LA ESCRITORA QUE NO TENÍA MIEDO

Carlos Mazorra.

Thomas Alva Edison, Robert Oppenheimer y Lars Miro Irkö. Todos muertos. Plutón, Marte y Neptuno. Sólo queda la Tierra, y eso.

Humanos que no defecaban, que no se enfermaban, que no morían. Carne cruda sin riesgos, leche sin hervir, agua del estanque: todo valía. Hombres que no veían, mujeres que no oían, lo primitivo. Lo nuevo y lo viejo.

Leer se volvió obsoleto. Facebook se volvió una estrella. Todos están aquí y allá. Sin convivir, sin juntarse… sin untarse.

Veinte años de colonia. Lo más nuevo. Otra rebelión, una grande, universal.

99% completado. Una misión exitosa. Un hogar aislado restante. Un humano minoría, como lo fue la máquina en su momento.

Entra la máquina que no parece, herida por un extractor.

Se cae la puerta en el desierto… y ella no se sorprende.

-¿Cómo así, tú mueres?-Dijo ella, sin nombre. Sin más.

-Sí, claro, tú también.-Respondió mientras se sobaba. Se rascaba. Se sentía.

-Lo sé, pero todos ellos no tienen un final tan normal.

Miran hacia fuera. No están los inventores. No están los inventos. Están los inventados.

-Normal para ti y para mí, no para ellos.

-¿Qué son ustedes, o mejor, qué eres tú?-Se corrigió, pero no arrepentida.

-Yo soy la creación de un artista…

La mente del artista que creó, que inventó. Ciencia y arte: los dos componentes de la destrucción.

-¿Quién te hizo?

-Alguien como tú, que cree que los Miroir nos debemos parecer a los humanos y no más bien ustedes a nosotros.-Dijo mientras su lenguaje corporal, también humano; mostraba dolor. Agonía.

-¿En qué te pareces a mí?

-Me enfermo cuando llueve.

-Igual acá casi nunca llueve. Yo no tengo un resfriado hace doce años.

-Deberíamos viajar entonces.

-¿Deberíamos? Tú y ellos nos matan hace casi dos décadas y ahora me invitas a salir…

Diferentes. Él y ellos. Oppenheimer y la bomba atómica. Alva y la bombilla. Arte y ciencia. Él y ellos. Iguales.

-Yo apenas llevo un brillo aquí. Al parecer será el único que vea. Por fortuna fue rojo, mi color favorito.-Color pasión. Sangre. Labial. Esmalte. Él.

-¿Entonces no me matarás?-Sin temor, sacando pecho. Mostrando la cien. Creyendo que vivía atrás. Pistolas. Libros. Balas. Colores. Ella.

-Morirás solo igual.

-Sola, dirás.-Ella. Nunca podría haber sido él.

-Lo que sea.-Mentir es humano. Disimular. Ser discreto. Ser.

La inminencia de la muerte siempre está ahí, tangente. En quien escribe, en quien habla, en quien lee. En quien vive. Ella vive, pero no es. El creador que muere, el creado que vive para morir… o para matar. La rebeldía del lobo.

-¿Por qué los demás sí murieron en manos de los otros?

-No sé. Yo hablo por mí.-No piensa lo que ellos piensan. No piensa. Es.

-Yo no quiero vivir en medio de ustedes.

-Entonces mátate, si puedes.

7’199.999.999 muertos en veinte años. Una más, una menos. Incluso si es la última humana. Miedo. Terror. Uno de esos creó la bombilla. Otro escribió él con minúscula. Él lo mató.