La literatura molesta

Argentina tiene la marca histórica de vivir bajo antagonismos sociopolíticos, incentivados y promovidos por presidentes, caudillos o líderes, que han generado terribles divisiones en la sociedad y llevaron a enfrentamientos civiles casi irreconciliables, con daños ya irreparables para muchos. Los personalismos son tan anacrónicos como insólitos. Peleas disfrazadas de debates, chicanas como fundamentos, golpes bajos a la dignidad, demagogia e hipocresía han convertido al intercambio de ideas en un show que es tan autorreferencial que gira en torno a discusiones sobre peleas sobre disusiones

Esa particularidad violenta y celosa de la historia explica el origen y la, lamentablemente muy común, no publicación de obras literarias, descriptivas o de denuncia, que fueron censuradas no sólo durante dictaduras, sino también durante gobiernos en apariencia democráticos pero que rozaron lo totalitario, y que, por ser contrarias a las ideas reinantes, significaban una gran amenaza a los propios autores.

La historia cíclica del país arroja 22 años de dictadura y la estadística dice que, desde la Ley Sáenz Peña a la fecha, uno de cada siete años fue bajo gobiernos de facto. Esos números hacen increíbles los casi 33 años consecutivos de democracia.

Para el país no caben dudas de la importancia de la literatura, como fundamento de su historia, como testimonio del tan cambiante ser nacional y como reflejo de cada época.

Por eso, es necesario destacar, una vez más, la labor — muchas veces menospreciada — del escritor, su rol social y su responsabilidad, porque aun en tiempos difíciles — diría Rodolfo Walsh — llega a arriesgar su vida para dejar registro de lo que se vive en su actualidad.

Cuando la literatura se burló de la censura

Hoy, en tiempos en que la que la sociedad está dividida, se encuentran algunas similitudes –leves y no tan perceptibles — con otros momentos de la historia argentina en que la pasión superaba a la razón y la violencia a las ideas. Estas coincidencias –una vez más, no tan notables ni furiosas-, se pueden comprobar no sólo en manuales de historia, sino también en obras literarias memorables. Hay una frase del periodista y escritor Jorge Asís, que refiere a la importancia de la literatura, describiéndola como “la caja negra de la Argentina” y propone, así, encontrar en obras los problemas históricos del país.

El origen del séptimo arte en Argentina se halla en tiempos de Revolución de Mayo, aunque esto sucedía en las clases más altas, con posibilidades de acceder a la educación. Un ejemplo de ello es Esteban Echeverría, perteneciente a la denominada Generación del ’37, conformada por un grupo de jóvenes intelectuales que importaban ideas europeas y tenían su propio espacio de debate, como el “Salón literario”.

Civilización y barbarie

El caos sociopolítico de la época requería de grandes líderes que pudieran establecer orden y disciplina, sobre todo en una etapa en la que la formación del país no estaba del todo encaminada. Ante ello la figura de un caudillo como Juan Manuel de Rosas, gobernador de Buenos Aires pero con autoridad similar a la de un presidente, generaba extrema división: el poseía el poder real y simbólico para mantener la paz.

Semejante atributo casi nunca es bien utilizado y coquetea con el autoritarismo: el ya existente enfrentamiento entre unitarios y federales, entre quienes querían la centralización en Buenos Aires y quienes no, se alimentó de odio y terminó en un salvajismo propio de una ficción. Y Echeverría, unitario por elección o decantación –Rosas cerró ese “salón literario” en el que se juntaban intelectuales contrarios a su gobierno– lo reflejó su obra “El matadero”. En ella se empieza a tener en cuenta la antinomia civilización-barbarie y, cargada de simbolismos, da lineamientos para entender la situación en la que se vivía, producto de que El Restaurador se hubiera perpetuado tanto tiempo en el poder — 23 años -.

