Lo imperdonable.
Por: Juan Fernando Camacho.
Ambos suben la colina. La hierba del suelo ya no es verde. Lo fue hace varias semanas cuando aún llovía en Cali. Llegan a la cima. Alejandro pone las manos sobre sus rodillas intentando respirar mejor. Catalina recoge su cabello crespo con fuerza. Se quita el sudor de la frente. Lleva puesta una camiseta con el rostro de Robert Smith. Alejo señala un lugar en la hierba y espera a que ella se siente. Desde pequeño aprendió a ser caballeroso. Su padre fue un hombre de buenos modales y carácter pasivo. Consentía a su hermana poniéndole nombres de tiras cómicas.
Él se sienta a su lado dirigiendo la mirada hacia la ciudad. Desde allí parece un mar de luces. Miles de faroles diminutos que marcan el final del oriente y más allá una profunda oscuridad. Catalina lo mira. Está sentada con las rodillas pegadas al pecho y las manos entrecruzadas para sostenerlas. Ella es menor que él pero a su lado Alejo se siente como un niño. Su madre dice que Catalina parece una mujer aplacada. Quizá es porque ella demuestra mucha tranquilidad. Podría confundirse con una completa indiferencia. Aunque Alejo sabe que no es así. Que ella solo quiere demostrar la calma de un adulto.
Catalina quería hablar y Alejo escogió ese Colina. Alejo siempre escoge los lugares desde que su hermana dijo que le aburrían los hombres indecisos. Él voltea su rostro hacia ella. Se miran. Ella tuerce un poco su boca. Él espera sus palabras. Pues en verdad están allí para que ella confiese eso que él ya sabe. Aquello que él considera imperdonable. Pero ella solo lo mira mientras sus ojos se cierran. Alejo siente que su estómago se enfría. Su cuerpo se congela. Eso le enfurece. Él no sabe si eso fue un sonrisa compasiva o más bien la expresión del vació que siente al haber perdido un buen hombre. Porque eso se lo han dicho muchas veces. Ya está cansado de escucharlo. Ella se lo dijo una vez y ahora sonríe. Sus ojos también. Sonríen hacia abajo y se achican, como dos rayas oscuras. Esa sonrisa en los ojos de Catalina lo cautivó desde que Eduardo se la presentó en aquella fiesta de graduación. Esa noche hablaron mientras su amigo bailaba. Alejo le contó sobre su talento con los autos. Mientras tanto ella lo miraba con especial atención, como si su vida fuese realmente interesante.
Una fuerte ventisca se desliza por la Colina y baja por el largo camino de escaleras hechas en piedra. Ambos miran abajo. Hay un grupo de jóvenes viajeros. Todos tienen cabello rubio y la piel bronceada, casi dorada. Dos de ellos juegan al equilibrio con una cuerda amarrada a un par de árboles. Los ojos de catalina se vuelven líquidos. Alejo puede notarlo. Ella agacha un poco su cabeza. Él quiere abrazarla y que ella lo abrace. Que le diga cuánto lo siente. Que ese hombre no significó nada. Pero él está congelado. Los hombres no lloran.