Miedo

Por: Christian David Méndez

Doce personas aparentemente normales, igual que siempre. Podría ser cualquiera: la señora regordeta que simula acomodarse su estrambótica bufanda leopardo mientras se rasca la parte trasera del cuello; el tipo bigotón que está de brazos cruzados en la esquina de la habitación, apoyado sobre la pared ; el hombre de pantalones claros y manos empuñadas o la chica que sujeta su brazo izquierdo por la espalda. Sí, podría ser cualquiera. Esos indicios no son suficientes si no tengo un trasfondo. El nerviosismo general no me dice nada. Bien pueden estar relacionados con este caso, o con cualquier situación de sus cotidianidades que les agobie. O quizá los ponga así este cuarto de… qué… ¿7 x 5? Sí. Llevar tanto tiempo con un guarda lanzándoles miradas bruscas cada que se mueven, obstruyéndoles la salida, sin saber mucho de la gente con quienes comparten el espacio ni de cuánto más han de estar aquí debe ser fatigante. Pero algo deben mostrar, algo estoy omitiendo.

− Lo repetiré por segunda vez, ¿quién está involucrado en la desaparición de Francisca Leis?

Típica desviación de la mirada y silencio absoluto. No sienten que les esté hablando directamente. Lo mejor sería entrevistar a cada uno aunque el parpadeo constante del guarda me dice que no podré retenerlos mucho más. Si decidiera dejarlos ir y dedicarme a analizar las grabaciones de la cámara de seguridad lo tendría de inmediato, pero también requiere tiempo y para este caso es preciso actuar con rapidez. ¿Qué no estoy viendo? ¿Las manos en los bolsillos del chico de gorra? ¿La morena que no ha parado de mordisquear sus uñas y arrancarse los cueros? ¿La mujer de aros de topacio que oculta su mirada con la mano? Diablos. En definitiva, tengo que hablar con ellos.

− Está bien, damas, caballeros, procederé a conversar con cada uno de ustedes. Necesito saber qué relación tenían con Francisca, cuándo fue la última vez que la vieron, en qué…

− Esto es ridículo. Me largo.

− ¡Nada de eso! Nadie va a salir corriendo de esta habitación hasta que el doctor Hugh lo determine. ¿¡Entendido!?

Interesante… conque el hombre de pantalones claros. Cejas completamente fruncidas, resoplos fuertes cada 4 segundos, tic en las mejillas que indica dientes apretados entre sí. Podría ser. Sólo debo descartar que el guarda sea la razón de esos gestos. Veámos…

− ¿Cuánto tiempo más cree que tarde? Digo: a nadie le gusta sentirse encerrado como los animales.

− No mucho. Gracias por lo de ahora.

− Para eso estoy.

¿Animales? Animales enjaulados… privados de su libertad, que quieren… escapar, “salir corriendo”, huir… como animales… ¿por instinto? Acto reflejo. Reacción. Cuerpo tenso, preparado para correr. Movimientos bruscos, mirada activa… estrés… por peligro, amenaza a la supervivencia. Será que…

− Bueno, señores, señoritas, pueden irse ya. Encontré a quien busco. Todos pueden salir, excepto, tú, el señor de los pantalones claros. Oficiales, arréstenlo.

− ¿Qué? ¿Por qué yo? ¡No he hecho nada!

Cejas alzadas, ojos abiertos: está sorprendido, por otra parte…

− Muchas gracias por su ayuda doctor Hugh.

− A usted.

Apreta la mano sin convicción, con alivio. Están frías también. La sangre debe estar en sus pies. Estaba listo para huir, como animal.

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