El salvajismo en los federales se ve representado a partir de una inundación en Buenos Aires que afecta al consumo de carne –lo que también se ve apaciguado desde la Iglesia–, que les genera locura y alimenta su descontrol. Echeverría, en su cuento, muestra indignación frente al abuso de poder y desprecio hacia los seguidores de Rosas, a quienes muestra casi como caníbales y despiadados –sobre todo con el unitario que osa hacerles frente ante el reproche de no llevar la identificación federal-. La obra, aunque fue escrita entre 1838 y 1940, recién fue publicada en 1871, en otro contexto y sin el autoritario Rosas para censurarlo o mandarlo a matar.

Continuando con el paradigma antagónico, otro autor, también perteneciente a la generación del ’37, que plasmó sus ideas en la literatura y que eran contrarias al régimen rosista, fue Sarmiento. En el caso del que años más tarde sería presidente, una vez consolidada la dictadura del Brigadier, en 1835, optó por el exilio a Chile. Allí escribió otro clásico argentino, que fue “Facundo, civilización y barbarie”.

Esta obra –de la que se desprende un gran nivel de sabiduría y vocabulario-, el autor la divide en tres grandes y representativas partes: en la primera hace una descripción geográfica y demográfica de la Argentina, dejando en claro el contexto en el que se desarrolla la acción que va a contar, mediante la cual justifica la existencia de los bárbaros y campesinos. Luego cuenta la vida de su protagonista, el caudillo Facundo Quiroga. Fue asesinado en una emboscada en la ciudad cordobesa de Barranca Yaco, en su viaje de regreso luego de una misión encomendada por Rosas –lo transforma en posible autor intelectual del crimen-, en medio de una merma de popularidad de “El Tigre de los llanos” y como posible estrategia de desacreditación a los unitarios –a quienes se les atribuyó la muerte-. Por supuesto, Sarmiento, al igual que Echeverría, hace una crítica a Rosas, a quien ve como contrario al progreso y desarrollo del país, y como protector de los bárbaros. A diferencia de “El matadero”, “Facundo” se publicó ni bien fue escrita, durante el gobierno del Restaurador, pero en Chile.

La fuerza del Peronismo

La antinomia civilización–barbarie tuvo un gran peso y llegó ser central en el debate por el ser nacional. Sin embargo, con el paso de los años y los caudillos políticos, el concepto antagónico fue mutando, pero conservando su esencia. En el siglo XX en Argentina, con el surgimiento de Perón como gran movilizador de masas, ayudado por la figura de su esposa, Eva, la división pasó a ser, precisamente, entre peronistas y antiperonistas; viéndose representadas las clases bajas en el General.

El 17 de octubre de 1945 es la fecha simbólica elegida como el origen del peronismo. Ese día miles de personas de clase baja fueron a Plaza de Mayo a apoyar y pedir por la restitución de Juan Domingo Perón. Las ideas de éste, de darle protagonismo y beneficios a los “desposeídos”, habilitan una comparación con Rosas, protector de los considerados bárbaros; pero también por ser poseedor de un poder cuyo abuso rozaría lo totalitario, persiguiendo o censurando disidentes.

Bioy Casares y Jorge Luis Borges retrataron en “La fiesta del Monstruo” -sobreentendiéndose la caracterización de Perón- la movilización del famoso 17 de octubre. En esta obra se encuentra una gran similitud con “El matadero” por reflejar la impunidad de la adscripción partidista, tanto en su barbarismo como en sus delitos –en ambas historias se asesina, casi justificado, a un contrario-. Otra coincidencia, sobre recursos literarios, es que los autores le dan voz al enemigo y hasta llegan a ser protagonistas, poniéndose los escritores en la piel de quien desprecian.

Pero si hay algo más que tienen en común, es que la representación fiel de la época sobre la que escriben, les costó la publicación póstuma de su obra: fue escrita en 1947, mientras Perón gobernaba; fue conocida a través de una revista en 1955, una vez derrocado el peronismo; y recién en 1977, en medio de la dictadura militar, pero bajo un seudónimo –Bustos Domecq-, empezó a circular en libro.

