#24

Editorial #24 de Estúpido y Sensual Domingo

Si nos agarra el apocalipsis juntos yo espero que estemos, mínimo, abajo de una gran tormenta y tomados de la mano, no con la certeza megalómana de que vamos a sobrevivirlo sino con la simple idea de que el universo nos vea morir de la única forma posible: desafiándolo.

Porque todo el mundo sabe que el universo nos creo sencillamente para que lo observemos, como si fuera uno de esos personajes adolescentes lleno de drama y autoreferencias irónicas que necesitan que lo vean vivir y lo vean morir y lo vean llorar y lo vean reír. El universo como ese pibe que lee novelitas sobre sí mismo donde heroínas aburridas tiran flechas de fuego y la gente corre por laberintos interminables en un futuro poco promisorio lleno de malos con peinados raros y guiños pop.

Cada tanto me gusta recordar los distintos tipos del apocalipsis, me gusta pensar cómo sonara el murmullo constante del mundo al apagarse, cuál será el epitafio de todos nosotros cuando el electrocardiograma de la humanidad deje el pip-pip-pip y se entregue a un solo largo e infinito y mortal y piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip: ahí fuimos todos. Pero en la enumeración hasta ahora tengo: terroristas, desastre atómico, hartazgo ecológico, cuatro giles a caballo escupiendo fuego, amenaza en forma de asteroide que viene a matarnos sin un duro de matar que nos salve, y tragedia tecno-futurista en la que las máquinas se vuelvan locas o decidan que nosotros ya no estamos lo suficientemente cuerdos para hacernos cargos de nuestro mañana. (Hago un paréntesis mientras te agarro de la mano debajo de la lluvia para hablarle a las máquinas: queridas máquinas, la humanidad nunca estuvo cuerda y jamás podrán racionalizarnos porque lo nuestro es la tragedia diaria para provocar la comedia semanal. Hagan con el mundo lo que quieran, pero si van a convertirlo en una pila de datos que estandarizan nuestros deseos, no cuenten conmigo).

El autor norteamericano Philip K Dick, el primer paranoico antes de que la red de redes y los aviones que desataron el caos el decimoprimer día de septiembre inventaran la paranoia, escribe con una teoría: dice que el demiurgo social tiene un plan malvado y que ese plan malvado ahora podría traducirse en convertirnos en ceros y unos y formatearnos solo en pensamiento práctico y big data. Y mientras Philip se pregunta si los androides sueñan con ovejas eléctricas también se anticipa y dice que lo único que nos diferencia y nos cambia y nos salva es la empatía: algo que el fin del mundo no puede quitarnos.

Esto es Estúpido y Sensual Domingo, el programa que te vio agarrado de la mano de cualquier persona esperando el fin del mundo debajo de la lluvia ácida al mismo tiempo que te sobrevolaban todos esos drones de papel borrachos en las copas rotas de árboles en llamas, para más tarde levantar los hombros en señal de desinterés, porque si todo el mundo quiere apropiarse del fin del mundo (desde el hágase la luz a esta parte) nosotros sabemos que no podemos prestarle atención a las trompetas anticipatorias: estamos muy ocupados escribiendo la nunca muy bien redactada novela de nuestra estadía en ese neuropsiquiátrico tan popular llamado Planeta Tierra.