Historia inconclusa, quisiera yo también saber que pasará


Una tarde de invierno, como cualquier otra, observaba las gotas de lluvia cayendo contra el vidrio mientras me tomaba un café. Se me ocurrió ir a comprar un paquete de cigarrillos, Lucky, siempre serán Lucky, agarré el saco que suelo usar en días de lluvia, aquel verde de paño que mi abuelo me regalo para mi cumpleaños número quince, me miré al espejo, acomodé mi pelo, lo peiné con el estilo rockabilly, no pude evitar el hecho de halagarme, tomé el dinero de la mesa y me fui.

Ya de vuelta, por llegar a la puerta de mi casa, una brisa me congelaba la cara por eso es que miraba mis zapatos mojados al caminar con tal de no enfermarme, de repente alguien me chocó, era una chica, de mediana estatura, castaña, su pelo era lacio aunque estaba un poco chamuscado por la lluvia, le pedí disculpas. — ¡Nicolás! — dijo ella sonriente. Desconcertado, intenté reconocer su voz, no sabía con quién estaba hablando, pero al parecer ella sí, su cara me sonaba conocida, como si hubiese una conexión entre nosotros, algo así como esas miradas que viajan a través de las pupilas mientras las mismas se dilatan hasta opacar el iris casi por completo — ¿Por qué no entras a casa? Estas empapada — Le dije señalando hacia mi fachada, y ella asintió y abrió la pequeña puerta que da paso hacia mi jardín delantero, inmediatamente notó mi rosal, mi planta favorita, la más cuidada de toda la casa, se asomaba en ella el pimpollo de una flor ya que había cortado la última la semana anterior, finalmente abrió la puerta principal y entró.

Velozmente al entrar, corrí a buscar una toalla y se la apoyé suavemente sobre los hombros, extendida — Gracias — Dijo ella. — De nada — le respondí — ¿Querrás una taza de té? — Por favor — me dijo mirándome mientras se le escapaba una sonrisa que dejaba ver solo un par de sus blancos dientes.

Preparé dos tazas de té, aunque, dejé la pava encendida, el frío y la lluvia podían hacer que queramos una tercera. La invité a sentarse en el sofá, un sofá viejo que está presente en mi living desde que la casa se construyó, colgué mi saco en el respaldar de una silla y le serví el té, mientras ella, con los ojos llorosos borraba recuerdos vividos, supe desde ese entonces que algo pasaría. Me senté junto a ella, saqué los Lucky que había comprado anteriormente y prendí uno. Ella decidida sacó el cigarrillo de mi boca y lo apagó contra el cenicero, suave pero firmemente. — ¿Qué haces? — le pregunté clavando en ella una mirada similar a la que suelo hacer cuando alguien me desagrada. — Me molesta que la gente fume, o aunque sea cerca mio mis disculpas — me dijo y acomodó mi flequillo que, por la lluvia ya no respetaba mi estilo, sino que parecían lianas colgando desde mi frente. “Que tiene todo el mundo en contra de mi flequillo”. — Pensé. Le pregunté si estaba ocupada esa noche, su respuesta fue un no, guardé mis llaves y la invité a quedarse, ella aceptó alegremente y me propuso ver una película.

Al terminar, ya eran pasadas las doce de la noche, me serví otro té y encaré por la escalera hacia mi habitación y ella me siguió, los escalones tronaron como todos los días lo hacen, esa escalera de madera, hermosa y así como hermosa ruidosa también. Al entrar al cuarto notó al instante mi colección de discos, mi gran y preciada colección, desde los vinilos de la infancia de mi padre, hasta los discos pop que compré hace ya un mes. Fue directo a sacar uno de ellos que llamó su atención al instante “A saucerful of secrets”, me pidió que lo escucháramos. Inserté el disco en mi computadora y nos sentamos en la cama, sentí una necesidad inmensa de abrazarla así que pasé mi mano, lentamente, por detrás de sus hombros y la apreté suavemente contra el mío, siguiéndome, ella apoyo su cabeza en mi hombro y cerró los ojos.

Abrí la persiana para poder ver como la lluvia caía en mi jardín, gris y verde, que hermosa combinación, terminando el disco, me preguntó cuál era mi favorito de esa banda. — “The division bell” — Respondí de inmediato. Y mirándome sonriente, me lo dio en la mano, ya lo había tomado, como si supiera la respuesta que iba a darle, señaló hacia mi computadora con el fin de que lo reprodujera, lo hice. — ¿Por qué no darle el gusto? — me pregunté.

Volví a incorporarme en mi cama, ella seguía sonriendo, logró hacer que se me caiga una pequeña risa de mi cara de póquer. Nos acostamos, ella se puso de perfil y lentamente apoyé su cabeza contra mi pecho, y comencé a acariciar su pelo con mi mano izquierda, ella acarició mi espalda, los temas pasaron, nosotros, nos mirábamos, con la misma intensidad que la primera vez y llegando el final del disco, ella se durmió. No pude hacer lo mismo, mi corazón estaba tieso parecía una roca, mi sangre fría y mi sudor también, miles de preguntas invadieron mi mente en ese instante, “¿Quién es? ¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Por qué se encuentra durmiendo en mi cama? ¿Dónde vi su cara que me resulta tan familiar? Ni siquiera se su nombre” — Pensé. Pasada aproximadamente una hora mi pulso se relajó y desfallecí del cansancio.

A la mañana siguiente, ambos despertamos alrededor de las nueve. — Hola — me dijo. — Hola ¿Dormiste bien? — pregunté como para que mi saludo no fuera gélido. — Si, muchas gracias por todo. — No hay por qué, sino ibas a morir de frío hasta llegar a tu casa. Quedaba más que claro que me había penetrado en mi aura, solo intentaba ocultarle la verdad por más que, ahora que lo pienso, su inteligencia era mucha como para no darse cuenta de ello. Ambos nos miramos fijamente y reímos suavemente, ella se vistió, dándome la espalda, aunque aun así su imagen era sublime, me dejó su número y se marchó. Pasada la media hora, yo leía el diario, como solía hacer los domingos por la mañana, cuando de repente sonó el timbre. Al abrir la puerta se encontraba ella parada allí, sonriente, como la había conocido el día anterior. — Florencia — me dijo — Ese es mi nombre. Me dio un beso en la mejilla derecha, pegó media vuelta y se largó, mi cara, no puedo explicar la cara que en tenía en ese momento. Cerré la puerta me apoyé contra ella del lado de adentro y miré al techo.

— Florencia… — Pensé.