Discurso: “El rompecabezas de la educación”


«El Rompecabezas de la Educación» es la pieza discursiva que ofrecí en el marco de la Décima Olimpíada de Oratoria celebrada en la Universidad Nacional de La Matanza en 2014, cuya temática fue «La educación como bien social»

Nuestra vida es el único rompecabezas que se puede armar a pesar de que no todas las piezas coincidan perfectamente. Cada uno de nosotros es una pieza única e irrepetible intentando ensamblar en la sociedad, pero contamos con una ayuda, una herramienta fundamental en nuestro intento por agrupar cada una de las piezas de ese rompecabezas: La educación.

La mayoría de nosotros sabe de qué hablamos cuando hablamos de la educación formal y sus instituciones, pero ¿Qué le otorga el valor de “bien social” a la educación? Como a casi todas las cosas importantes en la vida, las valoramos con el paso de los años, por eso, voy a contarles tres historias, tres historias que tratan sobre mi experiencia personal con la educación, en tres etapas de mi vida, y cada una de ellas, me enseñó de qué manera la educación se constituye como un bien social.

La primer historia trata sobre mis días en el jardín de infantes, teniendo aproximadamente unos tres años de edad, parecía mostrarme como una persona poco sociable, nunca, jamás, quería quedarme en el jardín, lloraba escandalosamente desde el primer momento, para mí era algo traumático y lo manifestaba en mi conducta. Me comportaba realmente mal, tal es así que estuve a punto de ser expulsado. Pero un buen día llegué tarde, motivo por el cual la maestra me tuvo que ir a buscar a la puerta de entrada y me llevó hasta la salita, mientras yo por supuesto, lloraba y pataleaba. Por esas casualidades de la vida, decidió sentarme en una mesa, al lado de un compañero que jugaba con una montaña de plastilina, él muy tranquilo me miró, me vio llorando, cortó la mitad de su plastilina y me la regaló, automáticamente me calmé. Fue mi primer contacto con la amistad en estado puro y desde ese día, tuve un motivo para querer ir al jardín.

La segunda historia trata sobre mi etapa inicial en la escuela primaria. Durante todo primer grado, arrastré conmigo los problemas de conducta que tenía en el jardín de infantes. A pesar de que mis calificaciones eran buenas y tenía varios amigos, prácticamente todos los días terminaba en la oficina de la directora, incontables veces volvía a casa con advertencias en el cuaderno de comunicados, castigos y suspensión de recreos, pero nada parecía importarme. Mis padres intentaron desde castigos, hasta promesas de regalos, a cambio de que me portara bien, pero nada resultaba. Pasé a segundo grado y ya desde el primer día de clases empecé con los problemas, parecía esperarme otro año de mala conducta. Mis padres, una vez más, mantuvieron una charla conmigo donde me pidieron que por favor, me portara bien, porque corría riesgo de ser expulsado y ya no podría ir a la misma escuela que mis amigos. Al día siguiente fui al colegio y me preparé para empezar la clase como todos los días, pero aquella vez, cuando abrí la cartuchera, me encontré con un papelito doblado, lo abrí y al día de hoy recuerdo textualmente lo que estaba escrito en él, decía: “Gonza, por favor portate bien, hacelo por mí. Te amo, mamá”. Desde entonces, todos los días abría la cartuchera y lo leía, nunca volví a tener un solo problema de conducta durante la etapa escolar. Con el tiempo entendí entonces, la importancia del amor durante el proceso educativo.

La tercera y última historia, trata sobre el comienzo de mi vida universitaria. Hace algunos años atrás, mis compañeros y yo realizamos el curso de ingreso en esta misma casa de altos estudios y al mismo tiempo, terminábamos el último año de la secundaria. Pero claro, como ya saben, mi primer contacto con instituciones educativas nunca fue sencillo y el caso de la Universidad no iba a ser la excepción. Luego de un buen rendimiento en la primera ronda de exámenes del curso de ingreso, por algún motivo, mis calificaciones en la segunda etapa bajaron y por muy poco no logré alcanzar el puntaje necesario para ingresar. Me sentí realmente frustrado. Solicité la revisión de uno de mis exámenes y volví a casa con la mala noticia.

Quienes tuvimos el enorme privilegio de crecer en un hogar donde todas nuestras necesidades básicas estaban cubiertas, aprendimos con el tiempo que todo eso fue posible gracias al enorme esfuerzo realizado por nuestra familia. Mis padres, me enseñaron y me enseñan muchas cosas, principalmente aquellas que no se aprenden en un aula, me enseñaron valores. Y lo que más me enorgullece, es que la gran mayoría de esos valores, los aprendí por imitar su ejemplo. Por eso, estar fuera de la universidad no me desalentó, comencé a estudiar idioma y al mismo tiempo buscaba trabajo. Pasé unos pocos días llevando a cabo esa rutina, hasta que una mañana, alguien me llamó por teléfono y me dijo algo que al día de hoy, también recuerdo perfectamente: “¿Te acordás del parcial que dejaste en revisión? Te subieron la nota, ¡te felicito! entraste a la Universidad”. La persona que me dio esa noticia, es mi mejor amigo, el mismo que alguna vez cortó un pedazo de plastilina y me lo regaló en el jardín de infantes, para que yo dejara de llorar. Actualmente, a ambos nos falta muy poco para recibirnos en esta misma Universidad y el círculo se completa.

Por eso, hoy puedo analizar en retrospectiva esas tres experiencias y entender a la amistad, el amor y los valores, como bienes sociales fundamentales y determinantes en mi educación. Pero a mi entender, hay un cuarto bien social, uno muy importante, que surge cuando todos los anteriores se cumplen, cuando el proceso educativo es legítimo. Y es el bien de la libertad. Ser libre no significa poder elegir entre diferentes opciones, mucho menos si las opciones son preestablecidas socialmente. Es cierto que la educación nos propone un ejemplo a seguir, intenta guiarnos hacia un determinado modelo social, pero al mismo tiempo, nos brinda las herramientas para entender la sociedad, para cuestionarla y hasta para modificarla. Esa es la verdadera libertad. La educación se reinventa a sí misma en cada uno de nosotros, todo el tiempo. Ese es el verdadero bien social.

Para concluir, quisiera pedirles que no olviden que somos piezas únicas e irrepetibles en este gran rompecabezas. No olviden que dentro de ésta universidad todos aprendimos a conectarnos, cada uno desde su lugar específico, fuimos aceptados tal cual somos, hemos logrado ensamblar y mantener una imagen de excelencia a lo largo de estos 25 años. Una imagen que habla por sí sola, pero que no sería posible si faltaran piezas, o si estuviesen mal ensambladas.

Pregúntense a sí mismos qué forma quieren adoptar en la vida, con qué personas quieren coincidir, con que ideologías se conectan, con cuales no, piensen a futuro, piensen como les gustaría que sea la imagen que muestre nuestro rompecabezas, una vez que esté terminado. Y si todavía no lo saben, no detengan esa búsqueda, insistan, porque no es fácil. Sepan, que en instituciones como esta universidad, hay lugar para todo aquel que desee formarse y somos afortunados por eso.

Tuvimos el privilegio de recibir educación. Ahora, los invito a armar su propio rompecabezas.