¿Editora?

Recuerdo cuando todavía se usaban las plumas. Tenía una roja para marcar acentos y mayúsculas; una morada para saltos de página; y una verde para cuando había que cambiar toda la redacción porque definitivamente no se entendía nada. Buenos recuerdos. Sí, es verdad que gastábamos mucho papel, cada nueva corrección se volvía a imprimir para revisión y aun así volaban los errores. Tal vez no éramos los más ecológicos, la basura a la trituradora, no nos preocupábamos por esos asuntos técnicos.

Yo sabía de literatura y redacción. Había estudiado letras hispanas y me sentía muy preparada para mi trabajo de edición. Iba a la oficina de 10 a 6 y me encontraba a los autores necesarios. Todo con contratos, con apretones de mano, en persona. Crecieron mucho mis habilidades sociales.

Lo extraño. Extraño saber la diferencia entre un acento prosódico y uno diacrítico y que esa información sea suficiente. Extraño el olor del papel. Ahora no sé nada. Ahora me la vivo trabajando con ceros y unos. Mis días se van frente a una pantalla dando enters de buenas a primeras. Temo que me corran en cualquier momento por no saber programación. Yo sé manejar la impresora, nada más. Es un verdadero problema porque hay que trabajar con Java, C++ y demás sistemas de programación. PROGRAMACIÓN. PARA UN EDITOR. Y yo que había estudiado literatura para decirle adiós al lenguaje computacional.

Mis horarios ya no son de 10 a 6. Ahora estoy ahí todo el día. No físicamente, claro, pero mi celular no deja de sonar. Mails por todos lados. Conferencias con China y Taiwán a las tres de la mañana porque querían expandirse a territorio asiático. Ventajas de trabajar en una editorial internacional: no dormir. Lo bueno es que mis compañeros me caen bien. Bueno, mandan mensajes graciosos y buenos memes, la verdad es que no los conozco. Ya no es necesario, todo es en la computadora, estamos abstraídos, en nuestro propio mundo, como con los libros.

Pero no son libros. Pero no hay páginas. Pero ya no edito. Soy un híbrido extraño. Víctima de la modernidad. Creo que me dedicaré a la cerámica.