Una pequeña charla con la muerte.

Por: Juan Fernando Camacho.

La mujer cierra el paraguas con dificultad, lo sacude y pequeñas gotas brincan por todos lados. Algunas caen justo sobre un par de zapatos negros, tan brillantes que podrían usarse como espejo. De esos zapatos sobresale un hombre muy alto y delgado, vestido con traje oscuro y un sombrero que le cubre hasta los hombros. La mujer levanta la mirada por encima de su cabeza. La pantalla muestra que el próximo tren llegará en cinco minutos. Tuerce la boca y mira hacia los costados. A su espalda hay dos ancianas discutiendo sobre la relación entre el azúcar y el cáncer. A su izquierda hay un hombre muy joven que camina de un lado a otro mientras observa su reloj. En el otro costado, muy cerca de ella, está parado el hombre larguirucho. Permanece firme como el tronco de un árbol viejo. La pluma que adorna su sombrero es lo único que parece susceptible al movimiento.

-Qué calor está haciendo.- Dice la mujer torciendo su boca.

El sujeto larguirucho gira su cabeza tan sutilmente que ni un insecto podría notarlo. Ambos permanecen en silencio.

-Estos días ha hecho mucho calor ¿No le parece?- Replica la mujer entre dientes, con el ceño fruncido.

-¿Perdón? — Responde el joven a su izquierda, que volvió al presente por un instante.

-No le hablaba a usted, le hablaba al caballero de al lado.

Entonces mira de reojo a su derecha.

-Pues usted lo sabrá mejor que yo- Responde por fin el hombre larguirucho.

-¿Usted no siente calor?

-No.

-Imposible. Debajo de ese traje es imposible no sentirse un poco acalorado.

El sujeto la mira y responde:

-Ahora que lo pienso, nunca he sentido calor.

-No lo puedo creer, eso es inconcebible.

El hombre alza un poco sus hombros. La mujer cruza sus brazos mientras se queda en silencio.

-¿Usted nunca, en toda su vida, ha sentido calor?

-No que recuerde.

La mujer arquea sus cejas y pregunta:

-¿posee usted alguna enfermedad?

-No, estoy bastante sano.

-Pues déjeme decirle que usted es muy afortunado.

-Gracias.

Se escucha el crujir de las vías. La gente alrededor se acomoda para esperar. Sus cabezas, excepto la del larguirucho, están dirigidas en una misma dirección.

-¿Qué se siente?- retumba la voz del larguirucho. Pero solo la mujer despierta de golpe.

-¿Perdón?

-¿Qué tal se siente el calor?

-Humm… creo que no sabría cómo explicárselo. Supongo que es todo lo contrario de tener frío.

El hombre alza su brazo y pone el dedo índice sobre sus labios. Así permanece un rato, como intentando descifrar la más compleja de las adivinanzas:

-No lo comprendo… tampoco he sentido frío. Quizá es la condición de mi ligera existencia la que me impide conectarme con algún sentido. Es desconcertante. Sin embargo quisiera…

El tren se detiene frente a ellos. Cuerpos salen y entran mientras el larguirucho permanece quieto y atento. Al notar esto, la mujer voltea hacia atrás:

-Quisiera seguir conversando con usted, pero…

-Descuide, quizá nos veamos muy pronto.