Moon

Diana Reyes

El reloj marca las 6:00. Se levanta de su cama un poco agotada y con la sensación de haber olvidado algo. No recuerda sus sueños, ni cómo ni a qué horas llegó a su apartamento la noche anterior. El trajín del día anterior me recordó esos días en los que me preocupaba demasiado por sacar buenas notas. Mamá hacía manualidades en la el taller que tenía en la casa y papá trabajaba en la Clínica del Norte, una de las mejores de la ciudad. La luna todavía está en el cielo. Sola, sin estrellas. No nos veíamos seguido, papá y yo, pero cuando lo hacíamos me abrazaba diciendo: “¡Marce, hija!”, con una sonrizota enmarcada en sus ojos, negros y acuosos. Uno de los mejores recuerdos. El vecindario, lleno de casas por arrendar y unidades en construcción, se ve vacío en las mañanas. La luz que atraviesa sus ventanas es la misma que recorre el sueño de Mónica y el piso del apartamento: la luz incipiente de la mañana. A las 6:30 el café ya está listo. Moon deja la cafetera programada para aprovechar el tiempo mientras se alista o lee un poco. Hace más de un año que viven juntas. Mónica asegura que no es fácil porque siempre vivió con sus papás en una casa grande y no necesitaba pedir nada porque todo estaba ahí “al alcance de la mano”. Siempre que Moon me habla de su familia recuerdo la mía, a mí papá. No sé por qué se fue, simplemente un día dijo que debía viajar por asuntos de trabajo, luego tuvo que quedarse, y así fue aplazando su regreso hasta que no regresó. Antes, estaba convencida de que viviríamos juntos durante muchos años. Ahora las dos trabajan para pagar el apartamento y conseguir lo que necesitan, así como la mayoría de sus amigos de la universidad que se han graduado. Todos millennials, como los describiría algún escritor de Huffington Post.

Desayunan algo ligero: café con leche y fruta. Cuando vivía sólo con mamá, ella hacía el desayuno: jugo, café, huevos y arepa, generalmente. La vida parecía ser otra. Ella, sumaba unas cuantas arrugas a su rostro; la piel, porosa, se hacía más clara; sus pestañas se reducían; y en la comisura de sus labios se marcaba un nuevo ángulo, uno que hacía de sus labios un arco pronunciado. Los días nos pasaba como pasan las brazadas al nadar: una tras otra dando espacio a un breve respiro cada cierto tiempo. Marcela tiene una voz dulce y profunda, decidida; ojos cafés y tez morena. Conoció a Mónica en Bourbon Café cuando todavía estaban en la universidad. Moni se parece a papá en muchas cosas. Yo creo que se va a ir en cualquier momento porque es calladisima. Siento la necesidad apartarme de ella, pero las palabras no salen. Sonrien ligeramente. Deben salir, son casi las 8:00 a.m.

Otro día no me importaran sus sonrisas. Por ahora, sólo yo sé que ha terminado.

Y usted.