#16
Editorial #16 de Estúpido y Sensual Domingo
Y ahora, sí, es cierto, el invierno está sobre nosotros. Ese invierno tan anunciado y tan apocalípticamente escrito en esa frase que los Starks no paran de decir y repetir: Winter is coming. Pero nunca termina de come. Y entonces con el invierno o con esta faceta de frío y nieve y pocas pieles sobre nuestras espaldas, y pocas espaldas bajo nuestros cuerpos, y pocos cuerpos muertos en la siempre a punto de librarse batalla de nuestra bastarda vida, si yo fuera ustedes y aún no me hubiese levantado, me quedaría envuelto entre las sábanas y los colchas para simular que soy el Rey de los nunca muy bien gobernados Seven Kingdoms.
Y es que el inglés fantoche de William Shakespeare ya lo supo antes que nadie y después de todos: el mundo es un escenario y está construido de madera especialmente tratada para absorber las grandes cantidades de sangre derramada y a derramar, lágrimas vertidas y por verter, personas conquistadas y por conquistar. Y las luchas intestinas entre reinos y casas con lobos en la puerta y leones en los anillos y niños ricos que se acuestan con otros niños ricos y pagan por ello, y niños satánicos que mueren envenenados en su propia boda que se tiñe de rojo, no simbolizan otra cosa que la glorificación épica y las intrigas que se vuelven palaciegas de nuestra pequeña vida que nada sabe ni de palacios ni de dragones. Nosotros: humildes extras en las mucho peor escritas y siempre colegiales novelas de nuestras vidas.
Voy a suponer que siempre todos quisimos sentarnos en un trono: el del rey Lear, el de Macbeth, en ese que en otra habitación escondía una mesa redonda con nobles caballeros e innobles lancelots, en el de Hierro, o en ese que una vez ocupó Juanita Viale en la mesa del tenedor libre más famoso del país; ya lo ven, hay tronos para todos. Incluso ese trono invisible que me viste ocupar y que yo te vi ocupar, cuando te pusiste una sábana en la espalda y agarraste una espada de madera y saliste a conquistar el mundo coronado con la gracia infantil y la elegancia fingida de sentirte un gobernante que siempre paga sus deudas.
Esto es Estúpido y Sensual Domigo, el programa que traza poseído entre las sábanas transpiradas con olor a alcohol y batallas perdidas, el plan maestro para construir discursos y hazañas que más tarde puedan ser evocadas y mitos que más tarde se pierdan en el oscuro invierno de nuestro descontento que, como todos sabemos, se narra en presente continuo y siempre, pero siempre, is coming.