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Yo soy el bufón infinito

Yo soy el bufón infinito
Yo soy el bufón infinito. Te entretuve a ti. Entretuve a tu padre y entretuve al padre de tu padre. Te entretendré a ti hasta el día de tu muerte y así a tu sucesor. Seguiré entreteniendo y haciendo reír y burlándome de la realidad, de aquellos defectos y secretos de los que nadie osa burlarse, lo haré más allá del día de tu muerte y seguiré haciéndolo mucho tiempo después de que se haya desvanecido este reino.
Yo soy el bufón infinito. Me he atravesado de lado a lado el cuerpo con espadas al rojo mientras reía a carcajadas y hacía cabriolas en el aire sin un sólo desliz, mientras la audiencia real no sabía qué decir o si reír siquiera.
He comido pasteles de mierda y he contado las bromas soeces sobre los escarceos de la reina, tu esposa, con aquel que llaman Amadeus El Sarnoso, en el barrio de los traperos.
He tragado fuego y escupido fuego por los ojos, y sé que os preguntasteis, la audiencia cortesana, digo, cómo hice semejante acrobacia. He hecho cosquillas con unas uñas que me crecían como los tallos de las lentejas en una sola estación, a ojos vista del labrador, y contaba que con ellas hacía cosquillas a Dios, que el mismo Dios reía.
Todo por haceros reír y por decir las verdades. Las verdades del bufón. Las verdades del bufón infinito. Las verdades de la corte que nadie más se atreve a pronunciar, sólo yo, y como forma de chanzas.
Soy el bufón infinito y bufonearé y bufonearé.
Yo desposé a la Emperatriz de los cerdos. Para otros no era nada más -y nada menos- que la dueña de los criaderos de cerdos más importantes de la región, pero yo la coroné emperatriz, allí, sobre la alfalfa y la mierda y el fango en el que las botas se nos hundían hasta los tobillos. Aquel día de nubes embotadas. Y ella protestó altiva: “¿Quién eres tú para declararme emperatriz? ¿Qué autoridad tienes tú para decidir quién es emperatriz y quién labriega?”. Y así, entonces, supe que, efectivamente, ella era en verdad la Emperatriz de los Cerdos. E impuse en su glorioso cráneo mi corona hecha de ramas de almendro de escasas flores, y ella no se resistió, simplemente se dejó imponer sin mudar su gesto adusto y se marchó de nuevo a sus tareas, a mover de un dueño a otro la propiedad de centenas de cerdos, todo pasando por sus manos y constatado en papel y tinta.
La locura es la locura, y con ojos de locura he mirado y he hecho temer y desviar inquieto la mirada al conde este y aquel, al duque, al paladín de la virtud y a la sacerdotisa de la diosa de las hierbas y el parto, sabiendo lo que saben, y sabiendo que yo sé que ellos saben lo que saben.
Sólo al bufón se le permite cantar las verdades y reír con carcajadas que resuenan en las cúpulas del salón de festejos real. Sólo al bufón se le permite bromear sobre los defectos del reino y pronunciar en alto las canciones que nadie se atreve. Porque al fin y al cabo él sólo es un ridículo bufón, una criatura lastimera. Y así etcétera, etcétera, ad infinitum, per sécula seculorum, amén.

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