DUEÑOS DEL DESTINO

Por: Mateo Guevara López

Eón estaba atrapado, en un bosque, en medio de la nada, en miedo… por no saber dónde se encontraba.

“Ni siquiera recuerdo cuando llegué aquí, desperté con una resaca de mierda. Jamás había visto las bestias que rodean mi improvisado campamento. Cuadrúpedos peludos que ven en la oscuridad (siempre me vigilan cuando duermo en mi árbol, siento su mirada), ojos grandes y bigotes largos”

Escribía él en una pequeña libreta, llena de rayones, llena de bocetos de su cara, la de ella, obviamente. Mientras miraba su fotografía dentro del reloj de bolsillo, aquel objeto fue lo último que vio antes de llegar a nuestro planeta. Recordaba con la pobreza característica de su memoria, los sucesos pasados a su despertar, bajo ese torcido árbol de copa alta, nada similar a los que él conocía. No tenía muy presente que hacía en ese lugar, y por qué había tomado esa dirección.

“Te extraño. En ocasiones pienso en qué harías tú en mi lugar, penando como lo hago, cada papel es una oportunidad menos de hablarte, no sé cuánto tiempo me quedare aquí, cuanto tarde en reparar mi reloj”

Arrancó el papel de su libreta y lo dobló a tal tamaño de poder introducirlo por el pequeño agujero que alcanzaba a producir el reloj de bronce gastado. Esa pequeña ventana que le permitía enviarle mensajes, cada que podía sentarse a escribir, procuraba hacerlo sin falta un día de por medio, omitiendo los días en los que solo le quedaba tiempo para recoger frutos. Desconociendo sus efectos secundarios, se los dejaba a los pequeños roedores antes de probarlos, si no encontraba ninguno tendido cerca del fruto, procedía. Algunos eran redondos completamente, de color somoso*, otros más pequeños con tonos regin**. No era posible que Eón (nombre en honor a su padre Khrónos***) recibiera mensaje alguno de regreso, su amada no tenía el mismo artefacto que él poseía. Sabiendo esto, persistía en el acto de reportar su estado constantemente.

Poco a poco las creaturas se acostumbraron a su presencia. Se ocupaba más en el día, observando y conociendo una variedad infinita de plantas y seres, lo que más curiosidad le provocaba era introducir sus manos en el agua cristalina, su piel se mimetizaba a la perfección con la transparencia incorruptible de aquella quebrada. Podía quedarse horas hipnotizado, admirando el espectáculo que esta simple acción le ofrecía.

Un día entre notas y bocetos para su amada Amanda, degustaba unos deliciosos frutos pequeños, como rocas suaves, fáciles de masticar, pero con una corteza crujiente. De repente, comenzó a verla, en un trance terrorífico de pesadillas constantes, en los que la merecedora de sus mensajes, cubierta de tierra y sangre, estaba tendida sobre una mesa, su cabello rojizo colgaba, paralizado sin movimiento. Para luego verse a sí mismo parado frente a ella, inerte. Tomando su reloj de bolsillo y partiendo sin dejar rastro de su presencia pasada. Volvió en sí, recordando la razón de su viaje, llenándose de tristeza y odio hacia sí mismo, asegurándose un mismo final.


*Naranja, para nosotros. **Rojizo. ***Del romano antiguo.

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