Jardín

Por: Christian David Méndez

Me traicionaron. Por supuesto que sabía lo impactante y triste que era ser traicionado, lo había visto en la televisión, en Las maravillosas aventuras de Peter Pan por ejemplo, cuando el capitán Garfio le promete a Wendy liberar a sus hermanos si entrega a Peter y al final todo es una mentira. Recuerdo a Wendy arrodillada, mojando sus manos de llanto y me doy cuenta que la televisión no me contó todo: empiezo a temblar, el día está soleado pero yo estoy frío como una paleta de mango biche, quizá también esté verde, no lo sé, pero quiero irme de aquí; que, de un momento a otro, nadie pueda verme o que esté durmiendo en mi camita y mi mamá apenas me vaya a levantar. Miro de reojo hacia la izquierda, al fondo del pasillo está Jhon Alex Ciceri con Sebastián Martinez, sorprendidos, como yo. Justo al frente de ellos, atravesando el patio de juego también me mira Caudillo y sus amigos, y parece que sus ojos fueran índices y me apuntaran como quien juzga a un malhechor. Vuelvo la mirada al frente; ahí viene. Mis pies intentan ayudarme, doy un paso hacia atrás, pero una mano traidora me empuja por la espalda, estoy pálido, no le merezco, no quiero hablarle a ese ángel, “hola”.

Supongo que debía pasar. Estoy destinado a la grandeza, como dice mi profesora. ¿Qué estará pensando? ¿Estará incómoda como yo? No, no hay temor en los cielos. Ella no es así. Ahora la mano también la empuja por la espalda. Nos sentamos en una banca de madera, de esas que a uno le cabe un dedito entre tabla y tabla. Saco mi cuaderno de Frutikas y como ha dicho mi mamá, empiezo a mostrarle mis dibujos; lo hago con rapidez para que no se aburra, pero con dedicación para que cuando esto termine y se aleje, pueda alguna vez acordarse de mí.

He pasado un dibujo donde estaba ella, sin darle mucha importancia para que no se diera cuenta. Es un paisaje con montañas, nubes, animales, un riachuelo y el sol. Todos tienen carita feliz. También hay una casa. Nosotros estamos al lado, cogidos de la mano, sonrientes. Una vez Sebastián me preguntó si me gustaba. “Obvio no –respondí– ella se cree mucho”, pero Jhon Alex Ciceri, que me conocía mejor, sabía que mentía; me había descubierto buscándola entre los rostros del salón, observándola en el recreo con Caudillo, dibujándole sus infinitos rizos que adornaban mi precioso paisaje feliz. Sigo hablándole de mis garabatos y ella parece atenta. Si fuera una hormiga, y estuviese debajo de nosotros, podría ver nuestros pies colgando de la banca. Sería lindo.

Ya casi es hora de entrar a clase. Mi mamá ya se va. “Papi, termine de explicarle sus dibujos a Ángela. Te amo”. Te amo… ¿amor? ¡Qué alegría! Claro que sé qué es, lo he visto en televisión. La miro de nuevo; parece haber perdido interés. Suenan las campanas. Ángela se ha levantado. Caudillo le ha llamado.

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