Devorar Barcelona en un día

Vista de Barcelona y su mar desde el Park Güell. Foto: Natalia Gómez Carvajal / @nataliagoca

Mi estadía en Europa para estudiar francés tuvo una parada previa en Barcelona (España). A eso lo llamo empezar bien, pero yo no lo sabía cuando llegué. En todo caso, tenía que conocer lo que más pudiera en poco más de 24 horas, pues mi vuelo a Rennes (Francia) no me permitía más.

Como periodista de temas urbanos, había escuchado hablar de su escala humana, de su transporte público (una maravilla) y de Gaudí. Como amiga de viajeros y estudiantes, había escuchado hablar de su reputación académica y, aún más, de las fiestas que no tienen fin. ¿Por dónde empezar?

Esta fue la calle ganadora en la Festa Major de Gracia. Se arman filas enormes y luego todos entran a ver. Y sí, era el más lindo. Foto: Natalia Gómez Carvajal / @nataliagoca
La calle ganadora por dentro. toda una experiencia acuática en tierra firme. Puros materiales reciclados y amor de vecino. Foto: Natalia Gómez Carvajal

Decidí hacer un recorrido Gaudí, pero antes tuve suerte porque se estaba dando la Festa Major de Gràcia, una parranda de barrio a la catalana, con concursos de castillos humanos, de decoración de cuadras, flamenco, rumba, conciertos… alcohol y comida por todas partes. Existe desde 1850, se inició como una fiesta religiosa y se llenó de actividades populares. Para viajeros de bajo presupuesto como yo es ideal porque se baila gratis y se encuentran delicias como pizza orgánica con cerveza por ‎€ 3,50, en plena plaza de Gràcia.

Me hospedé en el hostel Generator, más caro de lo que esperaba, pero la calidad y la proximidad a las fiestas valieron la pena. Fueron € 79 por dos noches con desayuno incluido. Lo que más me gustó fue que había un baño compartido por habitación colectiva (en el mío éramos 6 personas) y esa ‘privacidad’ la valoré.

Casa Batlló, una de las obras más visitadas del arquitecto Antoní Gaudí. Se trata de un edificio antiguo que él remodeló a su gusto y que expresa el periodo más naturalista del maestro. Fue atropellado por el tranvía en Passeig de Gràcia en 1926 y permaneció casi una hora en el suelo sin conmover a los transeúntes. Falleció después de tres días de agonía en el hospital de pobres. Foto: Natalia Gómez Carvajal

El Generator queda a tres cuadras de Passeig de Gràcia, una de las avenidas más emblemáticas de la ciudad, llena de tiendas de diseñador, con ropa que jamás podré comprar. Ahí quedan además La Pedrera (un centro cultural / € 20,50) y Casa Batlló (una especie de casa museo de la arquitectura modernista /€ 22), ambas obras de Antoni Gaudí, que me enamoró en esas breves 24 horas. No entré, porque ya había planeado mi día diferente y por falta de platica, pero volveré.

Definitivamente no se puede entrar mostrando hombros y piernas. Aún con verano, el decoro es una exigencia para entrar a esta y a la mayoría de iglesias. Foto: Natalia Gómez Carvajal

Continué hacia el sureste, en búsqueda de la Catedral de la Santa Cruz de Barcelona, la única que tienen. Aunque el ingreso es gratuito, me quedé solo con la vista de la fachada porque tenía una blusa sin mangas y la etiqueta me exigía cubrirme los hombros. Si usted de veras quiere entrar, hay unas mujeres que venden pañoletas y aprovechan el descuido de los turistas para ganarse unos euros.

Al lado está The Gaudí Exhibition Center (Museu Diocesá), cuyo ingreso costó € 15. Me arriesgué y pagué porque quería conocer más sobre el autor de estos monumentos inmobiliaros. En el recinto se hace un viaje por los referentes artísticos que inspiraron al arquitecto y por la manera en la que concibió la construcción de la Basílica de la Sagrada Familia, para la que ya había comprado boleta. Me fui contenta, porque luego me ayudó a entender mejor lo que venía en mi recorrido.

