Control Freaks

(Basado en una conversación casual con Grego y Néstor).

10 de Febrero del 2019. Los coches autodirigidos son la norma. Los Google Cars y los automóviles Tesla recorren sin prisa las carreteras sin humanos al volante, conectados a una consciencia colectiva, a una consciencia de dónde están todos los demás coches en todo momento. Respetan impecablemente sus respectivos espacios personales o espacios objetuales. Respetan todas las normas de tráfico con las que han sido programados. Los accidentes son imposibles, cosa del pasado. La conducción es un recuerdo como los teléfonos con botones, una práctica extinta como los esparteros que elaboraban concienzudamente canastos en sus talleres y garajes.

Los seres humanos pueden repantigarse en el asiento y dedicar el tiempo del trayecto a leer artículos de sus blogs favoritos en sus tablets, leer las noticias, dar el repaso matutino a las redes sociales o hacer la obligada videoconferencia con la familia o la pareja. La sociedad ya ha asimilado que ahora los trayectos son más lentos y por lo tanto más largos. Ningún coche tiene prisa ni se le permite tenerla. Ya no existen los adelantamientos bruscos y apurados, ni la conducción colérica.

Todos los coches fluyen por la ciudad como un manso banco de peces, como un rebaño bien pastoreado, en el silencio de sus motores eléctricos.

En este mundo, personas como Takeuchi, “conductores”, son los nuevos rebeldes. Nos recibe con la cara cubierta por una bandana, para proteger su identidad ante las cámaras, y ataviado con ropas anchas y negras cubiertas de grotescos parches de lo que nos explica que son bandas trve kvlt, con nombres como “Mayhem”, “Bathory” o “Darktrhone”. Nos guía hasta su Tesla tuneado y hackeado, mostrándonoslo entre el orgullo y la cautela de lo ilegal.

-Mi nena puede alcanzar los 150 kilómetros hora -nos cuenta en un garaje cuya localización no podemos revelar-. Hoy en día ya no encuentras eso. También le he puesto un volante que he comprado en Internet. Hay todo un mercado de antigüedades. Es legal venderlas pero no usarlas, como ciertas drogas, no sé si me entiendes.

¿Es la recuperada sensación de control y la velocidad la nueva droga de gente como Takeuchi?

-El volante es esencial. Es la base de nuestra filosofía. Tenemos que recuperar el control. La sensación de conducir. Eso, y el puto acelerador.

El nuevo vintage es el sentir las manos sobre el volante, sentir el control sobre la máquina, sobre la bestia en ese motor que ruge, es pisar el acelerador a fondo.

-La gente ya no sabe lo que es la auténtica velocidad. Sus cuerpos llevan años sin sentirla. Hace poco subí a una payica a mi máquina para darle una vuelta hasta los centros comerciales, para camelármela, ya tu sabes, y tuvo que bajar la ventanilla para vomitar -nos señala vagamente unos sospechosos restos de salpicaduras en lo que en otro tiempo era conocido como “puerta del copiloto”. Por lo visto no vio necesario parar para que su acompañante se aliviara-. ¡Y no iba tan rápido! Conozco tíos que se han llegado a poner a 200.

Cuando le preguntamos por esas carreras a 200, esos rumoreados circuitos de carreras underground, Takeuchi evita el tema elegantemente y llama nuestra atención sobre la decoración del interior de su amante máquina, otro campo indispensable del tuneado.

El tapizado de los asientos es todo de Friends. Esos son los personajes de Friends, la serie de la tele. Están todos: Rachel, Ross, Chaendler Bing… ¡Bing! -por un momento se permite bromear con la sonoridad del apellido de este carismático personaje televisivo de la era pre-Netflix, quizá lanzando alguna referencia cultural que se nos escapa- Están todos, hasta el tío ese que hacía los cafés en el Central Perk. Me chiflaba esta mierda de pequeño.

