Baby Driver y el buen uso de la música en una cinta de acción

Edgar Wright es uno de los mejores cineastas trabajando actualmente en la industria, y Baby Driver demuestra con creces ser una pieza sólida y muy superior a otras cintas en cartelera… a pesar de no ser ni de cerca perfecta.

Fui a ver Baby Driver con la certeza de que iba a ver una excelente película. Después de todo, ya había visto los trabajos anteriores de Edgar Wright y me habían encantando todos y cada uno de ellos; en mi ranking personal, la Trilogía Cornetto (Shaun of the Dead, Hot Fuzz y The World’s End) están entre mis comedias favoritas de todos los tiempos y Scott Pilgrim vs. The World es de mis diez películas favoritas. Así que digamos que entré al cine como cualquier fanático que va a un concierto de su banda favorita. Mis expectativas eran altas, el adelanto de los primeros seis minutos de la película me lo repetí varias veces seguidas, además de descargar su bandasonora y escucharla varias veces en mi celular, junto con las otras bandasonoras de las películas de Edgar Wright, y las canciones me encantaban.

Baby Driver cuenta la historia de Baby (Ansel Elgort), un joven getaway driver, es decir, un conductor que ayuda a los ladrones a escapar de aquellos lugares donde efectúan algún robo. Los guía, los espera, y, una vez efectuado el asalto, los ayuda a escapar. Debido a un accidente que sufrió de pequeño, sufre de tinnitus, debido a lo cual siente constantemente un zumbido en su oído. Para poder acallar ese sonido, se pone sus audífonos y escucha música sin parar; tiene una colección variada de iPods en las que conserva música de todos los estilos y de diversas épocas.

Lo cierto es que Baby Driver es un trabajo de alta calidad, entretenida a más no poder, con excelente fotografía y una edición impecable, donde la música no es una cosa de mero decorado, sino parte fundamental de la narrativa. Los propios actores lo han dicho en algunas entrevistas: la película se compuso alrededor de su bandasonora, por lo que las escenas debían ser precisas, cosa de ir acorde con la canción de turno. La música, por cierto, a pesar de estar constantemente sonando, no molesta ni interfiere en aquellos momentos guiados por el diálogo y sabe, sobre todo, cuándo detenerse, cuánto estar en silencio. Wright, al igual que Kubrick o Tarantino, sabe combinar estos elementos a la perfección.

Debido a esta misma sincronía es que la fotografía y la edición juegan un rol fundamental. En los primeros diez minutos de película suenan completas dos canciones (Bellbottoms de The Jon Spencer Blues Explosion y Harlem Shuffle de Bob & Earl), la primera acompaña una escena de persecución y la segunda el recorrido de Baby a comprar café. La primera, al ser una secuencia más rápida, va acompañada de varios cortes, los que permiten seguir la velocidad de la acción sin perder la pista de lo que está pasando en ningún instante, mientras que la segunda es una escena mucho más calmada, en que la cámara sigue a Baby en un plano secuencia, y en la que los grafitis de las paredes y los postes van siguiendo la letra de la canción. Ya la siguiente canción que suena (Egyptian Reggae de Jonathan Richman & The Modern Lovers) sirve como acompañante del diálogo entre los personajes.

A un nivel técnico, entonces, es una película excelente. A un nivel superficial, sin embargo, es donde se presentan los problemas.

Si bien la música, la edición y la fotografía son los grandes motores de la narración, es en los diálogos donde la película más afloja. No es, de ninguna manera, un mal guion, no es que la película se pierda tanto en puntos donde no deba perderse, sin embargo hay momentos en los que pareciera que el diálogo estorbase. Al principio hay demasiados comentarios sobre la peculiaridad de Baby y sobre si está loco y cómo sin embargo es el mejor conductor que hay. Si bien sirve para comprender cómo actúan los otros personajes, los que acompañan el entorno de Baby, no parecen tener mayor provecho que ese. Por ejemplo, hay una escena en la cafetería que sucede entrando al tercer acto que es muy molesta precisamente por el diálogo.

Está también la subtrama romántica entre Baby y Debora (Lily James). He visto en varias críticas que la relación entre ellos parece salida de la nada o, en su defecto, no alcanza a tener un buen desarrollo. Y es cierto. Ambos personajes se gustan desde el primer momento y no se da tiempo para que la relación se desarrollo de manera más elaborada. Sin embargo, no es algo que moleste. No se siente como algo forzado y, de hecho, los diálogos en estas escenas no son molestos. El guion, en este sentido, sabe a lo que quiere apuntar, pero es como si no tuviese el tiempo suficiente para desarrollarlo como quisiera.

Otro problema de la película son las actuaciones. No es que sean malas, ninguno de los actores hace un mal trabajo, pero ninguna tampoco es del todo destacable. Por lo general (quizá exceptuando a Jon Hamm), las actuaciones son más bien serviciales. No son malas, en ninguno de los actores (quizá exceptuando a Eiza González y a ratos también a Jamie Foxx). Pero creo que aquí también la falla es del guion, ya que los personajes no parecen tener mucha personalidad. Kevin Spacey interpreta a un líder de gansters, Lily James es una suerte de Mary Sue pero no realmente, Jon Hamm y Eiza González son dos criminales dicharacheros y Jamie Foxx es un loco de atar pero no realmente, además de Jon Bernthal, Flea y Lanny Joon, que pasan sin pena ni gloria por la película. Los únicos personajes que tienen un arco más profundo son los de Ansel Elgort y Jon Hamm.

Sin embargo, repito, no creo que se trate de un mal guion ni mucho menos. Cuando sabe hacia dónde guiar, lo hace sin problemas. La trama, aunque simple, avanza a buen ritmo y sin perder su rumbo.

He estado pensando en esta película desde dos áreas: comparándola con las obras anteriores de Edgar Wright y con otras películas que han salido este año o incluso en los últimos años en el cine comercial. Por una parte, Baby Driver no es mejor que ninguno de los trabajos previos de Wright. De sus cinco películas (sin contar A Fistful of Fingers), esta es quizá la que menos me ha gustado, la que no me ha convencido del todo. Quizá sea culpa de la entrada de Wright al mercado estadounidense, ya que hay una dicotomía muy marcada entre el estilo de esta con sus otros trabajos. Pero salí de la sala de cine con la sensación que había visto una película que superaba con creces varias cintas que he visto este año. Sigue siendo una excelente película porque Edgar Wright sigue siendo un excelente director. No creo que esta sea la reinvención de un género, pero sí creo que abre un camino para que algunos directores puedan permitirse jugar con aquellos recursos que el cine permite.