Crecer en los ochenta

I

Los años ochenta fueron una parte muy importante de mi vida. En esa década pasé de la niñez a la adultez casi sin darme cuenta, en medio de un montón de acontecimientos y cambios que ocurrían a mí alrededor. Basta con verlo así: el 1ero de enero de 1980 tenía 9 años y el 31 de diciembre de 1989 tenía 19.

No suele decirse que la década de los ochenta haya cambiado al mundo, como sí se dice de los años sesenta, pero sí hay una suerte de hilo conductor entre lo que se vivió entonces y lo que se vive hoy. Al menos eso creo.

Para mí fue un viaje tremendo. Lleno de todas las cosas que acompañan a un viaje semejante: alegrías, tristezas, dolores, felicidad, frustraciones. Pero especialmente fue un viaje de descubrimiento de la vida en todas sus facetas.

Tuve los mejores padres, abuelos y hermanos, los mejores amigos, vecinos y compañeros de clases. Seguramente los odié, me resultaron indiferentes o fastidiosos en algún momento, pero al final eso es la vida: un carrusel de emociones y vivencias que nos entrelazan con otras personas para siempre.

II

Pero nada de esto fuese posible hablarlo si no tuviésemos nuestra memoria. La memoria es, sin dudas, uno de los regalos más hermosos y complejos que tenemos los seres humanos.

Los recuerdos no se preservan asépticos en nuestra mente; casi siempre están rodeados de imágenes, sentimientos, colores, sonidos y hasta vivencias fisiológicas. Los recuerdos, a veces, se clavan en nuestras entrañas de tal manera que es difícil sacarlos sin que haya algún dolor de por medio.

Volver ha sido uno de los grandes anhelos de la humanidad. Volver a lo que vivimos, a los sitios donde estuvimos, a las emociones que sentimos, pero siempre desde el hoy, con todo el equipaje de experiencias que acumulamos con los años y con la edulcorada versión imprimida en nuestra memoria. Al final, la memoria es un dispositivo que nos permite volver para revolver imágenes sueltas.

Pero la memoria a veces necesita ayuda.

Mi joven e ingenuo yo, el de 16 años a finales de los ochenta, decidió dejar plasmado lo que ocurría en aquel entonces. Me gusta creer que lo hice para un futuro yo. Para el que vive en el 2018. Para el que va a vivir –ojalá- en el 2048. Lo más probable es que me niego a dejar morir a aquel adolescente que desde esos papeles ya amarillos gritaba para hacerse notar.

Trozos de la vida cotidiana de finales de los ochenta quedaron escritos en una vieja libreta organizadora que escrupulosamente llevé durante casi un año.

Visto así, entonces a los 16 escribí para recordarle al de 46 de dónde viene y para dónde va. ¿Y por qué no? Para recordarle al de 76 su historia y reconstruirla ya en el ocaso.

Rescatar recuerdos es restaurar la memoria, y restaurar tiene un precio: a veces, lo que se restaura es diferente a lo que era en principio, las ediciones que hace la memoria pueden ser mejores –o peores, claro- que la realidad que las inspiró. La memoria es el mejor editor de la humanidad. La tecnología, apenas un artefacto humano que va corriendo tras ella para mejorarla y a ratos sustituirla.

III

Quienes tuvimos la fortuna de nacer a principios de los setenta y crecer en los ochenta estuvimos inmersos en el “zeitgeist” (espíritu del tiempo) de aquellos años.

Imagen tomada del webite: https://xombitmusic.com/

En los setenta, el mundo entraba en su tercera década posguerra y también de Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La guerra de Vietnam estaba en sus postrimerías.

Mientras Brasil se consagraba como el primer tricampeón mundial de fútbol, los genios de Los Beatles se separaban y el hombre llegaba a la Luna por primera vez; por acá muchos venezolanos soñaron con la triple corona americana para Cañonero II, comenzaba un proceso de pacificación con la guerrilla y transcurría la segunda década de la llegada de la democracia.

Como los niños de distintas épocas, los que crecimos en los setenta queríamos ser bomberos, veterinarios, médicos, pero también quisimos ser astronautas. Pocos años antes, Neil Armstrong había pisado por primera vez la Luna y no era un sueño menor.

Si habíamos conquistado la Luna, ¿por qué no el Universo?

No existía la TV satelital ni cable. ¡Ni siquiera la TV a color! El mundo había visto la TV a colores en los años cincuenta, pero en Venezuela se masificó apenas en 1980.

Tampoco existía internet ni los teléfonos celulares. Y aunque parezca extraño, no recuerdo que nos hicieran mucha falta durante aquellos años. Ver televisión en blanco y negro y llamar por el teléfono fijo de la casa, así como aprender en libros, enciclopedias, bibliotecas, maestros, no representaron ninguna desventaja pues ese era el estándar.

En mi caso, creo que crecí en una típica familia clase media que emergió en los años setenta a punta de trabajo y esfuerzo, sin más riqueza que los valores que permanecen y construyen. Cuando trabajar duro y esforzarse más traía recompensas reales.

Los años ochenta fueron un ejercicio de modas extrañas y hoy ridículas. La música, así como programas de TV y cine, dejaron algunos clásicos que aún se recuerdan y hasta se versionan.

Creo que en los años ochenta comenzó la desilusión venezolana pero nos dimos cuenta mucho después. Aún en el 2018 no nos hemos recuperado.

Crecer en los ochenta fue una de las aventuras más espectaculares que he vivido.

Pero el tiempo ha pasado, la vida cambió, la ciudad y el país cambiaron y me queda saber que lo más valioso que tenemos los seres humanos es la memoria, nuestra centinela de los recuerdos más poderosos y de las épocas doradas.

Que sea este entonces el mejor ejercicio para la memoria que jamás haya hecho.

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