Behind the scenes

Como si no tuvieras suficiente ya con haberla conocido hace poco, ahora debes soportar la idea de no tener un lavamanos cerca. Toda esta parafernalia que configura “el conocer a un extraño” te resulta insufrible.

-¿Y tu nombre es?- le preguntó el chico, al ver que la mujer insistía en hablarle.

Qué importa su nombre. Con suerte y te la encontrarás años después, muchos años después, y no será ni la sombra de lo que es ahora. El tiempo consumirá cada centímetro de su piel, y lo que es peor, de su espíritu. Estará casada, aunque pensando divorciarse. Soportarás su irrisorio discurso sobre “lo mucho que lamenta haber tomado las decisiones que tomó”, y un haz de esperanza se asomará en su leve sonrisa, al decir que “empezará una nueva vida”. Pero es tarde. Ya no hay tiempo. Nunca lo hubo. Y tú no tendrás más remedio que confesar en voz baja lo que muchos se niegan a reconocer: el tiempo nos huye, Little C. Nada nunca ocurre, soñar es inútil en este mundo de mierd…

-Es Sofía… ¿y el tuyo?- le preguntó a la vez que procedía a oficializar el “haberse conocido” con un apretón de manos.

Estás aún más nervioso. En el instante eterno que tardarías en estrechar su mano, una cascada de pensamientos inunda tu mente, los cuales se organizan, bajo una suerte de lógica irracional, a continuación:

1. La imagen que eventualmente construirá en su imaginario de ti. Relacionarse con feos es un antídoto antitorpeza. Pero la encuentras demasiado atractiva. Y tú eres un perdedor: tu sonrisa amarillenta, ansiedad inmoderada, y la incapacidad de estrechar la mano de tus pares así lo comprueba. Y ello nos lleva al segundo y más relevante punto, descrito más abajo.

2. Estrechar su mano. Desde hace diez minutos no desinfectas las tuyas. No tienes guantes. Los has olvidado. Es un hecho: deberás contaminarte. Los gérmenes se pavonearán en tu palma. Y tardarías exactamente cuarenta minutos y quince segundos en lavar tus manos, que es lo que te toma llegar al baño de tu habitación desde el instante mismo en que abordas la ruta de siempre. Excepto que hoy no fue la de siempre, pues no esperabas despertar el interés en alguien que te es completamente ajeno. Y para colmo, es lo suficientemente atractiva como para robar la atención de todos en el bus. Pero te habla a ti. Por qué a ti, entre cientos, quizá miles dispuestos a desnudarla, besarla, acariciarla, abrazarla, amarla, y prometerle todo cuanto supera el punto más lejano que nuestros ojos divisan en el horizonte. Das por sentado que muchos se le acercan a diario, y estrechan su mano. ¿Cuántos?… pues bien, sin olvidar hasta el más despreciable de ellos, apuestas que son aproximadamente veinte, o treinta. Entre amigos, desconocidos, y no tan conocidos. Treinta veces expuesta a treinta palmas diferentes, cuyos gérmenes son de treinta clases diferentes.

-Soy Carlos, un gusto conocerte- le respondió sin vacilar, a la vez que estrechaba firme su mano.

CsWagner