El insulto

Antes de que el influjo de este sueño se desvanezca entre estas cuatro paredes quisiera que tú y yo volviéramos a ser los amantes de gala que fuimos por las calles de algodón rojo; tus labios y tu vestido, lo mismo que las luces de la madrugada gélida de otoño, se empeñaron en condensar toda la sangre de los transeúntes incautos que se habían demorado demasiado en regresar a casa. Todavía recuerdo cómo la añeja solemnidad de los edificios se demolía, miserable, cada vez que el asfalto recibía tus pies descalzos.

Horas antes, los zapatos que ahora sostenías colgando de los índices rechinaban contra el mármol: si alguien más en la mesa podía oír aquel pulso desquiciado, ya nunca lo sabremos. La orquesta sonaba demasiado fuerte, al otro lado del salón, balbuceando con su impertinente avalancha de instrumentos de viento canciones vulgares de la chánson francesa. El nuevo patriarca, el hijo de puta que había heredado la fortuna suficiente para organizar aquel espectáculo, descendía por la escalinata entre vítores y rebuznos. Enjuto, compacto, con las tuberosas falanges entrelazadas en un gesto de autocomplacencia a la altura del estómago, se acercó hasta la mesa y nombró a algunos de los comensales hasta que acabó sudando. Quise detener entonces tu temblor de piernas, pero en cuanto así tu rodilla la apartaste de inmediato.

-Ni se te ocurra tocarme, después de lo que has dicho ahí abajo.

El pulso de tus tacones contra el pavimento se aceleró y también el mío: es curioso, porque aunque yo había malgastado el trayecto del ascensor torturándome por haberte insultado, ahora era incapaz de recordar qué te había ofendido tanto.

Esperábamos bajo la mirada del demonio del portón, que esgrimía sus fauces contra nosotros a una altura considerable, ignorando la majestuosa madera de dos siglos atrás y las manchas corrosivas del acero en su rostro. Yo, concentrado en el nácar de tus uñas inmaculadas turnándose para tocar el interfono electrónico, agarrado a los barrotes negros como un preso más de la calle. Fue entonces cuando se hizo el silencio. Solo puedo leer en tus facciones lo sublevadísima que estás: imagino que maldices, que te preguntas cuánto más van a tenernos esperando. Te giras y en cuanto lo haces, el comentario sale disparado de mi boca como un dardo envenado que te atraviesa la nuca y vierte un caudal viscoso y caliente en tu médula. El insulto.

Aunque no pueda volver a él textualmente, mientras el anfitrión anuncia los platos que se servirán durante la velada, siento de nuevo el sabor agrio y cementoso de su crueldad sobre la lengua. Algo tan personal, tan pérfido y depravado como para sentirse verdaderamente avergonzado de haberlo esgrimido a destiempo: una maldad agazapada entre mi jaula de huesos, alimentándose de sí misma, bullendo intermitentemente, esperando a ser concebida como un órgano nuevo. Escucho sus latidos durante toda la cena.

Es el sonido de tus zapatos contra el suelo. No importa que instantáneamente, antes incluso de que te dieras la vuelta –quizá porque no quería ver tu expresión desencajada, las pupilas temblorosas por los nervios y el rictus desencajado de la traición en tus labios- te rodease por la cintura estrechamente y con la frente abatida sobre tu hombro te susurrase lo siento.

Ojalá pudiese volver a medir con palabras qué fue exactamente lo que dije: pasé el resto de la noche calculando los daños, como un cirujano incapaz de encontrar el foco de la herida pero obligado a trabajar sobre la hemorragia descontrolada. En cuanto te zafaste de mi abrazo, el portón se abrió con un chirrido antinatural, como si aquel rostro deformado que presidía el enrejado hubiera estado esperando a ver el auténtico dolor entre nosotros. Si antes de llegar allí los dos sospechábamos que no te sentías lo suficientemente digna como para incluirte entre la audiencia de aquella ceremonia, que resbalabas en secreto por el precipicio de tus antiguos complejos, que íntimamente deseabas escapar hacia la niña que desempaquetabas en las ocasiones más trascendentales, el insulto terminó por precipitar tu huída a toda prisa.

¿Cómo había podido atacarte de ese modo, en un momento tan crucial? Observándote de soslayo entre plato y plato, dabas la impresión de ser aquella que había conocido en los albores de nuestra edad adulta, cuando te sentabas en la escalinata de la facultad abrazada a tus volúmenes interminables de literatura científica con las órbitas de los ojos perdidas en algún punto inconcreto: siempre tuve un símil para ti en mis poemas febriles universitarios, aunque nunca te dije que me parecías una paloma en la cornisa de mi habitación, desangrándose muy despacio. Humildemente callada, herida pero sin pedir el favor de nadie, ni esperar desde luego ninguna clase de compasión. Nada de compasión, por favor.

