Los inviernos de Capitán Swing

Capitán Swing tenía 85 años, pero le gustaba a gritos decir que su acta de nacimiento extraviada tenia fecha de hace sesenta atrás.
 Una tarde entre el frío de febrero y los cacharros de aquella esquina, Capitán Swing escuchó los pasitos de Leonor aproximarse…

— ¡Eh, ratilla!

— No soy rata, señor.

— Sí…sí, ven acá ¿Ves ese charco? 
 Leonor giró su cabeza sin quitar la mirada del Capitán Swing. 
 — ¡Observa! 
 Reiteró Swing.
 
 — Lo veo.
 Contestó Leonor observando esta vez aquel charco.

— Pues cuando anochece, saltan del agua putrefacta los injertadores.
 
 — ¿Quiénes son los injertadores, señor? ¿y qué es un injertador? no conozco esa palabra.

— ¡Agg! Los injertadores son gemelos idénticos, tienen galaxias en sus ojos, y no tienen cuerpo humano, sino una especie de tórax hecho de costal con orificios pequeños por donde se filtran lucecitas doradas. Sus manos son caracoles que mientras avanzan van dejando una saliva brillante que huele a tierra mojada. Un injertador viene de un lugar antiguo, trae en su estómago unas bolitas rojas que se introducen en la piel, y sientes electricidad que pasa por toda la carne, y te dan sueño. De ahí la palabra ‘injertador’, pues introduce cosas en nuestro cuerpo sin permiso para que crezcan. ¿Sabes lo que es un gemelo, cierto?

— Sí, señor, mi hermana y yo somos gemelas. Mi padre dice que llovía mucho cuando mi madre apenas tenía dos meses de embarazada, entonces antes de llegar él, ella se asomaba por la ventana para ver los rayos que iluminaban la casa. Un día había tantos que el cielo se partía por la mitad, entonces mamá olvido tirar la basura y salió en medio del aguacero a depositarla en el cesto, cuando de pronto uno de esos rayos cayó a dos casas de un vecino dejando cegada a mamá por unos minutos, cuando él llego, mamá le contó sonriendo sentada desde las escaleras, y él preocupado por el embarazo se la llevo de prisa al hospital. El doctor le dijo a mamá que sólo había sido un susto, y que desde ese momento debería cuidarse un poco más, ya que no esperaba a un bebé, sino a dos. Papá dice que el rayo me trajo consigo, ya que mi hermana nació 5 minutos antes que yo. 
 Y esos injera…injera… ¿cómo era?

— ¡In-jer-ta-do-res
 Swing alzo la voz, moviendo los brazos como un director de orquesta.

— ¡Esos! ¿Por qué vienen a meterle esas bolitas rojas?

— Porque dicen que cuando me vaya, mi cuerpo quedara en la tierra aromatizando la llegada de otros como ellos, y servirá de guía. Desde hace diez años han estado saliendo noche tras noche de los charcos, cuando estoy dormido me despiertan a base cosquillas. Anoche por ejemplo, fui al centro de la ciudad a recoger unas maderas para hacerle su casita a Leopoldo, porque la que hice, con el ventarrón de hace tres días se deshizo toda, y cuando me acercaba a esta esquina pude ver como uno de ellos de prisa sumergió su cabecita al agua. Siempre esperan a que duerma, nunca salen mientras tenga los ojos abiertos.

— ¡Leonoooor!
 Un grito desde el otro lado de la acera llamó a la niña.
 — ¡Mi mamá! Adiós, señor.

Swing bajaba la cabeza y por sus ojos atravesaba el exilio del tiempo hacia la nada. Otra vez el silencio y Leopoldo observándole, siempre necesitando un movimiento de Capitán Swing para existir, luego dejaba de verlo, y veía como la silueta de Leonor desaparecía entre los abundantes ramajes de los ficus sin podar.

Ya en casa, Leonor sacudía sus zapatos con lodo del jardín que se le había pegado al entrar. Los colocaba debajo de su mesita donde coleccionaba afiches de cúmulos estelares, fotocopias de teorías científicas que su padre le leía en sus tiempos libres. Tea, su hermana gemela, entraba al cuarto con pasos anchos como si estuviera a punto de ejecutar una orden al batallón de infantería de cualquier escuela militar.

— Te he visto. Has estado hablando con el vagabundo que se pone a platicar con su perro como un loquito.
 Leonor le miro de reojo, y tomó un cuaderno de la mesita para disponerse a dibujar.

— ¿Qué te dijo?
 Indagó Tea.
 — ¿Que nunca se baña? ¿Que cuando te duermas vendrá a sacarte las tripas y comérselas? ¡jajajaja!

