Amores cuervos

Christian David Méndez

−Al menos sabés que no quise llegar a esto, ¿cierto?

−Supongo.

−Deberías dejar de ser sarcástico.

−Y vos ese vicio chimbo de estar consolando a las personas.

−Está bien. Perdoná… ¿qué hora es?

−¿Por qué? ¿Muchas ganas de acabar ya?

−No es eso, Pablo, es que se está demorando.

−Seguro es una señal divina.

−¿De qué?

−De que debe haber otra forma.

−Ya lo hablamos. No la hay.

−¿Por qué?

−Ya te lo dije.

−¿Todavía me amas?

−Ay, no, Pablo.

−Responda.

−¿Y si te digo que no?

−No jodo más.

−¿Y si te digo que sí?

−Me parecería absurda esta decisión.

−Respetá lo que pienso, lo que siento… me duele…

−Lo sé.

−No creás que sabés todo, ¡no sabés nada!

−¿¡Acaso pasaste todo esto sola!?

−¡Pues parece! Sos una piedra, una pared, un maniquí insulso al que no le afecta nada. Siempre guardando la compostura, siempre elocuente, siempre con tu filosofía de “todo tiene una razón de ser”. No llorás, no gritás contra la almohada, en las madrugadas no caminás por las evocaciones de la casa, no te sentás en la cama, mirás al más allá, te cogés la cabeza y te arrancás los pelos para olvidar. No te importó pasar por eso.

−No pretendo que me veas hacerlo.

−¿Y qué ganás con esconderte? ¿Te hace más hombre?

−No es eso…

−¿Entonces?

−No sé, Caroline, no sé.

−En fin, hablando del rey de Roma, ahí viene. Casi que no. Ya vamos para 37 minutos aquí.

−Perdónenme la tardanza. Ya está todo listo. Señorita Días, firme aquí, y aquí con su cédula, por favor, y usted, señor Contreras, haga lo mismo aquí…

−Qué pena interrumpirlo. ¿Nos regala un momento a solas antes de continuar?

−Pablo…

−Sí, claro señor Contreras.

−No demoremos más esto, ¿sí?

−No has respondido mi pregunta.

−¿Cuál?

−¿Todavía me amas?

−Eso no tiene nada que ver con esta decisión.

−¡Cómo voy a perderte si sos lo único que me queda de él! No me quités sus ojos desbocados, sus rizos, sus dedos, su forma de dormir, su mentón, el lunar en el cachete. No te me lleves esos pedazos que también son vida.

−No llorés, que no se te ve bien.

−¿Ves que sí puedo?

−Pablo, no hagás más difícil esto.

−¡Por qué! ¡Dame razones! Siquiera una… sólo te pido una, Caroline. Explícame, porque no entiendo. Qué ganas con esto, cuándo tomaste esta decisión… dime…

−No han sido fáciles estos meses sin él, Pablo… se fue muy rápido… ¡Qué son tres años! A veces me descubro fritándole papitas. Y siento horror porque recuerdo. Y siento horror cuando te veo. Porque lo veo en vos. Me dejó y con él también se me fue una parte de la vida. Pero la parte que me quedó siguió, a rastras, insípida. Y no quiero mendigarle memoria al pasado, ni vivir alimentándome con sobrados de amor, con recuerdos en descomposición. Hay que enterrarlo, Pablo, pero de verdad. No hay de otra ¿O qué pensás?

−Dile a tu abogado que pase.