Žižek en Granada

Esta mañana, Žižek, que está en Granada en un curso organizado por el centro Mediterráneo, al ver las dos primeras filas de asientos reservados vacías (con el papel puesto), ha dicho que esto le recordaba a la nomenklatura soviética (a tenor de sus referencias constantes, se diría que todavía cree vivir en la Guerra Fría, aparte de estar obsesionado con Stalin): que las autoridades nunca asisten a los actos, que era absurdo que esos asientos estuvieran vacíos, y ha instado a que sean ocupados por el público. Se equivocaba, como suele sucederle a quien pone la teoría por delante de la realidad, que es caprichosa e imprevisible: la nomenklatura profesoral, para quien era la reserva, estaba en las últimas filas: nos habíamos juntado allí instintivamente, sin saber que nos habían reservado las primeras, para dejar los asientos de delante a los matriculados en el curso. Cuando Žižek lo indicó, nos adelantamos y ocupamos por completo las dos filas reservadas. Algunos siguieron sentados atrás.

(Por lo demás, Žižek es un orador magnífico y apasionado, brillante y divertido al que merece la pena escuchar. Maneja como nadie la captatio benevolentiae, la digresión; se ríe de sus tics inverosímiles — quien no lo haya visto en persona no puede hacerse una idea — antes de que lo haga su auditorio. Se aprende mucho, se adquieren multitud de referencias cinematográficas y librescas, curiosidades y anécdotas para reuniones sociales; y da que pensar, claro: a veces, en su contra. Y, como dijo Ricoeur de los hermeneutas de la sospecha — y Žižek lo es —, verdaderamente nos lleva a plantearnos si no seremos esclavos allá donde nos creíamos libres. Mañana, más.)

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