Acá nadie quiere ser pobre: sobre “Tiempos de cambio: los que podemos ver”

[Crítica. TEATRO]


Tiempos de cambio: los que podemos ver. Dramaturgia, puesta en escena y dirección de Guido Inaui Vega. Con Manuela Bottale, Javier Giles, Sofia Minás, Laura Mira Lopez, Emanuel Gaston Moreno Defalco, Alfonso Padilla, Barbara Pombo, Adrián Sayi y Adriana Vega. Vestuario de David Pundan y escenografía de Mercedes Camejo y Mariana De La Quintana. Diseño de luces y sonoro por Lidia Canosa. En No Avestruz Espacio de Cultura (Humboldt 1857, Capital Federal, Buenos Aires, Argentina). Entradas: $ 100 — $ 120. Funciones los viernes a las 20 horas. Septiembre 2015.


Tiempos de cambio se propone como una pesadilla distópica que aborda el oscuro universo del entretejido político-jurídico-civil en relación con su responsabilidad en el estado miserable del mundo de la diégesis. En este sentido, el universo poético de Inaui Vega emerge de la cruza posible entre Kafka y Brazil, todo untado del populismo más fascista. A pesar de su optimista, conciliador final, la obra deja al espectador en estado de conmoción.

Como teatro de ensayo que sabe ser, Tiempos de cambio hace uso de la premisa brechtiana que apuesta por la desnaturalización de la fantasía teatral para evidenciar su estatuto (el del teatro) de construcción y artificio (al modo de los temas -sociales, religiosos, políticos- que aborda). Así, las luces se ven, las puertas de la escenografía se gritan, las clases sociales se verbalizan y los pobres se construyen, entre tantos otros artilugios de la pieza para manifestar lo que ya nadie puede negar: que el poder se cede a voluntad, y que la fuerza se hace de relaciones sociales, de vínculos entre personas.

La historia narra las peripecias de Norberto, El Supremo (Alfonso Padilla), político cruel y tiránico que mantiene un sistema entre feudal y nazi en el que lo único importante es perpetuarse en el cargo. Para lograrlo, no tendrá miramientos en torturar o asesinar a opositores o rebeldes. Al modo de una ficcionalización de la Argentina de la década de 1970, pero hoy, Tiempos de cambio arroja una lectura desangelada y ácida acerca del poder y la división de clases.

Entre sus muchos logros se cuentan los juegos de lenguaje (para señalar al derrotado y nombrar al poseído), la incorporación del personaje que prologa y epiloga la obra, y la inserción de otras voces en forma de música, poesía e interpelación a la platea. Valioso ejercicio escénico-poético, Tiempos de cambio: los que podemos ver levanta la posta del teatro de compromiso y visibiliza y da voz a los postergados de siempre (los que “pueden ver”), al tiempo que demuestra que, antes que accidentes, los pobres son argumentos.


@elpoderdelhielo