— Me dijo que cuando vayas a la escuela, le dirá a Leopoldo que te arranque una pata y que rompa todos tus libros.

— ¡Mentira! ese perro cuando paso por ahí lo único que quiere es que le dé algo de comer.

— ¡Sí, tu pierna! ¡ajajaja!

— ¡Tonta! Dime ¿qué hablabas con él?

— Acerca de los injertadores

— ¿Los injertadores?

— ¡Sí, los injertadores! unos seres que vienen de un lugar antiguo, y salen del charco que se hace en la esquina cada que llueve. Son gemelos por lo regular, como tú y yo; cuando duerme, le hacen cosquillas para despertarlo, y le meten debajo de su piel unas bolitas rojas.

— ¿Y por qué le meten eso?

— Porque quieren traer a más, y necesitan a alguien para que los guie. Entonces su cuerpo servirá para que los otros encuentren el charco del que han podido salir.

— ¿Y no le da miedo?

— No lo sé, creo que le gusta.

Mientras Leonor terminaba de contarle, Tea miraba por la ventana, su corazón agitado podía oírse en toda la habitación entonando junto al chasquido del lápiz contra la hoja que Leonor utilizaba para rayar.

— ¡Teaaa…Leonooor! bajen a cenar, nenas.
 Al unísono, las gemelas respondían a su madre con un gesto sonriente.
 — ¡Vamos!

Las gemelas desde su nacimiento han crecido en este barrio a la periferia de la ciudad. Leonor y Tea eran dos niñas de nueve años amantes de la astronomía, Leonor un poco más que Tea, con ese carácter temple y esa nobleza, pensativa, con su cabello suelto que tantas veces atrás a regañadientes pidió a su madre no recogerlo, y sus ojos grandes detrás de las gafas graduadas que no gustaba usar. Tea por el contrario, gustaba de esa feminidad que su madre le colgó por entre los genes: una niña sonriente, siempre impecable con su postura, aunque no tanto en el aprendizaje del colegio como lo hacía Leonor, pero socialmente capaz de tener amigos por donde se le llevara. 
 
 Cuando la ciudad en calma poco a poco se deshabitaba de su gente, y las mamás acunaban a sus bebes, los padres apagaban los televisores, y los niños daban el último suspiro del día para quedar inertes en el sueño, y soñar que eran altos, y saltar por entre los prados, las casas, los edificios, Capitán Swing en su esquina hablaba con Leopoldo del tiempo en que anduvo por las costas de Colombia, y se enamoró de una mantarraya:

— … ¡en serio, Leopoldo! te juro que cuando la subí al bote era una negra hermosísima, llevaba su cabello recogido, y para secarlo, tuve que desenredarlo a lo largo de la proa. Ya no recuerdo bien cómo es que deje de verla. Algunas veces los recuerdos son difusos, y creo haber vivido algo, luego al instante no sé si me paso a mí o fue una historia de alguien más que termino contándome en algún día pasado. A veces me siento como si siempre he estado aquí mirando a la gente pasar, pero no me muevo, solo les veo de lejos, y algunos vienen y me arrancan pedacitos y se van oliéndolos a lo largo de la calle. ¿Te conté alguna vez de mi amiga la pintora, que cuando trazaba al óleo una nube, ésta aparecía en el cielo?

Leopoldo miraba a Swing con un gesto enternecido queriendo entender todo aquel discurso, pero el viento seseaba entre la boca del Capitán, y sus palabras eran frío ruido que saltaba a la calle.
 Hacía apenas unos meses que Capitán Swing llegó a esta esquina del barrio donde se instaló sin ningún reproche de los vecinos, ya que como ellos alegaban, no hacía más que balancearse cuando desde el fondo de alguna casa escuchaba los primeros tonos de una canción; por eso aquel chaparro de la tienda en la colonia cuando entraba alguien a su local espetaba en voz alta:
 — ¡Ahí va de nuevo, suavesito como si fuera tan fácil.
 Ese sí que es un Capitán, un verdadero Capitán del Swing.
 
 
 Transcurría la noche con las historias, y poco a poco el cuerpo canino de Leopoldo se desplomaba en la acera acurrucándose a un lado del manto que era la piel arrugada del viejo Swing. Swing también cedía y dejaba caer sus brazos, que con la luz del farol asemejaban grandes troncos entrecruzados con el pelaje de Leopoldo.
 Por fin, los ojos caían en el abismo oscuro de la mente.

El charco de la calle que permanecía quieto durante el día, ahora se agitaba en un oleaje pequeño, de él brotaba un caracol, luego otro…y otro…luego otro.
 Mientras tanto, en casa de los Barrientos, Leonor soñaba como del rayo aquel descendía y se metía en la panza de su mami. Podía verse a sí misma con la luz escarbando la carne, y hacerse hueco a un lado de Tea; de pronto, el olor a tierra mojada le despertó.

