Ese puñal que llevo en el pecho


El jueves pasado tuve la desgracia de asistir a una charla institucional en la facultad. No fue una desgracia por el motivo de la charla, que por cierto, tenía condimentos muy interesantes, sino mas bien porque me pasó algo que nadie en el aula magna pudo notar: dos lágrimas volaron por mi mejilla y sentí que alguien había estado moviendo ese puñal que tengo clavado en el pecho desde aquel 13 de julio de 2014.

La sensación que flotaba en el aire desde esa semifinal con Holanda era hermosa. El pueblo estaba ido, la gente feliz. Nadie podría retrucar que de este lado del mundo, la vida era feliz al menos por un rato. No nos habíamos olvidado de la inseguridad ni de la inflación, pero sí, nos habíamos dado como pueblo la oportunidad de ser felices todos juntos, algo que nos debíamos desde hacía un tiempo.

Ese domingo está clavado en mi retina. Recuerdo que rápidamente al despertarme hablé con mi viejo por teléfono. La charla fue bastante superficial. Estábamos los dos nerviosos pero queríamos hablar. Nos acercamos un instante y seguimos cada uno en la distancia.

-Juegan bien los alemanes, pero tenemos con qué.

Me duché y salí. Pero antes tuve la suerte de tomar el teléfono. Ahí encontré en las redes a Hernán Casciari con su editorial de Orsai. “¿El domingo en casa?” http://editorialorsai.com/blog/post/mundial_09 lloré 20 cuadras por la calle Agüero con el teléfono en la mano tratando de llegar al lugar de encuentro. ¡Zás! sentí la primer piña.

Nos acomodamos rápidamente en el sillón con los lugares asignados desde Holanda. Palmadas en la espalda con mis amigos, ¡Vamos eh! y nos sentamos. Silencio. De repente, Un mensaje de texto de mi viejo,Justo antes del pitido inicial, con el que había estado hablando por la mañana. Me dijo algo que nunca voy a olvidar <Disfrutá hijo, vas a ver en vivo una final del mundo>. ¡Zas! Me arrodillé en la lona. Ahí entendí realmente lo que estaba pasando. Mi viejo había vivido la del 86′ y hoy éramos contemporáneos los dos a una final de la selección.

Argentina arrancó mucho mejor de lo que nosotros esperábamos y como en casi todo el mundial, nos fuimos poniendo cómodos con el correr de los minutos. creábamos situaciones y cada vez que Messi o Lavezzi la agarraban, hasta nos permitíamos soñar. Cuando de repente, centro desde la derecha e Higuaín Gol.

Nunca voy a olvidar ese abrazo. Me iba a poner a describirlo pero no tiene sentido, no entra en palabras. Entre los brazos y manotazos miré a Julián, mi amigo que había quedado del otro lado de la ronda de abrazo. Entrecerramos los ojos y no recuerdo si lo dijimos o lo pensamos, pero fue “Vamos a salir campeones del mundo” mientras caía una lágrima. Todo esto que en mi retina duró 20 minutos, fueron tres cuadros de TV. Cuando miramos la pantalla el línea tenía la bandera levantada. ¡Zás! K.O

Yo no ví bandera, ahí hubo un puñal. Ese puñal se me clavó en el corazón desde aquel 13 de julio de 2014 y no pude hablar mas. No me dolió el fallo de Higuaín sobre el final del primer tiempo, tampoco que a Lio no le quedara una clara, mucho menos me dolió el gol de Gotze. Yo ya estaba agonizando.

Terminó, me levanté y me fuí. Nunca mas quise volver a hablar del tema. Cerré una puerta que no pude volver a abrir nunca más. Pero este jueves se abrió, no fui yo abriendo la puerta, sino que a las patadas, rompiendo la puerta, el institucional de la universidad quiso demostrar valores con un video de aquella final.

No quise entrar, entré forzado y ahí estaban todos estos momentos. entendí entonces que esté puñal no va a salir hasta que algún día pueda decirle a mi hijo <Disfrutá, vas a ver en vivo una final del mundo>.