Crítica | Teatro: “Tartufo (o la mejor manera de hacerse del prójimo)”

CASA TOMADA

Comenzar con una sentencia tan rápida y furiosa, atolondrada y paranóica (ilusa de totalidades) como la siguiente: que fue bastión del teatro europeo poner la lupa en las grandes grietas del capitalismo, sus síntomas diluidos en el agua azucarada del consumo y el entretenimiento, como son la familia y el hogar. Relevantes en tanto fundamento del crecimiento exponencial de la técnica y el desarrollo, la religión y el Estado, la ley y la propiedad, porque ¿qué hay que no haga pie en el pequeño núcleo, multiplicado por millares, de la casa familiar? Y entendiendo que el verdadero éxito de una misa teatral es cuando hay un entusiasmo que convoca entusiasmo, logrado con lo que se percibe a los pocos minutos de iniciada la obra, cuando la cadena del tiempo diegético intenta sincronizar con la personal del espectador y lo lleva de la mano, feliz, por el pedaleo de la historia (y, claro, también, de las no-historias).

En Tartufo (o cómo hacerse del prójimo) vienen por dos canales paralelos un metatexto que usa el Tartufo de Molière para hacer un texto segundo, contemporáneo, que nos interpela con inteligencia y humor, por un lado, y luego todo un aparato estético que se monta sobre saberes de la Historia del Teatro, la representación, el Clown y la Máscara. Que pasen los debidos procesos de asociación, al modo en que lo pedía Eisenstein, depende de factores que quedan en manos de la predisposición y la motivación de quien mira, oye y siente: así, no hay respeto mayor que quien ofrece desafíos como gemas, como regalos inmerecidos.

Resumen de un resumen, y porque hay muy pocas cosas que deben agregarse sobre la puesta actual de este clásico de 350 años antes de poner en riesgo la aventura personal de experienciarla, vale decir que el acento está colocado en cuidar a quien se deja entrar a la casa: Tartufo… es la historia de una familia de grotescos deformados por su ambición de clase que se enfrentan, con un humor alarmante (por empático), con el advenedizo Tartufo, acendrado universal del hipócrita, por la supervivencia de ellos como parásitos y de sus bienes como propios. Proyecciones y audiovisuales se suman a un vestuario fastuoso, que es una atracción en sí mismo.

Porque a veces ir al teatro es ir a la guerra, a la espera de ver puestas a prueba nuestras competencias, confrontados nuestros conocimientos, la única victoria es la derrota: cuando puede decirse que es verdad que hay algo nuevo ingresando, y que nos rendimos y vamos dejando hacer al invitado no invitado. Es cuando una pieza nos dice lo que no puede decirle a nadie mas: un teatro de confesión y de intimidad pública activada por la necesidad de contarnos historias autoreflexivas.


↑ En el teatro Corrientes Azul, los sábados a las 21 hs.