— ¡Teaa…Teaa!
 Susurraba.
 — Tea ¿está lloviendo?
 Tea inhalaba mientras abría los ojos.
 — Me parece.
 
 — ¡Asómate! no escucho nada.

-¡mmmmmhhh, a ver!… ¡no!… no llueve.

Sobre los cristales de la ventana dividida en cuatro, lucecitas se colaban a la habitación de Tea y Leonor; ellas, a prisa se incorporaban en su cama mirando aquella fiesta de iluminación. Leonor fue la primera en acercarse al marco, y veía como de la esquina donde el viejo Swing pasaba las tardes se desplegaban zigzagueando los rayitos de luz. Tea le seguía detrás…

— ¡Mira! son los injertadores.
 Leonor rápido sustrajo debajo de su mesa los zapatos, jalando a Tea hacia la puerta…
 — ¡Vayamos! quiero verlos. Quiero ver cómo es que meten en el señor aquellas bolitas. ¡Quiero verles su cuerpo de costal.

— ¡Espera…espera! deja ponerme las zapatillas.

En la esquina el viejo Swing carcajeaba y abría los ojos, estaban ahí, eran ellos;
 sus ojos con todas las constelaciones, sus costales con las perforaciones por donde las lucecitas que habían visto Leonor y Tea momento atrás, salían a chorro como agua e inundaban el barrio; y sus caracoles como brazos, y su pelo una llama instantánea en los recovecos de aquello que podría llamarse una cabeza.
 Eran ellos, y miraban a Swing con su pupila hecha de cúmulos estelares, y de su estómago nacían las bolitas rojas que los caracoles tomaban entre su babosa estructura, y se las ponían en la piel a Capitán Swing; entonces Swing alzaba la cabeza y veía en el cielo un ramaje de estrellas que se juntaban y se expandían por toda la faz de la tierra. Su cuerpo en espasmos poco a poco se aligeraba, y las bolitas se le metían tan dentro que los huesos se le licuaban cuando estas tronaban, y Swing experimentaba aquella electricidad que le anestesiaba, y quedaba tendido abajito de la acera, con la madera y Leopoldo pegando su hocico al asfalto, mirando ir a los injertadores hacia al charco, y desaparecer.

Leonor y Tea driblaban los muebles de casa, tomaban las llaves de la cocina donde su madre les escondía por precaución, y alcanzaban la puerta de entrada.
 Ya en el jardín, atravesaban la calle sin dejar de mirar las luces de la esquina; con cautela tomadas de la mano, corrían eufóricas por la vereda de los ficus hasta llegar a la esquina de Swing…

— ¡Señor! ¡Leopoldo! ¿A dónde se han ido los injertadores?
 Swing permanecía dormido, y Leopoldo se acercaba a ellas esperando que trajesen un trozo de salchicha, o algún dulce para ponérselo en el hocico…
 — ¡Hola, Leopoldo!
 Le acariciaba Tea, mientras Leonor en cuclillas miraba a Swing reposar.
 — ¿Señor?

De pronto de los pies del viejo comenzaron a verse unos hilos que salían retorciéndose y ya fuera, se transmutaban en raíces que quebraban el duro concreto de la acera para perderse dentro; Swing abría los ojos, y de ellos un verde moho brotaba e inundaba su cuerpo, y por el hormigas y cigarras; su boca un nido de pájaro que cantaba al preludio de la mañana. Se incorporaba aquella masa morfa, y Leonor pasmada en el gozo contemplativo observaba como el torso del viejo Swing ahora expandido al grueso tronco de un árbol, se erguía frente a ella, y de las orejas de él hojas verdes aromáticas se formaban, y su rostro ya no era su rostro, sino ramificaciones que se extendían en la circunferencia de aquella esquina. Tea sonreía y Leonor apreciaba la primera estela de luz solar que emite la mañana.
 Juntas se encaminaron a casa sin prisa; Leopoldo se quedó ahí, viendo como sus pequeños cuerpos se perdían entre las sombras de los ficus.
 
 
 En el limonero que ahora acompañaba a los cacharros y a Leopoldo, una nube trazada en su corteza dejaba entrever dos siluetas dentro de lo que asemejaba un cuarto: una de ellas observando por la ventana, y la otra sentada en su mesita, entre afiches y fotocopias, dibujando en su cuaderno un charco en medio de la nada.

Noek Izardui
a 18 de Marzo del 2015
Monterrey, Nuevo León. México