
Doña Fuensanta y los monos
“Bueno, pienso en el ascensor, preparándome, y ahora a enfrentarme a la Señora Fuensanta”.
Fuensanta es la abuela de mi primo. Mis tíos la están acogiendo en su casa unos días. Está sorda como una tapia. Sorda profunda, pero no de nacimiento. Sorda a la vejez.
Es frustrante hablar con una persona que no oye ni entiende nada de lo que dices. No hay bidireccionalidad. Feedback. Si fuese sorda de nacimiento podría hablar lengua de signos con ella. Yo sé lengua de signos. Hablarla y traducirla fue mi trabajo durante unos años.
Pero no. Esta mujer está sorda porque ya es muy vieja y nada de lo que yo le diga importa. Además, nunca la he entendido. Nunca me he llevado con ella, ni bien ni mal. Es una de esas personas planas. Te hace preguntarte qué vio en ella el abuelo de mi primo para decidir formar una familia con ella. Lo único que tiene de destacable son esos pendientes de lapislázuli gordos y redondos, tan de vieja.
Entro en casa de mis tíos y saludo a todo el mundo. Dos besos a Fuensanta, sentada en un rincón del sofá, como todas las abuelas al final de sus días.
-¿Qué tal estás, bien? ¿Sí? ¿Tú también estás bien? Me alegro, muy bien.
Da las cosas por respondidas.
No puedo relacionarme con la gente si hay una tele encendida cerca. Las imágenes en movimiento, y no digamos los sonidos, me absorben. Cuando voy a los bares con amigos, si hay una tele en lo alto, tengo que sentarme de espaldas a ella si quiero relacionarme como una persona normal.
Mis tíos tienen puesta su tele gigante de plasma ultraplana. Las noticias. Y me pierdo. Me anulo mientras mi tía me habla.
Están hablando de una organización que rescata simios que han sido maltratados. Este mono titi pasó tanto tiempo dentro de una jaula en la que apenas cabía, encorvado, que se le fusionaron varias vértebras. Este orangután fue maltratado y padece el síndrome de la mano ajena, relacionado con el Alzheimer. A esta chimpancé la usaban para publicidad y espectáculos. Cuando los rescatamos, explica una colaboradora de la organización, parecían prácticamente albinos de tan poco sol que habían recibido.
Y Fuensanta estalla en su sordera y su ignorancia:
-¡Hay que ver qué feos son los monos! ¿Eh? Son feos, feos. Y algunos es que tienen cara de monos, hay que ver. No se puede negar. Tienen cara de monos totalmente. Mira ese, parece un niño, con el pelito corto y las orejas…
Sí, señora. Esos monos han sufrido horriblemente. Pero son muy feos. Es tan flagrante que apenas lo puedo soportar.