Fríjoles al Desayuno

A falta de pestillo para trancar la cerradura Oscar apoyó una de sus piernas contra la puerta, mientras, en una despampanante muestra de agilidad para alguien de su tamaño, se bajaba los pantalones. Sabía que era demasiado tarde, los fríjoles recalentados del desayuno habían empezado a hacer efecto. Dejó caer su cuerpo de 112 kilogramos, que en ese momento se sentían como 112 toneladas, sobre la fría y blanca taza, implorando que ésta resistiera la descarga que estaba a punto de recibir. El sudor helado y los retorcijones abdominales eran insignificantes comparados a la vergüenza que sentía. Ahí afuera estaba Anita, la secretaria de recursos humanos, esperándolo para almorzar juntos. La joven por fin había aceptado su invitación, y justo ahora el colon le jugaba una mala pasada. 
Al tiempo que sus intestinos se vaciaban sobre la blanca loza, manchándola con la mezcla marrón, aguada y babosa, Oscar recordó. Se vio a él mismo a los 10 años, vio a sus compañeros de escuela gritándole “Rosquitar se cagó”, riendo a carcajadas. Sintió el caliente líquido deslizándose entre sus piernas. Sintió las lágrimas brotar de sus ojos. Sintió el fétido olor, ese que lo acompañó por semanas, aunque que la enfermera del colegio le dio un buen baño con manguera en el patio de recreo, a pesar de que al llegar a casa él mismo se había bañado durante casi una hora, gastando una botella completa de shampoo y lo que restaba de la barra de jabón. 
También recordó el delicioso desayuno de aquella mañana. Un plato de fríjoles calentados con arroz, majestuosamente coronados por dos huevos fritos, y acompañados por una taza de chocolate caliente con queso. Oscar no se arrepentía de lo comido, se arrepentía de haber entrado a un baño que, además de tener la puerta dañada, se había quedado sin papel higiénico. 
La materia fecal abandonaba su cuerpo a chorros, con tal fuerza que le salpicaba las nalgas al chocar con el sanitario. Osquitar había aprendido del pasado, iba a salir de esta sin pedir ayuda. Utilizó la que parecía su única opción y desbotonó su camisa azul clara, la dobló delicadamente y la dejó en el piso. Continuó con la camisilla blanca, esta, sin embargo, le sirvió para secarse el sudor del rostro y el torso. Cuando los cólicos y la diarrea cesaron, la camisilla jugó el rol de papel higiénico. Con suma precaución limpió toda la evidencia que el malestar estomacal había dejado en su cuerpo. La pierna levantada, contra la puerta averiada, le facilitó el acceso a los lugares más profundos de su ser. Oscar se vistió, se lavó las manos, la cara, y salió en busca de Anita. Ella, ignorante de las proezas recién ejecutadas por su acompañante, lo recibió con una sonrisa, él sonrió de vuelta, y juntos caminaron hasta el restaurante de Doña Julia, donde disfrutarían una deliciosa bandeja paisa. La camisilla, ya no tan blanca, se quedó en el baño, los bóxers manchados le hicieron compañía.

Por Valentina Villada Arteaga