PRELUDIO DE LA BUSQUEDA Y EL ENCUENTRO DE LA SOELDAD

Pude haber nacido en cualquier ciudad del mundo. En Bruselas, como Cortázar; o en Londres, con sus buses rojos de dos pisos y su fútbol; o en Buenos Aires, con su majestuosa biblioteca, hogar de la ceguera de Borges y del genio Arlt; o en Tel Aviv, con su tierra santa y sus muros blancos. Pero no. Nací aquí y no allá, en Bogotá, una ciudad que, como reza algún eslogan publicitario de algún lado, es insufrible pero insustituible. Menuda estupidez, la peor de todas en mi opinión, la humana.
Crecí bajo luces desteñidas, apagadas intermitentemente, color amarillo quemado. Sobre asfalto olor a lluvia y bajo cielo color ratón. Con las manos siempre en los bolsillos y canciones de Pink Floyd a todo volumen para ignorar la sinfonía del tráfico. Rodeado de cuentas sin pagar y preocupaciones vanas. En medio de peleas de todos contra todos por todo; en fin, en todo un paraíso, ¿no? Lo importante es que crecí, supongo, sea como sea lo logré. Camadas interminables de cachorros bípedos nacen día a día, cada vez más voraces, cada vez más malvados. Casi se podría decir que es un milagro llegar a los 45, casi se podría decir que es un milagro llegar a los 20.
Mentiría si dijera que tuve siempre un libro bajo el brazo, mentiría si dijera que ahora no lo tengo siempre. Una vez tomé el primero con cariño, me ha sido difícil soltar cualquiera que ha caído en mis manos. Es como la mamá una vez toma a su primer hijo. Mejor, es como la tía solterona que toma a sus sobrinos y no los suelta, porque los libros que sostengo rara vez son los míos, no los he concebido yo. Sin lugar a duda, los libros son la droga más dura que he probado, y la que más me gusta.
Acá, creo que sobra decir que en Bogotá, es raro ver a un muchacho con un libro bajo el brazo, es raro ver a alguien dejarlo todo por hojas amontonadas en un orden predestinado bajo un cartón endeble, como lo hice yo en mi momento, como lo hicieron todos mis amigos perdidos. ¡Ay amigos, ay libros, ay vida…que puta que eres! Se pierde solo lo que se quiere, o se quiere solo lo que se pierde, la verdad no importa, el hecho es que algo se pierde y algo se quiere. Yo perdí a mis amigos, o ellos me perdieron a mí. La soledad es un arma de doble filo, es cierto.
Después de crecer dando tumbos por la vida, con el futuro desenfocado y el pasado perdido, llegué a parar a un pequeño cuarto, en esta gran ciudad, en el bello centro; hogar de antaño del libertador; de Manuela, su femme fatale; de sus nalgas desnudas una noche de revuelta para que no lo fueran a matar; hogar de nobles recuerdos de los tiempos mejores, porque sí los hubo, y los disfruté mucho.
En este cuarto diminuto, con olor a humedad que se cuela por cada rincón, soy vecino del amor y el desengaño, del pasado que no fue, de la tristeza y la melancolía del desencuentro. Estoy a dos pasos del gran Monserrate, con su iglesia, a la que me obligaban a ir cuando era niño. Cuántas veces no subí con mi papá de la mano por esas empinadas escaleras de piedra, o correteando con mi hermano, sacando de quicio a cuanto ciudadano beato que subía de rodillas para expiar culpas. El circo humano, la tragicomedia de la vida cotidiana.
-¿Por qué sube de rodillas el señor?, solía preguntar mi hermano con la inocencia de un niño que aprende a vivir hasta ahora.
-Para pagar una promesa, respondía mi papá la mayoría de las veces.
-¿Entonces a papá Dios le gusta vernos sufrir?, respondía horrorizado mi hermano; y ahí se armaba la de troya, porque “con la religión no se mete nadie”, decía mi papá.