Cuanto más advertía esa mirada tuya, desorbitada y perdida entre los siete tenedores, las ensaladas y el brutal cauce de vinos espumosos, sutiles alusiones a sectas, grotescas fundas dentales, repasos someros a la literatura asiática y otras gilipolleces varias, más me sulfuraba que no reivindicaras tu exuberante inteligencia.

Solo nos salvó la mediocridad ajena y un revulsivo de ingenio administrado a tiempo, con sus dosis justas de fanfarronería, atrevimiento y desesperación, cada vez que uno de los estúpidos comensales se atrevía a dirigirme la palabra:

-El dolor es un autoconvencimiento freudiano, para las personas con dinero. No lo sienten de verdad. En realidad acuden a sus grupos de terapia y fingen tener problemas realmente complejos a los que no puedan tener acceso: ¿por qué si no iban a creer todos en el psicoanálisis, en el siglo XXI? Es preferible que todo esté en la infancia, lejos, confuso, atribuido a padres muertos o fenómenos sexuales. Se sueltan, liberan todas esas emociones reprimidas con cualquier cuento, y cuando vuelven a casa disfrutan como enanos de las mismas frivolidades de siempre, con el Carpe diem como excusa vital para seguir perdiendo el tiempo y ocupándose en cosas banales. Hoy en día el hedonismo necesita un montón de excusas. Nadie quiere ir por ahí con una toga con el rabo al aire, comer uvas o creer en más de un dios. Pero por un módico precio semanal, quincenal si no estás demasiado tarado, puedes poner las cosas en su sitio y disfrutar de tu posición sin demasiados remordimientos.

-Eso cree, ¿de verdad? –pregunta alguien al final de la mesa.

-Desde luego. Y para las personas con problemas clínicos serios, es un insulto.

Carcajadas generales, palmaditas en la espalda. En realidad lo que quería decir es que quisiera coger un hueso y aplastarle la cabeza al jefe-de-todo-esto al más puro estilo cavernícola. Pero el secreto de insultar a un hatajo de mentes adocenadas y pueriles hallándote ante ellas es hacerles partícipes: es un deporte de la élite, despersonalizar todos sus defectos y atribuírselos a otros, aún peores y más obtusos que ellos. Granjeado el afecto de algunos, otros sospechan, entrecierran los párpados, otean sibilinamente desde el otro flanco de la mesa.

¿Qué podemos hacer cariño? A decir verdad no creo que nadie a mi alrededor entienda lo que significa para mí tu imagen: para ellos tal vez sólo seas otro trofeo de su forma de ver el mundo. El paradigma funciona, captamos nuevos talentos. Celebrémoslo por todo lo alto. Que alguien haya decidido envejecer exactamente del mismo modo en que lo hiciste tú, es exactamente la definición del éxito. Yo debo haber perdido algo por el camino: soy medio ciego, prácticamente lobotomizado, incapaz de urdir según qué planes; sólo veo urgencia y blancura ascendiendo de tu cuello hasta tu nariz, inteligencia amoratada bajo tus párpados, esfuerzo en el flequillo desenvainado, cayendo sobre la frente: con los modales de un cisne y los colmillos de una fiera salvaje, bailo con tu figura cuando todavía nadie se ha atrevido a salir a la pista y me siento tan maldito como afortunado.

Me pregunto si sobreviviré a otra estación, como un animal encallado entre las púas de una zarza interminable: antes de perder la vida, quisiera conocer el país entero. Te lo susurro al oído. Seguro que entiendes lo que quiero decir. Bailamos a solas y quizá todos nos miran, pero no vamos a detenernos a comprobarlo. Te calmas, y tu andar de pantera recorre la noche helada reiterando en silencio la suavidad de cada uno de tus movimientos musicalizados: tu sonrisa ambidextra y pestañeo esquivo diagnostican por qué nos hemos ganado una merecida retirada.

El demonio del portón parece vaticinar el sexo furioso que nos espera en cuanto lleguemos a casa. Nos sonríe unos instantes, mucho más amable, mientras tú te quitas los zapatos. Entonces lo recuerdo: como un destello súbito, el insulto se me aparece en la memoria, contagiándolo todo de su miseria: la calle vacía, mis provocaciones, tu vestido azotado por el viento… y quisiera echar a correr y volver dentro.

Me detengo y te ríes a carcajadas, pregúntame qué pasa, mientras yo observo el enrejado interminable en la distancia: nos hemos quedado fuera, a merced del desprecio, a merced del sufrimiento, de la belleza insoportable, de la fuga del tiempo, de la muerte, del país espinoso que nunca llegaré a abarcar del todo. Expuestos a todo lo auténtico. Esta vez soy yo el que desempolva a su viejo niño asustado.

-Quisiera volver dentro –me oigo decir en voz alta- Y bailar como un loco, perder el control, bailar hasta perder el conocimiento.

Me coges de la mano y de puntillas, me besas el mentón.

-No te preocupes. Tenemos un plan mejor.

Y de la mano, me llevas hasta el final de la calle, cada vez más lejos, cada vez menos a salvo. Y de nuevo, me siento tan maldito como afortunado.

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