La felicidad llegó de manera inesperada

Oliver Campo
Jan 25, 2016 · 6 min read

Por Oliver Campo Mateos

Hoy, me dispongo a narrar el día que vine al mundo y es sencillamente inaudito que en veintitrés años no me haya planteado cómo fue ese día y qué acontecimientos estaban sucediendo en el mundo, mientras yo irrumpía en un paritorio común, un 4 de junio, con fuerte llanto, hasta que segundos más tarde la matrona me acomodaba en el pecho de mi madre. Ha sido estos días, después de consultar los diarios e investigar en las invernales tardes extremeñas, al calor del tradicional brasero de picón y ambientado con los relatos conmovedores de mis abuelas, los detalles que aportaban mis tíos y la realidad que han plasmado mis padres, cuando se me ha despertado la curiosidad. Pues sí, aquí comienza mi historia.

Nací el martes 4 de junio de 1991, era un día primaveral a las puertas del verano y tormentoso en la otra parte del hemisferio. El diario El País confirmaba la muerte de una periodista británica, abatida meses antes por los soldados turcos en Irak, ahora yo estudio Periodismo para rendir tributo a esa periodista valiente. En cuanto a España, Felipe González, era el presidente del Gobierno, tenía que hacer frente a la información de que Filesa había pagado al menos dos meses de alquiler de la sede electoral del PSOE (Partido Socialista Obrero Español). Días antes, los diarios El Periódico y El Mundo habían publicado informaciones en portada que desvelaban cómo tres sociedades controladas por personas próximas al PSOE, los grupos empresariales Filesa, Malesa y Time Export, habían recibido importantes sumas de dinero de grandes bancos y empresas por tareas de asesoramiento que nunca se llegaron a realizar. Pasó a denominarse “Caso Filesa”. Finalmente, el Supremo sentenció que el PSOE se financió irregularmente.

Mientras Felipe González intentaba bregar con tan sonado revuelo, mi madre pasaba la madrugada del 3 al 4 en el hospital por dolores leves, pero sospechosos de parto inminente, tumbada en la cama y amarrada a un monitor que pareciera hacer de cinturón. En esa guisa, escucharía el nacer de tres criaturas antes que yo, además de todo lo que se cocía en la planta materno-infantil del hospital.

Pasó una noche aciaga, observando el habitáculo frío y diseñado con un mobiliario aterrador, con un miedo que la recorría cada parte de su cuerpo y pensando en hacer una posible escapada a la sala de espera con mi padre y mi abuela. A la mañana siguiente, día 4 de junio, mi madre no progresaba en el parto y decidieron ponerla una inyección, para provocarla el parto, a eso de las nueve de la mañana. Desde este momento, mi madre empezó a sentir unos dolores tremendos. Me cuentan que entre la una y las dos del mediodía mi madre pedía a gritos a la enfermera, que humeaba su cigarrillo reposado en los labios, una cesárea por el dolor tan intenso que sentía y el desangre que le estaba provocando el parto. Dolor y ríos de sangre corrían por la localidad de Namadguti-Poen, situada en la república de Tayikistán (cerca de la frontera con Afganistán), cuando un avión perteneciente a las fuerzas aéreas afganas arrojó cinco bombas causando la muerte a cuatro personas e hiriendo a varias más. La tensión se recrudecía en tierras bálticas, lo que dificultaba los esfuerzos del líder soviético Mijaíl Gorbachov para convencer a Occidente de que su país había entrado en una clara vía reformista después de varios meses de conflictos bélicos. El apoyo de Occidente sería determinante por el bien de la paz mundial.

Yo vine al mundo por la tarde, el parto fue rápido, se notaba que mi madre ya no podía más, el hartazgo de estar postrada en esa cama y de luchar contra el intenso dolor, quería salir ya de esa habitación fría y gris, las mismas ganas que tenía yo de salir del interior de su vientre, ya que llevaba varios días de retraso debido a que fue madre primeriza. Además de ser insultantemente joven, 17 años, en plena adolescencia con toda la vida por delante, con proyectos y sueños que vivir. Ese año, embarazada de mí, había cursado sus estudios de COU y pasaría por el examen de selectividad para comenzar sus estudios universitarios, los que completaría seis años más tarde. Solo puede describirse como un acto cargado de pundonor y coraje cuando tomó la decisión de seguir adelante y no renunciar al embarazo. Hoy día sería otra historia. Joven y principiante era también la tenista española Arantxa Sánchez Vicario, que a pesar de corta edad, veinte años, confirmaba su buen momento en Roland Garros, donde disputó su tercera semifinal consecutiva en un torneo de Grand Slam, después de derrotar en cuartos de final a la estadounidense Mary Joe Fernández.

