Polarismo, multilateralismo y globalización
Los latinoamericanos y en especial los argentinos, en estos días somos testigos privilegiados de un mundo que entra en una nueva etapa. La reciente gira latinoamericana desarrolladas por China y Rusia como abanderados del emblemático espacio BRICS (que suma a Brasil, India y Sudáfrica), la serie de acuerdos firmados por los mismos con países de Unión de Naciones Suramericanas, UNASUR y Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), marcan una situación donde hay más jugadores sentados a la mesa de negociaciones que no utilizan como referencia de hierro el viejo sistema basado en polos de intermediación mundial.
Entre otras medidas, BRICS junto a Unasur aprobaron durante la cumbre en Brasil de julio la creación de instituciones alternativas al Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) orientadas a sus intereses. El Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS cuenta con un capital de 100 mil millones de dólares, destinado a financiar proyectos en los países del grupo y otras naciones en desarrollo. El Acuerdo de Reserva Contingente (ACR) es un fondo con un capital por el mismo monto. También se relanzó el Banco del Sur y un Fondo de Reserva de Sur América.
No obstante este claro avance hacia un sistema multilateral hay situaciones planteadas que son verdaderos estertores de un sistema mundo que no está dispuesto a ser parte de otra realidad. Tal es el caso planteado por el Juez Griesa habilitando el poder de bloqueo de reestructuración de la deuda soberana argentina de los “fondos buitres”. La decisión de la Corte golpea a nuestros país pero también a otros emergentes, deudores en su camino de reestructurar y/o renegociar su deuda. El golpe va más allá. Ataca a una postura política y económica del gobierno demócrata de Obama y de varios organismos multilaterales, principales impulsores del la Globalización financiera. En este sentido se inscribe la negativa del Estado de Israel de adecuarse al Derecho Internacional para resolver la situación de Palestina, las diputas por los territorios de Ucrania, etc.
Mucho se ha escrito sobre esta temática en los últimos años. Mientras algunos autores sostienen que ya nos encontramos en un mundo multipolar, otros señalan que, si bien se han producido algunos cambios en la distribución de poder, aún no es posible sostener que la etapa unipolar haya sido superada. Un tercer grupo de autores consideran que, dadas las nuevas características del mundo en que vivimos, ninguno de esos dos conceptos es capaz de captar la realidad actual. Aparecen así nuevos términos, como por ejemplo, “no-polaridad”, que busca reflejar el creciente protagonismo de actores no estatales o “inter-polaridad”, que hace referencia a un multipolarismo en la era de la interdependencia.
Una forma de abordar ese sistema mundo es desde la perspectiva del Poder. Cuando se analiza Poder, hay diferentes características a incorporar a la definición. Quizás la más operativa sea la que tiene en cuenta los niveles de autonomía de un estado o un grupo de ellos para actuar fuera de la influencia del poder de otros. “Poder” es “poder hacer”.
Particularmente significativa de esta diputa es la editorial del Wall Street Journal (28/07/14) sobre el tema “Fondos Buitres”. El diario, tribuna del partido Repúblicano, admite la disputa al interior de EEUU con todas las letras: “Un default sería tan absurdo que hace pensar en la posibilidad de que (Axel) Kicillof esté usándolo como una forma de empujar al Fondo Monetario Internacional y a los liberales de América para que intensifiquen su campaña de dejar las negociaciones de deuda en manos de una nueva burocracia mundial. Esto le daría más poder de negociación a los deudores y a los políticos y se lo quitaría a los mercados financieros y a los tribunales de Estados Unidos”.
Fin del bipolarismo
Las fuerzas mundiales emergentes como vencedoras tras la caída del muro que mantenía “impoluto” a occidente conformaron un polo económico, de desarrollo, tecnología y fuerzas militares, con epicentro en los EEUU.
En 1990, Charles Krauthammer proclamaba que EEUU se había convertido en la potencia hegemónica. Su aporte cristalizaba el consenso reinante en aquella época: el mundo de la pos “Guerra Fría” había dado lugar a un mundo unipolar, esto es, un sistema en el que un estado tiene capacidades significativamente mayores que el resto.
Una década más tarde, comenzaban ya a oírse voces que avizoraban un escenario en el que el claro predominio de EEUU dejaría lugar, progresivamente, a otra situación caracterizada por la coexistencia, con disputas y alianzas, de distintos polos de poder.
Los laureles de la gran potencia, que parecían preceder al “fin de la historia”, duraron poco. Como lo observó agudamente Lester Thurow, en su libro “La guerra del siglo XXI”, una batalla económica nueva marcaría el ritmo del derrotero capitalista. Un modelo de crecimiento basado en el consumidor, como el que se había impuesto en EEUU comenzaría a enfrentarse a uno enfocado en el productor, tal cual se venía consolidando en Alemania (la locomotora europea) y Japón.
