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Editorial de Estúpido y Sensual Domingo

Esta editorial arranca con un primer plano. Y lo que enfoca el primer plano es a un hombre viejo que decidió dejar de mandar mensajes dedicados a personas que nunca nombro. El hombre dice, con lágrimas en los ojos, que reconoce la clásica imagen de aquellas personas que nacieron mirando al mar y el plano se va acercando a su mirada cansada y dice que esas personas que nacieron mirando al mar se ven en la necesidad de escribir una declaración de amor y meterla en una botella y tirarla al océano, una y otra vez, a la espera de que alguien la lea y los salve. Nos salve. El hombre dice, ya con la cámara en su pupila que se ahoga, que decidió dejar de mandar mensajes codificados a personas decodificadas porque, en realidad, si tiene que atarse a los hechos, en estos años emitió muchos mensajes como chispas lejanas de un fuego artificial infantil y recibió pocas respuestas. La imagen de esta editorial funde a negro cuando el hombre, con la voz quebrada, dice que la verdad es que nunca, en toda su vida, recibió una respuesta.

Y el hombre dice que un día se cansó y que dedico el resto de su vida a esconder todas las huellas de esa vieja costumbre de buscar, de enviar, de emitir, de esperar. Dice que escondió todos sus mensajes perdidos en contestadores automáticos sordos, no con la frialdad del Patrick Bateman de American Psycho cuando limpia los restos de sus víctimas asesinadas, si no con la compulsión doméstica de quien inicia una operación de recogida de toneladas de arena y limpieza y barrido bajo la alfombra. Dice que ya no cuenten con él.

El hombre tiene un leve parecido a Millvina Dean, la sobreviviente más vieja de aquella tragedia que le permitió bailar sobre el Titanic antes de verlo hundirse y de verse hundir, el hombre, al igual que Millvina Dean, ha sobrevivido a un par de tragedias pero ninguna tan espectacular. El hombre dice que quiere dar un último mensaje, mira a cámara, y dice que quizás nuestra misión en la tierra sea convertirnos en los recuerdos de alguien más. Y que por eso mando sus mensajes.

Esto es Estúpido y Sensual Domingo, el programa que se levanta y abandona su primerísimo primer plano para salir a la búsqueda de quien sea que pueda decodificar su mensaje o, mejor todavía, el programa que corre a leer todos los mensajes que dejo parpadeando en la luz roja del contestador de la vida. Porque ya lo dijo Dylan Thomas: “No entres dócilmente en esa buena noche/ Que al final del día debería la vejez arder y delirar/Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz”.

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