El día antes con un clima primaveral, mi padre y mi madre en compañía de mis abuelas, se subieron al antiguo Peugeot de mi abuelo paterno, partieron a Cáceres con destino al hospital San Pedro de Alcántara, los dolores en esos momentos no eran reconocibles de parto, pero ante la duda deciden acudir al hospital; estos primeros momentos fueron sosegados. Llegó la hora, el reloj marcaba 15:45 en los instantes del parto, mi padre, que meses más tarde habría de irse a hacer el servicio militar, solo pensaba que iba a ser padre por primera vez, y su cuerpo y mente estaban en el interior de la habitación donde se forjaba mi nacimiento, ya que el médico de turno no le dejó entrar al parto, y eso que mis padres acudieron a todas las suplicaciones posibles, la tensión era notable, para que le autorizaran estar presente en el nacimiento de su hijo, un momento único y excepcional. La burda repuesta del médico fue: “Yo también estoy esperando a que me toque la lotería”. Aun así me confiesan que hubo intentos de colarse por parte de mi padre, y mi madre me confirma que la matrona lo corroboraba en el paritorio. Este mismo día el Papa Juan Pablo II, justificaba mi nacimiento, hacía unas afirmaciones arremetiendo contra los parlamentos europeos que pretendían legalizar el derecho al aborto. Estas declaraciones las hizo durante su cuarto día de estancia en Polonia que argumentaba como una visita pastoral. El pontífice en sus iracundas declaraciones comparó el aborto con los campos de concentración nazi, en los que en suelo polaco habían muerto seis millones de personas. En fin, ni esta noticia ni ninguna soslayaría mi protagonismo y la felicidad que estalló en toda la familia.

Mi nombre, Oliver, fue decidido en consenso por mis padres, tenían varias listas debido a que no supieron, hasta bien tarde, si iba a ser niño o niña. Acuerdos y consensos también albergaban las noticias en los periódicos de Nepal, donde se había instalado un gobierno democrático por primera vez en 32 años, tras la celebración de unas elecciones libres unas semanas antes.

Cuando mi madre ya me tenía en brazos y se recuperaba exhausta, el médico le dio la enhorabuena por el grandísimo esfuerzo que había hecho. En ese instante permitieron a mi padre y mis abuelas pasar a verme a la habitación. Al día siguiente, mi padre regaló a mi madre un ramo de rosas rojas y se prologaron las visitas de algunos de mis tíos y mis abuelos. La banda terrorista ETA ensombrecía este día por el asesinato en Madrid del teniente coronel del Ejército del Aire Enrique Aguilar Prieto, de 52 años, al hacer explosionar un artefacto explosivo colocado en los bajos de su coche. La explosión, que tuvo lugar frente al número 115 de la calle del General Romero Basart, en el barrio madrileño de Aluche, distrito en el que resido actualmente en Madrid, hirió también a cuatro adolescentes que esperaban en la parada del autobús.

La tristeza de la familia del coronel chocaba con la felicidad que se respiraba en mis familiares mientras me cogían en brazos. Fui un bebe de 4 kilos y 150 gramos que no era esperado por la juventud de mis padres 22 y 17 años. Pero me supieron sacar adelante, se enfrentaron al presente sabiendo que era su futuro más cercano, con la valentía de mi madre y la perseverancia y el buen hacer de mi padre que ha estado siempre al lado de mi madre. A pesar de los tiempos difíciles que se vivían, sobre todo en el núcleo familiar de mi padre, carente de estabilidad por el carácter autoritario de mi abuelo. No obstante, esta historia no tendría sentido sin mis abuelos que me han dado todos los cuidados, que me han permitido ser un niño feliz y que nunca me haya faltado nada en la vida, ellos asentaron esta historia por ese tesoro inexorable que es la experiencia. Mi nacimiento fue y será la verdad de los silenciosos recuerdos y la nostalgia de las palabras que dieron sentido a las ganas de vivir de mis padres.