Así se siente el emprendimiento

Ollin
Ollin
Sep 5, 2018 · 3 min read

Tengo que confesar que me emociona iniciar una columna sobre emprendimiento. Me he convertido en “experta” en el tema, pero no por mis éxitos, sino todo lo contrario: soy una de esas emprendedoras que ha sumado fracasos a diestra y siniestra. Pero no se decepcionen, queridos lectores: si algo tienen de cierto todos los librajos aburridos y cursis de superación personal es que no hay mejores lecciones que las que provienen de las caídas. De hecho, el aprendizaje que traen consigo los fracasos resulta tan revelador, que ya existe un movimiento que hizo crecer un negocio a partir de él. Se llama Fuck Up Nights y –adivinaron– consiste en compartir las historias de fracaso profesional con otros.

En esta columna ustedes obtendrán mis Fuck Up Stories de manera totalmente gratuita. Historias de fracaso tengo de sobra. Ganas de confesarlas, también. Y no me avergüenzo: he fracasado porque me he atrevido. Este espacio será una catarsis que me ayudará a desahogarme de todas esas linduras que acompañan al emprendimiento: la enorme frustración que provoca intentar tener un negocio en México, las trabas inimaginables que te ponen las autoridades, el terror a perderlo todo, la pesadilla de lidiar con algunos clientes y empleados y un largo, larguísimo etcétera. Prometo incluir todo el drama y la tragicomedia que vienen con el paquete. En síntesis, no se van a aburrir.

Para que conozcan un poco de mí, hoy les contaré cómo se siente el emprendimiento en la entraña. No vayan a pensar que yo era de esas niñas que sacaba su mesita con vasos de limonada para venderle a los transeúntes. Tampoco crean que vengo de familia de empresarios o comerciantes. Mi cercanía con el mundo de los negocios era nula. Mi vínculo con el dinero siempre fue enfermizo: siendo adolescente durante la crisis del 94, me acostumbré al “no hay” y “no se puede”. Tampoco tenía grandes ambiciones materiales porque para mala suerte de mi papá, que siempre soñó que yo fuera ingeniera en sistemas o algo así, le salí poeta. Gulp. Todo indicaba que no money for me. Y eso estaba bien porque siempre fui muy hippie y muy creyente de que todo lo que necesitaba en la vida lo podía encontrar en un libro. Entonces, recapitulando: salí poeta, hippie, medio artista, introvertida y antiyanqui, ¿cómo demonios descubrí que me apasionaba el emprendimiento?

A distancia puedo ver que mi idea de emprendimiento y negocios estaba llena de prejuicios. Pensaba que para ser emprendedor tenías que ser hijo de alguien pudiente y, aunque obviamente estar en esa posición puede mejorar tus posibilidades de manera infinita, llevar a cabo un proyecto no necesariamente está vinculado con ese privilegio. Para muestra los miles de emprendedores que han buscado oportunidades sin descanso y que han logrado establecerlos contra viento y marea… y sin un quinto.

También descubrí que el emprendimiento tampoco es sinónimo de querer hacerse millonario. El dinero juega un papel importante, pero no es el motor. Además, es posible tener mucho dinero de distintas formas y emprender es sólo una de ellas (y como sucede en mi caso, a veces nunca lo consigues).

El emprendimiento es más bien como una cosquilla. Una sensación que no se apaga jamás y que te dice, mientras te ahogas en la rutina de las oficinas, que hay más, mucho más para ti allá fuera. Es una necesidad imperiosa de hacer algo que deje huella. Es un deseo intensísimo de poner tus entrañas e impregnar un sello único en un proyecto. Emprender es una pasión que da sentido. Por eso el emprendedor no puede abandonar la idea de construir un proyecto propio: si renuncia se ve obligado a depositar toda esa pasión en el sueño de alguien más. El emprendimiento es un apetito sin límites. Es obsesivo, terco y no muere jamás. Está vacunado contra el fracaso, el SAT, las sanguijuelas que te dan o quitan los permisos o las voces que dicen que no podrás.

Si ustedes sienten lo mismo, no hay duda de que hay un emprendedor escondido en su interior. El temor al fracaso y/o el ridículo es su peor enemigo. Por eso esta columna les hace esta cordial invitación: combatamos a ese cobarde a punta de risas y confesiones.

Esta columna se publicó primero en el sitio negocios-inteligentes.mx en marzo de 2018.

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