Con faldas y a lo loco: sobre “Ojos que no ven”

[Crítica. TEATRO]


Ojos que no ven. De Emiliano Dionisi y Natalia Mateo. Dirección de Emilano Dionisi. Con León Bara, Silvina Bosco, Chela Cardalda, Tamara Drumond, María Rosa Frega, Julia Garriz, María Celeste Gerez, Mariano Mazzei, Ulises Pafundi y Marcelo Pozzi. Vestuario de Marisol Castañeda y luces de Claudio Del Bianco. Música de Gustavo García Mendy. En el Teatro El Picadero (Pasaje Santos Discepolo 1857, Capital Federal, Buenos Aires, Argentina). Funciones: domingos 18 horas. Entradas: $ 150. Septiembre 2015.


Se podría decir, tal vez, que Ojos que no ven se trata de todo lo que se dice para no decir lo que hay que decir. Es que, con la tentación de proteger al que se asume como débil, se monta un número, un pequeño circo, ruido y confusión para no emitir una simple y dura verdad. Luego dos. Y luego tantas que la cadena de mentiras se transforma en la vida misma. El gran conflicto es que sostener esta Torre de Pisa de silencios, parches y acuerdos forzados se ha vuelto imposible para sus protagonistas.

Un poco con todo esto se forma el drama de Ojos que no ven: una madre ciega en sus últimos años, rodeada de una familia (dos hijas, yernos, nietos, etc.) y sus accidentes vitales y roces naturales. La matriarca de este clan (una sobresaliente Cardalda) es tan tiránica y despótica como simpática. Es que sus gritos y maltratos son, hoy, el gesto de un poder perdido. Aún así, los problemas se acumulan en la familia y nadie se anima a confrontarla con ellos.

Motivo de la cena de navidad, el grupo se reúne y las situaciones se suceden. La comedia se abre paso y Ojos que no ven funciona con agilidad y gracia en tiempos que se superponen y continúan con el correr de la noche. La escenografía y los objetos en escena, especialmente lo referente a esta última cena cargada de secretos, confesiones y rupturas, son un plus acertado que ancla el desborde dialógico en la familiar cotidianidad. Las actuaciones, muy acordes, conforman una sinfonía armónica que sutura en una divertida pieza.

Para quien mira y oye desde fuera, queda al desnudo el gran drama de la clase media argentina, sus sueños y decepciones de las últimas cuatro generaciones. Será por esto, por lo cercano pero abismal, que Ojos que no ven primero provoca la risa incontenible, y luego desagrada por empatía. Será que la desesperación por no hablar (la desesperación por hablar) hace que esos personajes acaben a los gritos, destrozándolo todo.


Por Christian Schmirman (ischmirman@gmail.com)