Sin ver

Alguien había dejado una llave mal cerrada, que dejaba la presión justa para que cayera una gota cada dos segundos. En medio del silencio, su choque contra el piso de cemento sonaba como un martillazo en mi cabeza.

Moviéndome torpemente entre la oscuridad, intenté llegar a la llave pero, entre ella y yo parecía haber una pared. Traté de seguir la pared hasta el fin, pero me dirigió justo al lugar por donde había accedido, que ya estaba sellado.

Tropecé con un objeto cuadrado que me lastimó la canilla y me hizo caer. En el piso, sabiendo que ya estaba en la peor de las circunstancias, busqué con las manos el objeto causante. Sonaba hueco y no era muy pesado; no me costó trabajo moverlo con una sola mano. Creo que era una silla de piano, pero no había ningún piano, estoy seguro.

Añorando la existencia de uno que sonara mejor que la gotera, decidí tocar un rato la silla mientras el dolor se iba. Toqué un poco pero el sonido era insoportable, cada pequeño roce sonaba tan fuerte que mis oídos me dolían.

Esperanza fue la señora que me trajo como si algo fuera a mejorar aquí. Vivir como estorbo parecía ser un sueño rosa al lado de esa penumbra de la que ya no podría salir.

Como nunca creí en Dios, nunca recé ni pedí nada a nadie. No me importaba ser consiente que el porvenir era incierto, si no que mi dignidad estaba en juego.

Soñando con cómo se veía el blanco imaginaba a la mujer que debió cuidarme.

La gotera me levantó; me había dormido con la caja entre las piernas y con la anónima en la mente. Todos se casaban de blanco según decían, pero yo nací así, oscuro, dijo el médico. En mi casa se turnaban cuando era pequeño… ¿quién va a acompañar a Carlos hoy? –nadie respondía, nunca-. Alguno se quedaba conmigo mientras tenía charlas con sus amigos. Yo, en una esquina, escuchaba atentamente desde niño, pero nunca aprendí a hablar.

Moví la caja y me paré.

TICK… TICK… TICK… TICK… TICK…

Trataba de darle ritmo a la caída del agua, pero su monotonía era desesperante. La esperanza de encontrarla se frustró cuando, entre golpes y estruendos, noté que le había dado toda la vuelta a la habitación. Yo estaba en el cuarto que no era.

Me quité los dientes, ya no servirían. Tiré el chaleco, ya no me abrazaría. Saqué los zapatos y las medias porque quería saber qué estaba pisando: sólo era polvo. Dejé las gafas a un lado porque ya nadie me vería. Busqué un lugar dónde recostarme, dónde resignarme.

Pasé dos noches más cuerdo, luego ya no hubo TICK, pero no porque hubiera piedad, sino porque decidí que no lo escucharía. Esperanza no volvió a entrar, ni siquiera en silencio.

Imaginaba mis manos acariciando el vestido blanco que caía de su cuerpo, que se deslizaba por el cuarto y se colaba por debajo de la puerta mientras me consentía.

Carlos Mazorra.