Este cambio de status no obedeció solo a fuerzas externas. Para consolidar su poder, el conglomerado empresario estadounidense, basado en las industrias petroquímicas, del automóvil y militar junto a sus bancos insignias, debían lograr desplegar sus zonas de influencia a nivel global, logrando acuerdos bilaterales en forma de tratados de libre comercio. Este modelo de expansión de zonas de influencia mediante tratados y zonas de libre comercio produjo una arquitectura de más de 200 acuerdos desde comienzos de los 60 hasta ahora. Este proyecto estratégico basaba (aún lo hace) su poder en una suerte de keinesianismo militar, que empuja el gasto armamentístico a límites exhorbitantes (EEUU realiza el 41% del gasto militar mundial), lo que articula tanto la economía nacional como el rol de gendarme mundial.
La necesidad de expansión de tal conglomerado de poder contribuyó a desarrollar algunos centros alternativos y complementarios, que al correr del tiempo adquirieron determinada autonomía, pero siempre sujeta a la fuerza centrífuga del eje norteamericano. Tras el bipolarismo, y luego de un breve período de hegemonía global estadounidense, se consolidó un sistema multipolar donde a la primera potencia se sumaban Alemania, Canadá, Francia, Italia, Japón y Reino Unido.
Sistema global vs Sistema Imperial
Sin embargo el análisis de Thurow sobreestimó el rol imperial de EEUU y no pudo ver que en el interior del gigante norteamericano se comenzaba a gestar desde los 60 un grupo de poder, basado en grandes empresas financieras, que asociadas a la banca inglesa y toda su red extraterritorial, y contando con amplios cambios en la normativa estadounidense, empujarían un nuevo orden mundial basado en una globalización financiera que a mediano plazo entraría el colisión directa con el modelo imperialista con centro en los EEUU.
Las modificaciones neoliberales en el sistema financiero dieron lugar al fin de los acuerdos de Bretton Woods, y con ello, el dólar pasó a ser el único valor de equivalencia a nivel global. La desregulación del sistema financiero, llevado a cabo por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, permitieron el desarrollo de la banca de inversión e instrumentos fiscales que dieron lugar a la creación de sociedades con una gran masa de dinero invertida en acciones, bonos, letras, etcétera, que controlaron a corporaciones industriales, bancarias, educativas y de servicios.
Asimismo, la formación de cuadros técnicos y estratégicos, fueron llegando a distintos lugares del orbe permitieron la transnacionalización del capital, rompiendo las barreras territoriales, flexibilizando y deconstruyendo las fuerzas económicas, políticas, sociales y culturales de los estados. Así, una nueva élite global, surgida del seno mismo del poder imperial estadounidense, basada en el sistema extraterritorial, al frente de la administración de Fondos Financieros de Inversión, le disputaron al propio imperio estadounidense su hegemonía. Este choque de trenes llegó a su momento de mayor virulencia durante la crisis financiera global iniciada en 2008 y presente hasta nuestros días.
Liberar la economía
La avidez de nuevos mercados donde reproducir ciclos del capital, impulsó un ambicioso programa mundial de liberalización de la economía, la globalización, sintetizado en los principios de la Ronda de Doha e impulsado programáticamente por la Organización Mundial del Comercio (OMC), a los fines de quebrar las resistencias nacionales por método de los acuerdos comerciales. Este tema volvió, necesariamente, a poner en agenda el “subdesarrollo”, el “tercer mundo”, cuestión que pareció subsumida a las zonas de influencia en el marco de la “guerra fría”.
El tipo de iniciativas que impulsa la OMC tiene operan acotando el espacio de la política pública de cada país en materia de comercio internacional y tuvieron tuvo su origen en la creación, en 1947, del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT, por sus siglas en inglés), su predecesora.
En paralelo al programa de flexibilización de los mercados se encararon y pusieron en marcha los Objetivos de Desarrollo del Milenio, también conocidos como Objetivos del Milenio (ODM). Ocho propósitos de desarrollo humano que los 189 países miembros de las Naciones Unidas acordaron conseguir para el año 2015. Estos objetivos, en general, no serán alcanzados.
Lo cierto es que se ‘mundializaron’ agendas, las de los avances del capital y sus formas financieras imperantes en esta época y la de los niveles de inclusión de la población a estándares más o menos universalizados en temas de pobreza, salud, educación, género, medioambiente, etc.
Sin embargo, esta agenda reivindicatoria es tomada desde el multipolarismo capitalista y empresario bajo la forma de Responsabilidad Social Empresaria, que no es más que la manera de asegurar mediante un cinturón de paz social, el desarrollo empresario.
Pero en esa agenda también coexiste, y en tensión, las reivindicaciones internacionalistas de los movimientos y partidos que en cada continente se enfrentaron tanto al capital como a las formas de imperialismo. Estos espacios, tras la caída del muro de Berlín, perdieron o bien un aliado directo, o bien el espacio para jugar que generaba las ‘tablas del ajedrez’ de dos bloques enfrentados a nivel planetario.
La lucha de estos espacios se subsumió y reubicó en el marco de los proyectos nacionales que se oponían tanto a la globalización económica y financiera como al imperialismo característico del multipolarismo.
