Absurdoland -3-

(Dícese de aquella tierra en la que ocurre todo)

Ciertamente, todo apenas estaba comenzando.

A las 03:00 pm comenzaron a llegar a los teléfonos las primeras noticias sobre los excesos que estaban ocurriendo en todo el país: la euforia desbordada de decenas de miles de personas pronto se convirtió en un severo problema de orden público.

Las grandes avenidas de las principales ciudades pasaron de la danza alegre a la violencia generalizada en pocas horas. Parecía que cada individuo replicaba en su propio cuerpo la expansión desenfrenada que vivía en su fantasía. Golpizas a granel, vidrieras destruidas, asaltos a comercios, saqueos a viviendas, destrucción sin sentido de propiedad pública. Por ejemplo, la principal plaza de la capital, referencia desde hace décadas, fue arrasada por decenas de carros que la invadieron y destrozaron.

Algunos de los pocos observadores y estudiosos que aún no salían a celebrar pensaron en la “histeria colectiva” como categoría conceptual para comenzar a darle forma a lo extraño que se estaba viviendo.

“Lo que estamos observando no es más que un desborde que se ha ido contagiando de individuo a individuo. Es como si de repente los pocos controles sociales que tenemos para poder vivir (el respeto por el otro, los límites de espacio, las normas en general) hubiesen sido desactivados, provocando estas conductas delirantes, maníacas, totalmente descontroladas”.

Otro estudioso, en medio de una celebración:

“¿En verdad dicen que es un caso de histeria colectiva? Yo lo único que veo es a un pueblo que después de más de 500 años de sufrimiento por fin ve luz y se apropia de su destino… ¡Y salud carajo!”

Los primeros muertos aparecieron luego de una riña colectiva en la capital entre más de doscientas personas, según relataron los vecinos del sector. La euforia, poderoso estimulante, sumada al alcohol, dio paso a terribles “apagones” en los cerebros humanos.

A las 06:00 pm, las avenidas seguían repletas de seres cada vez más lejos de su condición humana. Los hospitales no se daban abasto para recibir en las emergencias una cantidad absurda de intoxicados por el alcohol, drogas y desenfreno.

¿Y las autoridades?

La policía y los militares encargados de la seguridad ciudadana pronto se unieron a los festejos.

Los pocos funcionarios que quedaron de guardia, atrincherados en sus prefecturas, optaron por esconderse y quitarse el uniforme. Ningún símbolo de autoridad es bien visto en medio de una conmoción social, o al menos eso era lo que habían aprendido durante los últimos 30 años de un país díscolo y propenso a conmocionarse cada dos por tres.

Las centrales telefónicas de las prefecturas policiales y militares recibieron centenares de llamadas de auxilio. Ninguna fue contestada. Todas referían al desborde, al miedo que temprano comenzó a llenar a quienes no participaban activamente del festín colectivo. ¿Cómo salir de la casa a celebrar si en cualquier momento los mismos que celebran se vuelven locos y pueden hacer cualquier cosa?

El nuevo gobierno trató de dirigir la celebración: llamaron a las cercanías del Palacio de Gobierno para poder controlar a las masas en un radio de al menos cinco kilómetros. Sin embargo, fue un llamado tardío. Casi nadie acudió pues no hacía falta que nadie se convirtiera en un proveedor de alcohol ni un controlador de emociones.

Para los observadores políticos externos, ese fue el primer fracaso del nuevo gobierno del reseteo (como sarcásticamente comenzaron a llamarlo algunos detractores).

Desde otros países seguían sin poder creer lo que estaba ocurriendo en esta parte del mundo. En un famoso canal de noticias, decidieron hacer un observatorio en vivo las 24 horas del día: corresponsales en el lugar de los acontecimientos y los principales analistas políticos/ sociales/ económicos/ militares/ internacionales daban sus distintos puntos de vista.

De pronto, el país de las eternas malas noticias se convirtió en una fuente inagotable de acontecimientos nunca antes vistos. De hecho, desde algunos pocos países europeos y africanos se comenzó a escuchar la voz de algunos dirigentes políticos que invitaban a mirar con atención lo que aquí estaba ocurriendo.

Pronto, las alarmas internacionales comenzaron a activarse: ¿será acaso que el efecto contagio no solo ocurría en las calles y avenidas de un lejano país, sino que comenzaba a traspasar océanos y cordilleras?

De este lado del océano, también llovían las preguntas:

¿Es sostenible este modelo de país?
Un día antes, había personas con varios millones de dólares en su patrimonio. ¿Ellos solo se quedarían con un millón? ¿Y sus bienes? ¿Sus empresas?
Los niños menores de 18 años, ¿tendrán su dinero disponible a través de sus representantes legales? ¿O solo lo pueden gastar directamente a partir de su mayoría de edad?
¿Qué ocurrirá con los que nacen a partir de hoy? ¿También tendrán su millón?
¿Solo es para los nacidos en el país? ¿O contaban también aquellos cuyos padres habían nacido en el país pero ellos no?
¿Ahora toda transacción será en dólares?
¿Nadie trabajará nunca más?

Mientras tanto, se acercaba la segunda noche tras el cambio. En pocas horas, la euforia desbordada dió paso al miedo desbordado. La oscuridad suele ser un mal presagio cuando hay desenfrenos sociales.

Los funcionarios del nuevo gobierno confiaban en que progresivamente la histeria iría apagándose en su propia salsa. No opinaban. Decidieron no dar ruedas de prensa ni atender llamadas de gobiernos de países vecinos. Si la histeria se apagaba -pensaron- cada vez menos expuestos estarían al escrutinio mundial.

También pensaban que ya todo estaba consumado. Juraron entre ellos en una reunión de emergencia que no habría marcha atrás. Ni siquiera los 1732 muertos contabilizados hasta el momento en apenas doce horas cambiarían un ápice las decisiones tomadas.

Poco conocían de los mecanismos sociales de contagio. Poco conocían de mecanismos sociales ni de nada.

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