El día que te fuiste.

Ojos de mar
Sep 7, 2018 · 3 min read

Murió. Se ha ido y nada lo va a regresar. Se fue sin decirme algún por qué, solo algo tan vago como falta de ganas de estar aquí, conmigo. Nadie asistió al funeral. Solo yo y su ataúd. No pude llorar. Enterré junto con su cuerpo todas sus faltas de ganas de mi, su inmadurez, su indecisión, toda su indiferencia, todos sus comentarios hirientes, todos los momentos miserables que tuve a su lado, todos los recuerdos que formamos y los que no formamos también, todas las expectativas que tenía de el, de nosotros, todas mis ganas de ser mejor para nosotros, las palabras que la vidente me había dicho tiempo atrás “No estarás con el por qué el es puro blalala” y junto a ellas coloqué todas las veces que pensé lo equivocada que estaba esa señora y las ganas de mostrarle al destino que yo podía cambiarlo con amor, así como en las películas. También enterré mi enojo y mi tristeza por su partida y un puñado de fotos que encapsulan los buenos momentos que tuvimos pero que jamás regresarán. “Yo ya no los necesitó” pensé. Al mismo tiempo veía como millones de bolitas rosadas salían flotando de su tumba hasta colocarse dentro de mi bolsa justo a lado de la esperanza, era todo el amor que le tengo y que el no estaba interesado en recibir “¿qué voy a hacer con todo esto? Sobre su tumba coloqué todos los girasoles que jamás me regalo y a nuestra hijita“planti” una planta llamada popularmente suculenta.

Pude haberme quedado el resto de mi vida sentada junta a la tumba, pero ya no quiero lastimarme.

No sabía hacia donde ir pero sabía dónde quedaba la salida y como por “instinto” caminé hacia allá. Llegando ahí la lluvia comenzó tan fuerte que me obligó a quedarme refugiada en la caseta de vigilancia. Mientras esperaba a que bajara la lluvia millones de preguntas llegaron a mi cabeza “¿Ya no me quiere y por eso se fue?, ¿No soy suficiente para el?, ¿Acaso quiere estar con alguien más? ¿Por qué no tiene ganas de mi si yo si tengo de el? ¿Por qué jamás me dijo que se iría si ya lo tenía pensado desde hace tiempo? ¿Por qué el si estaba preparado para irse y ni siquiera me avisó para prepararme? ¿Por qué me dijo esos comentarios tan hirientes antes de irse? ¿Eran verdad o sólo estaba enojado? ¿Por qué tenía que haber alimentado mis expectativas que estaríamos juntos para siempre para luego despedazarlas?” Todos estos por qué me volvían loca. La lluvia se vino más fuerte. Los por qué me gritaban en mi cabeza a la intensidad con la que caía la lluvia. Mi cabeza iba a explotar. Tenía muchas náuseas, sentí que no podía permanecer ni un segundo más de pie así que me senté sobre la banqueta. Pensé en regresar a la tumba, desenterrarlo y llevarlo conmigo. No había vuelta atrás. Mi ideal de el no estaba sobre un cuerpo, de hecho no estaba en ningún lado, jamás existió ni existirá.

Tenía que hacer algo con esos por qué, no quería llevarlos a casa. Ya tenía dos cosas en las que tenía que pensar que hacer, todo el amor que le tenía y los por qué, pero mi cabeza no dejaba de pensar en los por qué. Quería enfocarme en ellas pero no pude. Me quedé dormida. Desperté en seguida.

La lluvia seguía con intensidad, pero no me detuvo y salí. Tenía tanto miedo de mojarme y de pronto no me importaba en lo absoluto, al contrario, lo disfrutaba. Me sentí feliz, libre. Bailé en la lluvia. Sentía como el agua impregnaba cada parte de mi cuerpo llenándome de energía y al mismo tiempo me impedía respirar pero cuando lograba hacerlo sentía tanto alivio. Sentí como mi alma se limpiaba. Ya sé que iba a hacer con esas cosas.

Murió. Se ha ido y nada lo va a regresar a mi.

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    Conociéndome cada día un poquito más.