Desayuno en casa del Sr. Weltsch.


Esta podría (o no) ser una mañana cualquiera, una mañana desayunando con mi viejo amigo Weltsch. Él y yo sabemos que estoy apurado, pero me pide que espere, que todavía no empiece mi día: “tómese unos minutos para conversar conmigo”.

¡Pase por favor! tanto tiempo sin verlo querido amigo, siéntase como en su casa, permítame su abrigo y su paraguas, llega justo a tiempo para desayunar, el diario está sobre la mesa, es curioso que ahora lo impriman sin fecha, para que sirva todo el año. Ya casi tengo todo listo, sólo falta algo para beber, puede ser café o puede ser té, éste último es recomendable cuando uno quiere limpiar un poco el organismo y darle un día de franco a la cafeína. ¿Qué le gustaría tomar? ¿Café? Perfecto.

— Siendo que voy a desayunar con Weltsch, esta mañana no vamos a moler los granos, tampoco vamos a controlar la temperatura ideal del agua para preparar la infusión, no, hoy va a ser instantáneo, fugaz, como tantas cosas lo son en este estilo de vida siglo XXI. —

Cuando uno se siente disconforme, desganado o sin tiempo para nada, el café se lo prepara instantáneo, casi de mala gana, diría yo, y el proceso le refleja un poco la vida misma.

— Escucho (no muy) atentamente lo que mi anfitrión me dice, pero no puedo evitar mirar por la ventana, está claro que Weltsch vive en un edificio, a pesar de que no pude determinar con exactitud en qué piso nos encontramos, no está tan alejado del suelo como para sentirse omnipotente, ni tan cerca de la lluvia como para que las gotas no tengan tiempo de caer. Además el sol, pero haciendo fiaca ahí atrás, hoy no se toma tan en serio su trabajo. Pero pongamos atención nuevamente en mi acompañante, aparentemente no habría parado de hablar ni un segundo, parece que me va a proponer algo —

Estimado, permitámonos caer en la dualidad típica del blanco y negro, de lo bueno y lo malo, que dicho sea de paso, nada logra explicar con exactitud porque el día a día está lleno de ‘grises’ ¿no? como esa nube gigante, por ejemplo, que le pone capucha al conurbano. Pero no podemos pensar mucho sin nada en el estómago, ya le preparo su café, mientras tanto reduzcamos todo a la simple dualidad del frío o caliente, sólido o líquido, intriga o arrepentimiento, vida o… porque en definitiva si no conocemos los extremos, no podemos encontrar el punto medio ¿no le parece? y eso es lo que necesita este café instantáneo que le estoy batiendo, hoy el ánimo alcanza para eso, café. Déjeme contarle, mientras usted se encarga del pan, que en tanto la manteca esté fría no la va a poder untar, le va a quebrar la tostada, como tantas otras cosas, por eso tiene que esperar un poco, mientras se va calentando la pava. No se vaya a quedar usted con hambre, ¿qué clase de anfitrión sería yo? ¡Qué vergüenza! Insisto, siéntase como en su casa.

— Estoy en ayunas pero no tengo hambre, parece que mi amigo Weltsch me incomoda un poco, piensa que es un excéntrico, pero ¿qué se yo? hace todo a medias ¿no? Ahí viene con otra pregunta —

Me quedé pensando querido amigo, ¿la vergüenza representa lo mismo para todas las personas? Yo podría estar desnudo en la vía pública y no sentir vergüenza, pero eso sí, no vaya a tomar un libro de esos que nos miran desde mi biblioteca, ¿Ver lo que marco en las páginas cuando leo? Ni que fuéramos tan cercanos.

¿En qué estábamos? ¡ah sí! Su bebida, imaginemos entonces que esa burda imitación de café es todo lo pesimista que se puede ser, mientras que el agua, como no puede ser de otra manera, viene a representar el optimismo, a mí particularmente me molesta un poco cuando no estoy de ánimos y me quieren inundar con grandes cantidades de optimismo, quiero decir, valoro ese acto de empatía, pero todo en su justa medida ¿no? Porque si no la vida parece de mentira, es que me pasa lo mismo que al café instantáneo, si se le echa demasiada agua al momento de batir, ya no hay vuelta atrás, le sale aguado, horrible. A mí déjeme ser un poco pesimista, porque como dice Zygmunt: “La diferencia entre optimismo y pesimismo, es que un optimista es alguien que cree que éste es el mejor de los mundos posibles, mientras que el pesimista es alguien que sospecha que el optimista puede tener razón”. ¿Usted qué opina? aquí tiene su café.

— Weltsch me mira atentamente esperando que yo le de el primer sorbo a esa imitación de café, leyendo imitaciones de realidad en el diario y comiendo el pan tostado con manteca, que dicho sea de paso, se me quebró por no esperar para untarlo. Miro mi reloj y dejo todo como está. ¿Me está hablando a mi? ah, sí… —

No me diga que se le hace tarde ¿ya se retira? Lástima, ¡Que rápido se pasa el tiempo cuando uno está bien acompañado! espero me vuelva a visitar pronto, no olvide su abrigo y por favor, hágale llegar a su familia mis saludos.

— Le digo que los saludos serán dados, mentira, nunca nadie hace llegar los saludos que promete “serán dados”, me abrigo mientras bajo en el ascensor y pienso en mi amigo, todo parece indicar que es un weltschmerz incurable.—