Recuerdo la angustia de escuchar el alto parlante que había en la cima anunciando tu nombre, y también la entereza casi irreal con la que apareciste; tú, de 5 o 6 años, perdido en un mundo tan grande, con gente tan mala. ¿Hermano, me prestas un poco de esa entereza hoy que la necesito tanto?
Sólo, tumbado en una silla incomoda, después años de buscarte, oh soledad, que no me dejas sentir del todo abandonado. Pero miento, no eres tú, soledad, ni tu compañía la que no me deja sentir abandonado; es la vista que tengo desde mi cuarto de 5 por 4, la vista de una ciudad majestuosa, poblada de un ejército de casi 7 millones de almas. No me siento abandonado por tu bruma, por tu frío glacial o tu calor tropical, porque tú, mi querida Bogotá, para caprichosa. Me cobija el recuerdo de mi familia, de mi madre, con sus tiernas arrugas por sonreír, por sonreírle a una vida sobre todo innoble, injusta; de su baja estatura; de sus chistes extraños e incomodos; de su tinto calientico en las noches frías de angustia; de su esfuerzo inconmensurable.
A ráfagas también recuerdo a la abuelita, la de nombre de flor, con su enorme sonrisa y su obstinada costumbre de cantar mal los villancicos de diciembre; de comprar empanas a escondidas y sobornarnos con dulces; de asomarse por la ventana del segundo piso a observar todo lo que pasaba en la calle. Cómo no querer a Bogotá, si fue la que me dio todo lo que más he querido. Que se vayan al diablo Bruselas, Londres, Buenos Aires y Tel Aviv, allá no nació mi abuela, allá no conocieron sus majestuosos gritos, allá no hubiera valido la pena vivir.
Hoy, que veo los últimos atardeceres de la tierra, sólo me queda recordar como terminé acá, en la innoble soledad. Todo pasó mientras leía a Bolaño. Era una tarde, cercana a noviembre, cuando el azar me llevo a comprar de segunda ‘Los detectives salvajes’. Con voracidad devoré las aventuras de los real visceralistas y su camino a través de la poesía en busca de Cesárea Tinajero. Esta misma voracidad me llevo a encontrar con la frase revelación de mi vida: “Estar solo fortalece. Santa verdad. Y consuelo de necios, pues aunque quisiera estar acompañado ésta es la hora en la que nadie se acerca ni a mi sombra”, la genialidad de esa frase y de la obra en general del chileno me impulso a ser escritor, pero fue el mini poema –porque es posible que un solo verso sea un poema completo- de su mejor amigo el que me mostró el camino:
“Si he de vivir, que sea sin timón y en el delirio” Mario Santiago.
Cualquiera que quiera vivir sin timón y en el delirio tiene que hacerlo solo. Siempre había tendido al aislamiento, pero me dejaba rescatar de vez en cuando, para no perderme del todo en este espiral. A partir de ese momento me empecé a perder. Buscar la soledad no es tan difícil, a fin de cuentas, en esta sociedad en la que vivimos hoy el que está solo es el que lo acepta, porque todos estamos solos, incomunicados y perdidos. Una vez se encuentra la soledad se empiezan a apreciar las cosas distintas, se siente la fortaleza de la que hablaba Bolaño. Pero la necedad ciega. La soledad solo es soledad con el contraste de la compañía. Sólo se sabe que se está solo cuando se puede escoger estar acompañado. Hoy yo no puedo, ya nadie se acerca ni a mi sombra. La soledad fortalece, es mi consuelo de necio, pero la compañía reconforta, esa sí es la santa verdad.
Pude haber muerto en Bruselas, donde nació Cortázar, o en París, donde murió. Pude haber muerto en cualquier lugar del mundo, pero no, muero aquí, en mi Bogotá bella, en un cuarto de 4 por 5, con una hermosa vista y un libro bajo el brazo. La soledad fortalece, vaya verdad, endurece el espíritu, pero un espíritu duro casi nunca queda en la memoria de la Historia.

Joan Manuel. Bogotá, Octubre 30 2015.

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