4/1/16. El vinagre

Partamos de un precepto claro: me gusta el vinagre. Y el vino. Ambos son extremos de una misma cosa derivada de la uva. Bien pisadita y fermentada y cuidada… te da vino o vinagre.

A veces debemos pararnos un minuto y pensar que un mismo proceso puede dar resultados tan divergentes como el de la uva. Cojamos a dos niños. Démosles un lápiz y un papel y colores. Digámosles que dibujen una casa y… Dos cosas diferentes. Claro que podrían decir que ese ejemplo no vale porque el factor humano es demasiado determinante. Admitido. Pero, ¿acaso no hay siempre un factor determinante?

Nuevo ejemplo. Cojamos una maquina deshuesadora y un par de kilos de aceitunas. Pongámosla a funcionar y no encontrarán dos agujeros iguales. Haga lo mismo con un abre agujeros de papel. ¿Resultado?

Volvamos al vinagre. El otro día me regalaron una pequeña botella de vinagre de Jerez. Espectacular. No me pude resistir a darle un traguito. Ese vinagre que tengo en mi cocina es en estos momentos más valioso que cualquiera de los vinos que puedan pensar, por una cosa tan sencilla como que me han regalado también una lechuga ecológica que junto con un aceite de oliva virgen extra jienense pueden conjugarse en una de las ensaladas más maravillosas que pueda degustar. Súmenle un tomate maduro de Los Palacios. Qué me dicen.

A veces el extremo a priori más desagradable es el idóneo para un momento en el tiempo, pero lo será siempre en conjunción con otros elementos, nunca solo. En vez de tomarse la ensalada, pruebe a beberse un vaso entero de vinagre. No es lo mismo.