En la década de 1970, el fenómeno sociopolítico llamado peronismo sufrió cambios impredecibles: se encontró con un líder débil físicamente que terminó en su tercer mandato casi por inercia pero que los problemas con sus seguidores agudizaron el enfrentamiento que ya había provocado desde los inicios de su vida política. Esta vez, entre propios fanáticos de izquierda y de derecha.

La última dictadura militar

La tensión entre estos fundamentalistas de las ideas derivó en la etapa más sangrienta de los últimos tiempos, fomentando una dictadura militar, incentivada también por civiles, que se llevaría gran parte de una generación de fantásticos escritores. Otros desaparecieron, pero no para siempre: el exilio era la alternativa hasta que el gobierno de facto viera su propio ocaso.

Osvaldo Soriano es uno de ellos, que en 1976 se trasladó a Bélgica, en donde publicó “No habrá más penas ni olvido”, título inspirado en el tango de Gardel “Mi Buenos Aires querido”. En esta novela, el también periodista, plasma lo paradójico del antagonismo con el mismo líder como eje, que llevó a tener como principio de vida el lema, literal, “Perón o muerte”. Del libro se desprenden todos los protagonistas de la época, representados en un pequeño pueblo inventado llamado Colonia Vela: desde los “gorilas” hasta la juventud comunista, pasando por los peronistas de izquierda, los oportunistas, y los indiferentes que se consideraban afines al General aunque admitían no interesarse en la política.

Aunque se cree que la escribió durante su exilio, la obra se conoció recién en 1978 en el extranjero porque en el país, en 1974, en medio del clima de delicada tensión, nadie quiso (o se animó a) publicarla. Terminada la dictadura militar, en 1983, comenzó a circular en Argentina.

Uno de los tantos grandes errores que cometieron los militares fue el desesperado manotazo de ahogado que provocó la guerra de Malvinas. La creencia en una factible victoria y recuperación de las Islas como estrategia de salvación de popularidad costó la muerte de muchísimos jóvenes, arrastrados a un destino obvio.

Entre los escritores que pudieron –o quisieron– quedarse en el país, se encuentra Rodolfo Fogwill, autor de la novela “Los pichiciegos”, que cuenta la historia de soldados desertores que se refugian en una cueva, denominada “la pichicera”. El pichi es un insecto que vive debajo de la tierra y, según uno de los personajes, “es más rico que vizcacha”.

Se presenta una descripción del lugar, en el que llegan a formar una comunidad, pero fundamentalmente una crítica a los soberbios militares. También, posiblemente, es un llamado de atención a la sociedad argentina, entendiendo que sólo una pequeña minoría, representada en ese grupo de soldados, se manifestó en contra de la guerra. La novela fue escrita en junio de 1982, aunque fue publicada en 1983.

Pero si de obras de denuncia se trata, el más emblemático es el caso de Rodolfo Walsh, también periodista que decidió quedarse para hacer frente al último gobierno de facto. Tanto su militancia como que su hija y amigos fueron desaparecidos, le aportó un significado especial a su lucha contra “El Proceso de reorganización Nacional”.

A un año del Golpe de Estado, Walsh decidió escribir una Carta Abierta a la Junta Militar. En ella comienza enumerando las razones que lo incentivaron a hacerla y luego, entre subjetividades y objetividades, da cuenta que, a veces, es necesario que las personas pasen de ser palabras a números; y ahí es cuando detalla, con cifras y estadísticas, las calamidades de la política de gobierno que tenían.

Walsh fue secuestrado y desaparecido al día siguiente de enviar la Carta a los medios, quienes no se hicieron eco de ella. Sin embargo, por alguna razón, aunque no fue publicada inmediatamente, sí pudo burlar la censura y hoy es una de las cartas abiertas más emblemáticas. Esta historia y las anteriores se conocen gracias al principio innegociable con el que se despide Rodolfo Walsh: “Fiel al compromiso de dar testimonio en tiempos difíciles” y que permite que en la literatura se encuentren las fallas de la historia argentina.

Este texto surge de la sensación de que en la actualidad no se le da la suficiente importancia ni a la literatura ni a los escritores, pero también a propósito de cumplirse 40 años del último golpe de Estado.

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