias a sus viajes por el mundo, explicaba que las especies evolucionan y cambian con el tiempo, adaptándose al ambiente, pero no como consecuencia del uso, sino que la variabilidad que existe dentro de las poblaciones de seres vivos (la misma que hace que los seres humanos tengamos pelo de distinto color, por ejemplo) hace que no todos los individuos sean iguales. Estas diferencias, a primera vista pequeñas, pueden acentuarse si condicionan la supervivencia de la especie.

Las jirafas según Darwin

Volvamos a las jirafas: no todas son iguales. Algunas serían más grandes o pequeñas, con cuellos más largos o más cortos. En periodos de escasez, la comida del suelo se agota rápido porque cualquiera puede acceder a ella. Sin embargo, a los brotes arbóreos sólo las jirafas más altas llegarían, pudiendo acabar con el hambre, sobrevivir y reproducirse, pasando sus genes (que les han permitido su tamaño) a la siguiente generación. De esta forma, una especie evoluciona a lo largo del tiempo cuando los suficientes cambios se acumulan y sólo los individuos aptos se reproducen.

Este proceso de reproducción diferencial es conocido como selección natural, y es el motor de la evolución. Sin embargo, la teoría de Darwin y Wallace seguía teniendo agujeros. ¿Por qué hay variabilidad en las especies? ¿Cómo se genera? ¿Cómo se transmite? Las mofas hacia los naturalistas fueron la norma durante largo tiempo, y simplemente por la falta de comunicación con otros científicos, como Mendel, que podría haber tapado muchos de esos agujeros.

En 1865, sólo seis años después de la publicación de la mítica obra, Gregor Mendel, un monje alemán, publicó sus tratados sobre la herencia. Sus estudios sobre los guisantes podían explicar la variabilidad y la transmisión de los genes, pero tras los viajes de los naturalistas, el interés de los biólogos de la época estaba más puesto en descubrir especies nuevas que en explicar la genómica, que parecía prácticamente magia. No sería hasta bien entrado el siglo XX cuando se redescubriría su trabajo, con una fresca fascinación hacia la genética: Thomas Morgan descubriría que los genes se encuentran en los cromosomas y el círculo comenzaría a cerrarse.

A día de hoy, la evolución es un hecho. Negarla es tan ridículo como negar la gravedad. Y sin embargo, siguen quedando personas empeñadas en creer que se trata de una mentira, explicando las adaptaciones como parte del “diseño inteligente” de Dios. Para estas personas, existen mil ejemplos de esta misma pregunta:

¿Qué tiene de inteligente el nervio laríngeo de la jirafa, que en lugar de ir desde el cerebro a la laringe pasa primero por debajo de la aorta, recorriendo todo su cuello para nada?

La respuesta es sencilla: nada. No se trata de un diseño realizado sobre una mesa de dibujo, ni mucho menos es inteligente un camino tan enrevesado. Se explica fácilmente cuando sabemos que, teniendo todos los vertebrados un origen evolutivo en los peces, el nervio se ha ido alargando con el resto del cuello de la jirafa y manteniendo sus conexiones intactas. La evolución no es una dibujante que borra para volver a empezar, sino que trabaja haciendo pequeños cambios sobre algo que ya está hecho: una relojera ciega, juntando piezas al azar esperando oír un tic-tac.

Esto hace que no sea un trabajo perfecto “como el de Dios”, al ser aleatorio y condicionado por la selección natural, encontramos seres vivos con funcionamientos de lo más inesperados.

Las condiciones genéticas que pueden suponer la muerte de una población pueden salvar otra. Un ejemplo clásico de esto es el caso de la anemia falciforme, una enfermedad genética que deforma los glóbulos rojos y provoca dificultad para respirar y hacer circular el oxígeno por la sangre.

Cualquiera pensaría que esta enfermedad es una clara desventaja, pero resulta que los individuos que la padecen son inmunes a la malaria. Por este motivo existen poblaciones en África donde la tendencia a padecer esta enfermedad es mucho más elevada: eso les ha permitido sobrevivir en un ambiente hostil y transmitir sus genes a la siguiente generación.

La evolución no es ningún ente buscador de la perfección, no sigue ningún camino, no trae el mensaje del destino. Es simplemente la forma que tiene la naturaleza de sobreponerse al cambio cuando es posible, y mirando atrás podríamos descubrir mucho más sobre nuestra especie de lo que creemos. Siempre será mucho más ilustrativo que la idea de haber sido parte de una creación llena de “fallos”, producto de un creador con una enorme fascinación por los escarabajos.

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