Los proyectos nacionales y regionales históricos de todo el globo se sumaron al nuevo entramado de inversiones del sistema financiero trasnacional que buscaba mercados emergentes, y la rápida incorporación de las poblaciones de los países más rezagados articuladas con financiamiento externo, pero con relativos controles nacionales de las riendas económicas, lograron generar polos alternativos de poder, los que articulados y en un contexto de crisis cotidianas del polo dominante y la resistencia mundial a su política intervencionista y los fracasos en alcanzar los objetivos del milenio, sembraron los caminos al multilateralismo.
Desde 2009, el G20 desplazó al G7, al G8 (G7 más Rusia, sumada como mecanismo de contención al nacionalismo de este último país) y al G14 (donde se incorporaba al grueso de Europa) como foro de discusión de la economía mundial. El G20 constituye el principal escenario del Multilateralismo económico.
El Grupo de los 20 es un foro de 19 países, más la Unión Europea, donde se reúnen regularmente, desde 1999, jefes de Estado (o Gobierno), gobernadores de bancos centrales y ministros de economía.
Está constituido por siete de los países más industrializados -Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido- (G7), más Rusia (G8), más once países recientemente industrializados de todas las regiones del mundo, y la Unión Europea como bloque económico.
Es un foro de cooperación y consultas entre los países en temas relacionados con el sistema financiero internacional. Estudia, revisa y promueve discusiones sobre temas relacionados con los países industrializados y las economías emergentes, con el objetivo de mantener la estabilidad financiera internacional, y de encargarse de temas que estén más allá del ámbito de acción de otras organizaciones de menor jerarquía.
Reunido por primera vez en 1999 durante la presidencia Bill Clinton, “dormido” luego en el período presidencial de George Bush, el G20 recién se convirtió desde el 25 de septiembre de 2009 en el organismo que se ocupará de la situación económica mundial, desplazando al G8 o el G14. En su primera definición como foro permanente el G20 se pronunció por políticas que resguarden el empleo decente, promovió regulaciones a los bancos de inversión y paraísos fiscales y avanzó en la reformulación del FMI y el Banco Mundial.
La decisión de convertir este grupo como principal fue anunciado por el presidente de los EEUU, Barack Obama, frente a los países europeos que preferían un más manejable G14. Es decir, desde la presidencia Barck Obama (demócrata como Bill Clinton), el espacio G20 en la práctica implica “sentar” al G8, Europa con el BRICS (más su espacio de influencia, impulsando el multilateralismo global contra el unipolarismo americano o el multipolarismo representado en el G7.
El espacio BRICS encabeza a su vez el llamado G77, grupo de países en vías de desarrollo, formado con el objetivo de ayudarse, sustentarse y apoyarse mutuamente en las deliberaciones de la ONU. En 2014 el número de países del grupo llegó a 133. Fue creado el 15 de junio de 1964 y realizó declaraciones conjuntas sobre temas específicos, y coordina programas de cooperación en campos como el comercio, la industria, la alimentación, la agricultura, la energía, y también en materias primas, finanzas y asuntos monetarios.
En 1988, el grupo adoptó el acuerdo para un sistema global de preferencias comerciales entre países en vías de desarrollo, que contempla concesiones arancelarias, sobre todo en productos agrícolas y manufacturas. México y Corea del Sur son los únicos países comparables a los BRIC, pero sus economías se excluyeron debido a que ya son miembros de la OCDE
El multilateralismo no es estrictamente lo mismo que la globalización aunque se usen como sinónimos y compartan características. Mientras que el primer concepto define la idea “lados” con capacidad de incidir política, económica, militar y culturalmente en el sistema mundo, la globalización, bandera del neoliberalismo, refiere al plan de mercados nacionales flexibles y competitivos al flujo de capitales.
En la actualidad, bloques regionales adquieren la suficiente capacidad de mantener el flujo de inversiones financieras, a la vez que la capacidad de direccionar políticas estratégicas de desarrollo, contener al principal polo de poder militar y dar la batalla tecnológica, articulando economía privada, estatal y otras formas de economía popular/participativa.
El viejo sistema imperialista, consolidado tras las dos guerras mundiales del siglo pasado, hoy está doblegado por una realidad más compleja y multilateral. Como todo imperio atrasado en crisis, con capacidad de golpear pero no de conducir la nueva etapa, muestra su cara fascista. Desde esta lógica busca retrasar el multipolarismo poniendo bombas de tiempo en todo el mundo que atentan contra un nuevo esquema financiero, un nuevo sistema de equilibrios militares, un nuevos sistema de relaciones internacionales.
La pregunta a realizarnos es si este profundo cambio de estructuras vuelve inevitable una guerra y cuáles serían las características de la misma. Según el primer vicepresidente de la Academia de Problemas Geopolíticos Rusa, Konstantín Sivkov, los conflictos locales librados en varias partes del mundo son resultado de cambios globales y el establecimiento de un nuevo orden mundial. “Y en la historia no ha habido casos cuando un nuevo orden mundial se haya establecido sin guerras”, afirma Sivkov. “El mundo experimentó tales cambios dos veces, a principios del siglo ХХ, cuando estalló a Primera Guerra Mundial, y a mediados del siglos pasado, cuando se libró la Segunda Guerra Mundial”, sentencia.