Hoy es 21 de octubre de 2015 y es una fecha relevante para todo el mundo por culpa de una película que hace 25 años me cambió un poco la vida. No, tranquilos, no voy a dedicarme a enumerar sus virtudes. Estos días hay mucha gente hablando de ello mucho mejor que yo. Pero sí me gustaría hacer un par de apuntes antes de entrar en materia.

A diferencia de la mayor parte de los clásicos de los 80, Regreso al Futuro (la original, la Parte II y en menor medida la Parte III) es una reflexión que ironiza en clave casi metalingüística sobre lo generacional. Y además de eso está todo lo demás: un guion que funciona como un reloj y se estudia en muchas escuelas de cine, con varios niveles de lectura en función de la edad y referentes del espectador, un ritmo narrativo perfecto y unas interpretaciones memorables. A día de hoy, es difícil que alguien se atreva a negar la influencia de la obra magna de Robert Zemeckis y Bob Gale, su arrolladora fuerza icónica y su brutal atemporalidad.

Sin embargo, hubo una época en la que no todo el mundo pensaba así. Regreso al Futuro no generó toda una maquinaria de merchandising ni alcanzó una categoría de culto instantáneo. No había convenciones, ni packs recopilatorios en DVD. Ni internet tal y como lo conocemos ahora. Y en esa época, Regreso al Futuro no eran nuestras películas. Eran MIS películas.

Se estrenó en verano de 1985 y apenas unos meses después nací yo. La vi con cierto retraso teniendo en cuenta que mi madre ya me llevaba al cine con tres años. Calculo que sería en el 90 o en el 91. Yo vivía en un pueblo de 300 habitantes, en la frontera entre Galicia y Asturias. Mi padre tenía que coger el coche para poder llegar al único videoclub en varias decenas de kilómetros a la redonda: un antro oscuro, lleno de polvo y carátulas sobadas. Ahí estaba yo, rebuscando entre los VHS infantiles y juveniles, cuando esto llamó mi atención. Fue un flechazo, nunca había visto algo tan alucinante como esa cubierta. Y lo mejor de todo: no ponía la temida etiqueta de “Alquilada”. Mi cara tuvo que ser lo suficientemente descriptiva para que mi padre me la quitase de las manos y la llevase al mostrador.

Me pasé el viaje de vuelta mirándola embobado mientras la sujetaba con las dos manos (tened en cuenta que para un niño de 4–6 años un estuche VHS era bastante contundente). La vimos esa misma noche y pude verla varias veces más antes de que mi padre la devolviera… Poco tiempo después la pasaron por TVE y teníamos un VHS de 180 minutos preparado para la ocasión. No quiero especular con el número de veces que esa cinta grabada de la tele pasó por el reproductor, pero estoy seguro de que alcanzaría sin problemas las tres cifras.

Ya tenía tatuados en mi cerebro los diálogos y podía tararear toda la banda sonora en paralelo al metraje, cuando descubrí la existencia de una secuela que continuaba ese cliffhanger imposible. En el videoclub estaba cotizadísima: era una novedad y había una larga lista de espera. Pero una mañana me desperté y ahí estaba el estuche, de pie encima de la mesita. El visionado de Regreso al Futuro II fue estimulante: era una película más compleja y adulta, y hubo dos conceptos sobre los que estuve reflexionando toda la noche. Uno de ellos, ese 1985 alternativo y violento, casi Lynchiano, me causó incomodidad. Pero fue el viaje a octubre de 2015 lo que me llevó a hacerme una pregunta inquietante. ¿Cuántos años tendría en 2015? Hice cuentas: casi 30. ¿Cómo sería yo dentro de 25 años? ¿Y con 40? ¿Y con 65? ¿Y con…? Y entonces llegó ese instante por el que supongo pasan todos los niños tarde o temprano: el momento en que eres consciente de tu propia mortalidad. Lloré bastante esa noche.

Volví a ver Regreso al Futuro II, claro. En cada visionado no podría dejar de preguntarme dónde estaría yo el 21 de octubre de 2015, para a los pocos segundos olvidarme de la cuestión, ya que, joder, aún faltaba una eternidad para eso. Y de repente estoy aquí en disposición de responder a esa pregunta. Siento que esto es lo más cerca que voy a estar en toda mi vida de comunicarme con mi yo de 199X y decirle lo único podría servirle de algo…

No te preocupes.

Ah, y durante tu primer beso mejor deja que sea ella quien meta la lengua primero.

Epílogo.
Es verano del 93, estamos de vacaciones en la costa de Asturias. Pasamos por un cine antiguo de barrio, de esos que proyectan las películas con meses de retraso y veo un poster extrañamente familiar. Me quedo sin habla. Es Regreso al Futuro III. Doc está vivo, está en el viejo oeste pero está vivo.