La raíz ausente

Encefalopatía hepática. Ese nombre le pusieron al estado con el que dejé de reconocerte para siempre. Fue como si hubieras partido al mundo de los muertos pero también como si estuvieras anclado a la cama del hospital. Después parecía que habías mejorado, pero no, sólo hiciste un último esfuerzo –con tu enorme poder de toro salvaje– para despedirte de tu hogar.

21 de febrero. Tenías una camiseta azul marino. Mirabas a la ventana con insistencia. Respirabas con dificultad. Qué duro fue verte hacer un esfuerzo sobrehumano para decir una palabra que nunca salió de tu boca. Tú, que fuiste el más fuerte de los fuertes, el invencible, la hierba mala, el inmortal. De la ventana emergían rayos de luz en diagonal hacia tu rostro. Tú mirabas hacia afuera una y otra vez. Los pájaros cantaban. Vi tus ojos llorosos. Te pregunté si estabas triste. Asentiste. “Te amo”, te dije. Y lo dije con mi ser en llamas, con el corazón a punto de reventar. Te abracé. Sentí tus huesos entre mis brazos. Te besé tu frente de genio, tu frente del cabrón más inteligente del mundo. Otra vez miraste a la ventana. Casi no podías respirar.

22 de febrero. 5 am. Partiste. Ante la noticia, cerré los ojos fuerte. Pensé: ojalá hubiéramos tenido otra oportunidad. Un chance de regresarnos al pasado, aniquilar la violencia, que tú fueras mi héroe, que yo pudiera darte un montón de besos. ¿Cómo habrían sido nuestras vidas en la sobriedad, en la sanidad, en la cordura? Mi sueño de infancia se esfumó. Ojalá hubiéramos tenido otra oportunidad. Ojalá la vida se pudiera vivir muchas veces. Ojalá el pasado, el infierno, se pudiera transformar.

El 22 de febrero vi tu cuerpo inmóvil. Cortaron de tajo una de mis raíces para siempre. La ausencia se siente casi de inmediato. Le agradecí a la vida el alivio de no verte sufrir más. No hubo sepelio ni velatorio ni nada de eso. Estuvimos tus tres hijos sentados en una banca afuera del crematorio. Los rayos del sol nos pegaban en la cara en esa tarde silenciosa y sentíamos tanto y no sabíamos qué hacer más que abrazarnos.

Ya pasaron algunos meses. Yo recuerdo casi diario ese día en el que te vi por última vez con vida. Siento que algo me falta, siento tu ausencia. Y hoy, todos los días, sigo pensando: ojalá hubiéramos tenido otra oportunidad.

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