
Arrancada
Mi melancolía radica en la orfandad de mi alma.
Esa que tomaste en siniestro caos, hundido en
las delicias de la tristeza, sin preguntar si yo así lo quería.
Me obligaste a voltear y recoger pedazos rotos de mí
sin que te dieces cuenta de lo profundo que penetrabas.
Jamás me miraste con lastima,
en cambio tu trato fue brutal y directo.
Tajante.
Con ganas de verme siempre en pie.
Aquel día quedé fragmentada, la miseria y el dolor se volcaron
como criaturas desconocidas en mis adentros. Tan doloso,
tanta culpa, tanta fulminación, como si nunca en la vida
hubiese saboreado el desconsuelo. Arde, lo sé bien.
Y ahí estabas tú, sujeto a este destrozo de humano.
Y ahí estabas tú, sujeto a tu destrozo.
Te llevaste la orfandad. Por único arribo sentí un hogar en ti.
En tus brazos que tanto amo. En tu fuerza robusta que adoro.
En las contadas madrugadas que vi tus ojos bajo la luz del farol.
Fue un golpe.
No.
Quedé arrancada, impía.
Más profundo, más desgarrador.
Golpes de nuca contra la pared tratando de frenar el sufrimiento.
¡Gritos agudos sin tregua contra las almohadas!
¡Puños ensangrentados!
Desquebrajo de mujer, vulnerable. Arrebatada.
No estaba lista.
No estaba lista para que te fueras.
…
Para que me arrancaras.