La Basílica de la Sagrada Familia inició obras en 1882 y aún están en curso. Lo recaudado en boletería financia la construcción. Foto: Natalia Gómez Carvajal
El juego de luz natural a través de las ventanas y los vitrales crea una atmósfera de bosque encantado. Foto: Natalia Gómez Carvajal

Caminé 40 minutos hasta la Basílica, que extrajo € 29 de mi tarjeta de crédito, pero que se van a la construcción de la misma. Gaudí sabía que no terminaría de construirla cuando empezó la obra a los 30 años de edad (¡Treinta años!) en 1882, así que la diseñó para que las generaciones futuras la terminaran. Es un homenaje a la naturaleza catalana y a los materiales locales, expresa de la fe de su autor y es una muestra de modernismo casi escultórico y de amor por la luz: atraviesa los vitrales y tiñe -efímera-, las paredes y techos, un lado de colores cálidos y el otro, fríos.

Fue creada para asemejar a los bosques típicos de Cataluña: sus columnas nacen firmes del suelo como los troncos de los árboles y se ramifican hacia el cielo, donde unos rosetones hacen hojas, nervaduras y flores.

A la izquierda, la ‘casita’ del portero de Park Güel. A la derecha, la tiendita de suvenires… carísimos. Foto: Natalia Gómez Carvajal
El mercado que nunca fue. El techo está hecho de azulejos meticulosamente escogidos y quebrados para hacer mosaicos bellísimos. Foto: Natalia Gómez Carvajal

Desde una de sus torres avisté el Park Güell (€ 7), al que después llegué en metro. Se trata de un proyecto habitacional de lujo frustrado financiado por Eusebi Güell, mecenas de Gaudí, y abortado porque se volvió insostenible financieramente. Además de los jardines, alcanzó a construir la casa de Gaudí (€ 5,50), la del portero, las vías de acceso a las ‘futuras’ casas, unas escaleras monumentales, un área común para un mercado y una terraza con una vista divina de Barcelona y del mar. Lo mejor que se puede hacer ahí es sentarse y disfrutar la vista, la música de artistas callejeros, la brisa y el calor veraniegos.

La rambla. Siempre está llena de gente. Para verla desocupada hay que llegar hacia las 7 de la mañana, aunque a esa hora no habrá mucho comercio abierto. Foto: Natalia Gómez Carvajal
El mercado de la Boquería. Pintoresco, lleno de mariscos, pero sin los olores que inundan las plazas de mercado tradicionales en América Latina. Foto: Natalia Gómez Carvajal

De regreso, me bajé en la estación de metro Catalunya y recorrí la famosísima Rambla (un paseo peatonal), comí frutas en el Mercado de la Boquería por € 1,50. Vale mucho la pena visitar este mercado… eso sí, si no hay plata, se queda uno con el antojo de los mariscos, los jamones, los quesos y las delicias catalanas. También pasé junto al Museo Erótico (€ 9) y visité el barrio gótico que rodea a la Catedral. Y claro, en la noche seguí de marcha en Vila Gràcia, para despedirme de la ciudad.

Les resumo algunos consejos que salen de los errores que cometí a la hora de hacer este viaje, para que viajen mejor:

  • Compren las entradas a los museos por internet y con un día de anticipación. Así se ahorran las filas y garantizan que podrán entrar. Escuché a muchos quejarse de haber hecho fila todo el día sin lograr entrar a la Sagrada Familia, por ejemplo. Con boletas on-line, no hay pierde.
  • Usen zapatos cómodos. Barcelona es un monumento al aire libre y vale la pena recorrer lo más que se pueda a pie: mis alpargatas de suela muy plana me mataron los pies. ¡Tenis, tenis, tenis!
  • Lleven un morral. Si les gusta coleccionar los folletos de los museos, les será útil para guardarlos. Además, ahí se pueden empacar un sánduche y la hidratación necesaria.
  • ¿En verano? Sí y no. Sí porque los días son más largos y eso da más tiempo para conocer cuando el viaje es corto. No porque es temporada y todo es más costoso. Esto se resuelve con una buena planeación.
  • No olviden llevar un saco y/o una pañoleta. En las iglesias las piden para cubrirse los hombros. Tampoco son buena idea las mini faldas, los mini shorts ni los vestidos de baño… incluso los hombres.
  • Planeen con anticipación. Hay varias atracciones gratuitas o muy baratas en Barcelona: el museo Militar en el castillo de Montjuïc, las fuentes coloridas de Montjuïc, recorrer la Rambla, visitar el barrio Gótico (lleno de tienditas con curiosidades más asequibles), el Park Güell (una parte es gratuita), Parc de la Rovira, la playa… hay un montón.
  • El metro. Asegúrense de comprar el tiquete del metro para ir al aeropuerto con anticipación, para evitar correr el último día. Cada estación tiene un dispensador.