Cuando le preguntamos por sus supuestos compañeros de banda, los Control Freaks, se muestra de nuevo cauto limitándose a declarar: “Somos to buena gente, en verdad. No somos unos delincuentes ni nada como decía aquel artículo de la Vice. Sólo nos gusta sentir la velocidad y conducir libremente a donde queramos, no a donde nos diga Google o un puto satélite. Queremos ir a pasarlo bien, a beber y a comer a la playa, o a una fiesta de las que organizan los ecuatorianos en un solar los fines de semana. Lo que pasa es que nos defendemos entre nosotros, y si te metes con uno, te metes con todos. Somos como hermanos. Eso sí. Este es un mundo muy jodido y hay que apoyarse unos a otros. Hay mucho loco”.

Por un momento parece decidir que quizá ha dicho más de lo que es cauto y vuelve al arte del tuneo. Nos muestra su mayor orgullo: el hackeo del “cerebro”.

-Es también imprescindible. Cualquiera puede aprender a hacerlo viendo tutoriales de YouTube, en verdad, pero hay que tener ganas y dedicarle tiempo y paciencia. Tiene que ser tu pasión. La cosa es romper las reglas que le han implantado al coche para poder saltártelas cuando quieras. Es como un interruptor de encendido y apagado. Normalmente viajamos tranquilamente como todo el mundo y si se acerca un policía sólo ve un coche sospechoso más llamativo de lo normal. Pero a primera vista no tienen ninguna pista. Pero cuando llega el fin de semana… ¡Nos convertimos en bestias!

Takeuchi ríe con genuina inocencia y entusiasmo.

Los Control Freaks a los que Takeuchi no quiere referirse más que como buena gente con ansia de libertad han aparecido varias veces en los medios en los últimos meses con no muy buenas referencias. La policía motorizada autónoma requisó sólo el mes pasado una docena de armas blancas o de elaboración casera entre los que se encontraban cadenas con bolas de acero en sus extremos, porras con clavos incrustados e incluso artilugios para sembrar las carreteras y reventar neumáticos.

¿Son estas armas utilizadas en los rumoreados enfrentamientos y competiciones nocturnas a través de la megalópolis contra bandas rivales como los Trap Riders? ¿Carreras hiperveloces que escalan hasta auténticas reyertas y competiciones territoriales?

A diferencia de los atuendos negros y parches black metaleros de los Control Freaks, podrán reconocer a los Trap Riders por sus tatuajes faciales carcelarios (a pesar de que probablemente ninguno de sus imberbes miembros haya pisado jamás una institución penitenciaria), sus chandals y gorras con imitaciones de diseños de artistas urbanos consagrados como Obey Giant, y por su obsesión por trucar sus vehículos “liberados” con equipos de sonido ocultos donde “blastear” al mayor volumen posible temas de artistas de culto como Waka Flocka Flame, Souljaboy o PXXR GVNG. En las noches cosmopolitas no es inusual escuchar el estruendo de un motor de gasolina de la era pre-robótica recorriendo las carreteras a una velocidad totalmente criminal, seguido de la onda expansiva de los bajos de “Beamer Benz or Bentley”.

Control Freaks, Trap Riders y muchas otras bandas, surgidas en torno a esta subcultura de la velocidad y la libertad de tránsito como rebeldía, surcan nuestras calles buscando problemas en coches de colores y diseños estrambóticos, con tubos de escape trucados, motores de combustión ocultos, CPUs hackeadas y la capacidad de, en cualquier momento, pulsar un botón y ponernos a todos en peligro saltándose totalmente las leyes establecidas por el caballero Asimov.

-Sí, la gente habla mal de los “conductores” y los “autónomos”. Nos tienen miedo -reflexiona medio ausente Takeuchi, de raíces murciano-japonesas, mientras acaricia de un modo casi fetichista la pintura negra mate de su máquina-. Pero, ¿sabes lo que da realmente miedo? Los demás coches, millones de máquinas, van por el mundo conectados a una enorme red neural, dialogando continuamente entre ellos, intercambiando información en silencio, conectados al conocimiento total de San Google. El conocimiento acumulado durante toda la historia de la humanidad. A saber qué hablarán entre ellos. Qué estarán tramando. Eso es lo que me da miedo a mí.