Lo tomo

Pablo Mata
Jul 30, 2017 · 4 min read

Mi papá murió el 28 de julio de 2011. Cada aniversario mi mamá organiza una misa en la iglesia de Santa Catarina, en Coyoacán. Desconozco las razones para hacer la cita ahí. Seguramente ese lugar es parte de la historia amorosa de mis papás. Una tarde romántica y soleada en la que se compartieron algún secreto. Una caminata rodeados del follaje frondoso y las casonas encopetadas de la calle Francisco Sosa. En todo caso, yo ya estoy ligado a ese lugar desde la primera misa. Ahí llego cada año con Alaíde, puntual a las siete de la noche.

Durante la misa, como es obvio, pienso en él. A veces el ambiente ayuda, sobre todo porque el nombre de mi papá no es el único que menciona el sacerdote. A la ceremonia van los dolientes de varios muertos. Señores, niños, ancianas que murieron el mismo día que mi papá, por lo que las palabras del sacerdote por lo general se dirigen al campo semántico de la ausencia, del enojo, del duelo. Sin embargo la misma misa, en su parte ritual, me aleja de los recuerdos con él.

Soy ateo y nunca practiqué el catolicismo más que cuando me bautizaron. No sé ni quiero saber el protocolo de las letanías, los cánticos, y los momentos en los que debo pararme y sentarme de mi lugar. Mi papá siempre llevaba estampas de la virgen de Guadalupe en su cartera y se persignaba antes de salir a carretera. La iglesia es un lugar más donde sucede un desencuentro entre él y yo.

Desencuentros. Eufemismo de una relación difícil, en la que las ausencias mientras él estaba vivo duelen más que la ausencia después de su muerte. Como Aquiles y la tortuga, él siempre estará lejos de mi alcance, aunque hayamos vivido juntos quince años. Aunque multiplicaba cualquier interacción con él, por esporádica que fuera. Aunque lo vi morir y le cerré los ojos para siempre.

Una de mis formas de hacer duelo es enfrentarme justo a eso. A mis deseos infantiles de que él me mirara y a asumir que él simplemente no podía hacerlo, atrapado él mismo en sus propios daddy issues y una adicción que a la larga lo mató. Decirme que mi papá no pudo ser mi papá, en lugar de decirme que no quiso, ha resultado muy difícil.

Hay algo más, además de los asistentes a la misa, que llega puntual. Todos los días 28 desde la primera vez que fuimos a oír el nombre de mi papá en la iglesia de Santa Catarina, ha llovido. A veces la lluvia empieza desde algunos minutos antes, a veces cae una tormenta con granizo, o incluso parece que no hay nubes en el cielo pero a media misa comienza a llover. También, las calles y ejes después de diez cuadras están secas cuando salimos.

Es tentador pensar en razones místicas para explicar esa lluvia tan específica. Hay un Pablo muy racional que explica condescendiente que estamos a mitad del verano en una ciudad que fue lago. Que el clima debajo del Trópico de Cáncer. Que los milímetros de agua que caen en la delegación Coyoacán.

Pero hay otro Pablo que quiere a huevo un vínculo con mi papá, y si es mágico, mucho mejor. El mundo me parece más vivible y más amable si pienso que la lluvia es él, y que él llegará cada 28 de julio a Santa Catarina y nos saludará en la frente y en el cabello y nos dará un abrazo de agua y nos dirá entre murmullos de trueno que no nos olvida.

No quiero volver a la ceguera de mi infancia en la que por forzar un vínculo inexistente dejé de ver al papá que tenía frente a mí. Tampoco quiero llenar su recuerdo de rencores y reclamos. Aún no encuentro el punto medio y presiento que pasarán muchos años para estar en paz con él.

Pero cada 28 de julio todo se hace más frágil y quebradizo. Mis barreras se caen, me derrumbo, lloro. Soy también la lluvia.

El clima, Tláloc, Dios. Alguno de ellos me hace una oferta: “puedes sentir a tu papá, incluso más fuerte que cuando estaba vivo. Puedes cerrar los ojos y sentir su presencia. Puedes oler la piedra mojada, el petricor; oír las baldosas salpicadas y el estruendo de la tormenta y saber que es tu papá que ha llegado a la cita, sólo para ti.”

Es una oferta insensata y egocéntrica, pero soy débil. Cada año estoy seguro de que lloverá durante la misa, y acepto la oferta. Y me uno a los cantos de la misa y lloro por la muerte absurda de mi papá. Y me siento triste y bobo, pero entre la ilusión colectiva de la misa y la ilusión personal de la lluvia-padre, puedo verlo con más claridad: su bigote, sus ojos pequeños. Su risa franca, su olor a cigarro. Entonces suspiro y salgo a la lluvia y nunca, en estos años, he llevado paraguas.

    Pablo Mata

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    Escritor para niños de los normales y de los escondidos en tu interior.