Con quien te estalle la sonrisa.

Compré una estrella. Literalmente, una estrella de cielo es mía. Una Super Nova, las más grandes, las que más brillan. Cuando decidí pasar más tiempo en el cielo que en tierra, necesitaba algo, un amuleto. Cuando era pequeña subía al tejado de mi casa, me recostaba encima de las tejas y veía esos puntitos que brillaban con cierta intensidad y me preguntaba cómo lo hacían, como brillaban con tanta intensidad estando tan lejos. Aunque sabía la respuesta científica, átomos que se separan constantemente como resultado de grandes colisiones atómicas blah blah, ¿cómo lo hacían? cómo día tras día seguían ahí brillando con la misma intensidad. En teoría, las estrellas son causa de colisiones constantes y de ahí su brillo, su gran cantidad de energía. Cada vez que estoy perdida, cojo el telescopio, busco las coordenadas de mi estrella, la observo y recuerdo que seguir brillando no es una opción, es una obligación. Cuando estoy en un avión pienso, hay algo más en este cielo que me conoce, me siento más acogida sabiendo que hay algo ahí afuera que conozco, algo que he observado y que se que en cierto modo “vela” por mi suerte. Llamé a mi estrella “Nut” o “Nuit”, según la mitología egipcia, diosa del cielo.

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