Virgen Suicida.
La tarde del martes,
mi abuela paterna me dijo que no cree en lágrimas.
Lloro.
Arrastro invenciones que ahogo en sus ojos,
por todas esas noches que dormía llena de su olor.
Fragancia abuelo, aroma degradación.
Pierdo el olfato y los sueños.
Pesadillas me agarran de las piernas;
me ahorcan el grito.
Le tengo miedo a la muerte,
y a la noche que es mi abuelo.
La locura no es para niños.
La abuela reza y oculta.
Dibuja la señal de su cruz en mi boca.
Está en todo mi silencio.
La sufro:
su descarga.
Me cuida de mí.
Siempre tuvo ganas de una Virgen.
Celosa de ojos.
No es la primera vez que mira la muerte.
En la mía nunca pensó.
Se quedó con las ganas y la Virgen,
vacía de él, de mi abuelo:
su guardián de bodas de oro;
mi guardián de bodas de sangre.
Un rosario de vecinas lo lloran como ella.
Al buen señor,
al que me sentía y me daba todos los gustos;
al que le llevaba las toallas mientras se bañaba.
al abuelo,
y yo: su nieta entre todos los nietos.
La Virgen aparece mágica en las paredes de los abuelos.
Paternos,
eternos,
hasta que su muerte me alivió.
Me acerco a la imagen:
es la semejanza al dolor.
Intento secarle las lágrimas;
escapan a mis ojos.
Bendigo lo que ya nadie quiere bendecir:
Mi niñez.
La abuela me sacrificó para no quedarse sola.
De ahí, su falta de fe en el llanto
y su sensibilidad religiosa.
La abuela y el perdón de su pecado.
Me prepara para el abuelo:
para su hasta pronto
y mi adiós eterno.
Me cambia el vestido blanco manchado de rojo.
Me lleva a la parroquia central.
Reza por él; maldice por mí
Detrás del recuerdo,
la imagen y una mirada de sangre,
sin lágrimas,
la Virgen observa.
Se suicida con la fe
en los ojos de mi abuela.
