El Superhéroe

Cuando era chico, en la escuela, en el oratorio y en mi casa hablaban de Jesús, de María o de Don Bosco, y yo asombrado escuchaba pensando que me hablaban de unos superhéroes; me imaginaba a Jesús apareciendo siempre donde había algo malo y cambiando la historia, o veía en la calle algún chico pobre y pensaba: “Ahora viene Don Bosco y lo salva”. Me hablaban de que María me protegía por haber entrado en Santa Cata y me la imaginaba como en el sueño de Don Bosco, que se hacía gigante como la torre de la iglesia y que estiraba el manto y ya está, nos cubría a todos. ¿Y si me iba de mi escuela? No importaba porque si me pasaba algo ellos iban a aparecer al lado mío.

Se ve que hay un momento en la vida de todos los chicos que dejan de imaginar y se empiezan a preguntar las cosas. Yo me acuerdo perfectamente cuando fue ese momento en mi vida. Dejé de ver a María, a Jesús y a Don Bosco como superhéroes y pasé a verlos como mis amigos, como esos que están al lado mío y que pueden ser igual que yo y que cualquiera.

Desde chico que era monaguillo, no me perdía casi ningún domingo la misa del Padre Alberto, iba siempre con muchas ganas, excepto aquel día:

No tenía más de nueve años. Llegué encaprichado a la sacristía, miré al padre y le dije: ¡Yo no quiero ser más monaguillo! Me preguntó por qué y le contesté: Porque a mí siempre me dicen que yo estoy ayudando a Dios y que estoy cerca de él pero yo no lo veo ¡El único que está al lado mío sos vos! (no sé de donde habré sacado esa idea, ni a quién esperaba ver, quizá a un tipo barbudo que venía volando con su capa…). Alberto, que todavía podía, se agachó, se rió, me miró fijo y preguntó:

- Vos venís al oratorio, venís a la escuela, jugás en el patio todo el día, y me ayudás en misa ¿No?

Yo asentí con la cabeza.

-¿De qué te quejás entonces?- me preguntó y siguió -Tenés todas las posibilidades para ver a Dios, no tenés que venir a buscarlo al templo.

Yo me quedé callado, sorprendido. Y él, a pesar de que ya tendría que haber empezado la misa siguió diciéndome:

-Dios está en las cosas que hacés todos los días, en lo simple. Está al lado tuyo en cada recreo cuando jugás con tus compañeros. Está en tus profes, en tu mamá, en tu papá, en los animadores del oratorio cada vez que te ayudan a seguir creciendo. Está al lado tuyo cada vez que te peleás con tus hermanos y te reconciliás. Está jugando con vos siempre en el patio. Y aunque no me creas ¡Hasta se sienta al lado tuyo en tu aula! Lo que pasa, Pablito, es que hay que buscarlo.

-¿Y es fácil encontrarlo? Le pregunté intrigado.

-¿Fácil?- Me preguntó- Facilísimo, solamente tenés que sentir de verdad esas ganas de encontrarlo.

-Entonces lo voy a buscar- contesté y me quedé pensando callado en todos esos momentos en los que Dios estuvo al lado mío y yo ni me había dado cuenta.

Se dibujó entonces en mi cara una sonrisa que parecía espejarse en el rostro de Alberto. Los dos sabíamos con esa sonrisa que estábamos sellando un pacto. Yo buscaría a Dios en las cosas más simples de todos los días, y él iba a seguir guiándome en esa búsqueda mientras pueda. Luego como si no hubiéramos perdido 10 minutos, siguió poniéndose su cíngulo y me ayudó a vestirme.

Hoy cada vez que estoy en el oratorio, cada vez que rezo un ave María, cada vez que juego a la pelota, cada vez que estoy con mi familia disfrutando, me acuerdo y entiendo cada vez más que Dios está en todos lados, que no tenía que buscar tanto, no lo iba a encontrar abajo de mi cama, ni tenía que esperar que entre volando por la ventana. Ya estaba conmigo, todos los días y en cada momento. Hoy pienso y me doy cuenta que al final, el superhéroe de la historia no fue alguien de barba y capa, o alguien con una sotana negra, ni una señora que tenía el manto más largo de todos. Fue un señor de alba blanca al que no le importaba empezar la misa diez minutos más tarde, porque su misión como superhéroe era llevar a Dios a todos los que podía, y ese día me lo regaló a mí…

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