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Editorial de Estúpido y Sensual Domingo

Todos sabemos que al argentino promedio le gustan los medios de comunicación como le gustan las comisarías: ese lugar en el que pueden depositar con la indignación debida la denuncia ciudadana del día y así lavar su conciencia y sus pecados tan católicamente repudiados y tan humanamente disfrutados. A todos nos gusta escupirle en la cara la fruta podrida al otro.

Y entre tanto ruido y escándalo policial a mi me gustaría denunciar algo que, como humanidad, hemos dejado de lado. Haciendo uso del lugar común de los oídos sordos y los ojos ciegos y el corazón afiliado al partido de Santo Tomas que si no ve no siente, nos hicimos los giles ante algo obvio y preocupante: los chefs del mundo están intentando adueñarse del aparato cultural. Así es, los cocineros tiene cada vez más programas a su cargo.

Y ahí están, los 25.554 programas de cocina y realities de cocina y documentales de cocina y señoras viejas dando el secreto del bizcochuelo esponjoso y de las lentejas bien remojadas y todo parece diseñado para abandonar el camino del insomnio, como una especie de producto terapéutico pensado para decirle adiós al insomnio y hola a Morfeo y reconciliar el sueño; pero qué quieren que les diga, a mi me gustan los programas de cocina aunque el sindicato de chefs sea lo que antes fueron el sindicato de Entregadores Seriales de Premios y el sindicato de Madres Que Tienen Hijos Muy Pronto y el sindicato de Contadores De Chistes Leídos De Google.

Y hablando de leer una vez, obvio, leí a Anthony Bourdain y sí, antes de que las señoras se horroricen lo aclaro yo: Anthony Bourdain es un hombre aburrido de comandar la cocina de la selecta Brasserie Les Halles en Park Avenue y un chef ex heroinómano que decidió colgar el gorro un rato y sentarse a contar las peores miserias de su oficio. Yo amo a Anthony Bourdain.

En un párrafo Anthony Bourdain dice: “se puede dividir a los miembros de una cadena culinaria en cuatro grupos. Primero están Los Artistas: esa irritante minoría con alto nivel de vida. Un grupo que incluye a especialistas como los reposteros (o neurólogos de cocina), los troceadores de carne (encargados psicópatas de cámaras frigoríficas) y los salseros (cuyas creaciones son tan etéreas y perfectas que se les toleran sus delirios de grandeza). Están Los Exiliados: gente que no puede desempeñar otro oficio (por ejemplo, uno de esos trabajos de 9 a 6), ni ponerse una corbata, ni mezclarse con la sociedad civilizada (ni con sus compañeros). Están Los Refugiados: por lo general inmigrantes y emigrados para quienes la cocina es preferible a los escuadrones de la muerte, la miseria o el trabajo en una fábrica clandestina por dos dólares a la semana. Y, por último, están Los Mercenarios: gente que trabaja por dinero y trabaja bien, a pesar de no sentir demasiado cariño por la cocina ni tener grandes inclinaciones culinarias. Me gusta creer que la cocina es artesanía y que un buen cocinero es un artesano, no un artista”.

Esto es Estúpido y Sensual Domingo, el programa que mira a todos los programas de cocina con la misma impotencia con la que Guido Kaczka mira a una pareja linda chapar, con esa seguridad extraña de que el plato nunca saldrá igual pero que nosotros correremos, paranoicos y llenos de resaca, a prender la hornalla de la vida y a poner aceite y a tirar unos dientes de ajo que hagan que tu chica o tu chico se convierta en una pasa de uva disecada cuando expires tu aliento a muerte.